Un recuerdo del Arquitecto Mario J. Buschiazzo, en el cincuentenario de su fallecimiento

Texto de Oscar Andrés De Masi (*)

 

Un 15 de agosto de 1970, hace cincuenta años, fallecía en Adrogué el arquitecto Mario J. Buschiazzo, figura vertebral y pionera para los estudios históricos de la arquitectura colonial y argentina, y para la praxis de la restauración de edificios históricos.

Llevaba el peso de un apellido ilustre: su tío había sido el famoso arquitecto-ingeniero Juan Buschiazzo, de intensa actuación en la edilicia pública, en los tiempos de Roca y de Torcuato de Alvear. El sobrino supo honrar aquel legado estético, de mucho saber y de buen hacer, cifrado en el dictum dantesco: lungo studio e grande amore.

No es difícil componer su ficha biográfica, desde el momento en que él mismo, metódico como era, dejó escrito su curriculum vitae. Allí están sus datos personales (había nacido en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1902, se había casado con María Ester García Martínez y tras residir en la calle Mitre, en Adrogué, fijó su morada en la calle Ferrari nº 540 de la misma ciudad); sus antecedentes docentes (tanto en la Universidad de Buenos Aires, como en el Instituto Nacional del Profesorado y en el Colegio Nacional «Almirante Brown», donde enseñó matemáticas, dibujo e historia); sus títulos profesionales y sus membresías académicas (sería casi interminable el enumerar estas últimas, en el país y en el exterior); sus premios y sus becas; sus cursos y sus conferencias; sus 25 libros de autoría individual y sus 29 opúsculos breves; sus 87 artículos en periódicos y revistas; sus prólogos y sus 101 rescensiones bibliográficas especializadas; sus Informes Técnicos para la Comisión Nacional de Monumentos; su desempeño en la administración pública (primero en el área de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires, y luego, en la jurisdicción nacional); sus proyectos de arquitectura estatal (pocos recuerdan que la capilla del cementerio municipal de La Plata es proyecto de su autoría, junto al ingeniero Soria) y privada (entre otras obras, su propia casa, del tipo chalet norteamericano); su asistencia a congresos y simposios; su paso por la cinematografía documental como director artístico de las dos películas sobre monumentos históricos de Córdoba, Salta y Jujuy, realizadas por iniciativa de Ricardo Levene en 1939.

Todo este caudal de antecedentes se halla registrado en aquel curriculum vitae que publicó, años más tarde, en 1997, la revista Anales del Instituto de Arte Americano, institución que por entonces dirigía su discípulo, el Arq. Alberto S.J. de Paula.

Quiero referirme aquí a dos aspectos de la labor de Mario J. Buschiazzo, los cuales juzgo más relevantes, a la hora del balance de su vida y de sus obras, aquilatado por ese medio siglo que nos separa de su partida. Lo que se perdió en presencia física del maestro, lo decantaron los años a manera de legado.

Como dije antes, fue pionero y fue actor clave en los campos de la restauración de edificios coloniales (no sólo en la Argentina: también en Bolivia, en Puerto Rico y en los Estados Unidos) y en la investigación histórica de la arquitectura hispanoamericana y argentina. De alguna manera, sumó ciencia nueva a la «poética gráfica» con que Juan Kronfuss comenzó a plasmar la búsqueda de una arquitectura «vernácula» que identificara a nuestro país, en un hermanamiento histórico y estético con el resto de los países de América Latina.

Buschiazzo asumió, sin ambages, «la audacia de un compromiso con América», como lo sintetizó lúcidamente el arquitecto Ricardo J. Alexander, a quince años de la muerte del maestro. «Audacia» y «compromiso» no son términos elegidos al azar; porque, en aquel contexto en que Buschiazzo comenzó a iluminar la senda, no todo el medio académico local se permitía esta audacia ni estaba dispuesto a asumir este compromiso. El «eurocentrismo» se ofrecía como una coartada más fácil.

Ciertamente, aún hoy, muchos surcos que abrió Buschiazzo , con su «opción preferencial por América», siguen siendo motivo de indagación y de un debate no concluido; y la prolongación de muchas de sus lineas de investigación ha sido asumida como tarea de sus colegas y discípulos, e incluso, de los discípulos de sus discípulos. El autor de esta nota, que no llegó a conocer a Buschiazzo por razones generacionales, se honra al adscribirse a este último grupo. Tal vez, todos somos herederos suyos, cada vez que el Patrimonio arquitectónico interroga nuestra identidad y convoca a la tarea de su  estudio y de su resguardo.

Una de las características más señaladas del maestro fue, precisamente, su capacidad de formar discipulado; unido ello a su completa ausencia de frivolidad o «vedetismo» a la hora de enunciar sus reflexiones o de redargüir las ajenas. Dicho sea de paso, escribía de un modo pulcro y didáctico y deploraba los alambiques de la prosa infatuada de algunos contemporáneos. Su conflicto con Martín Noel, que le vedó durante años su ingreso a la Academia Nacional de Bellas Artes, se enraizó en la franca frontalidad con que Buschiazzo objetó el «trastrueque lingüístico» en que incurrió aquel en un escrito de 1949.

Quizá su prístino clasicismo discursivo dio pábulo a que ciertas vertientes críticas posteriores, enroladas en experimentos semióticos, en hipótesis y en lecturas «rupturistas» (y con frecuencia ideologizadas), hayan insinuado una mengua de su rango científico, al calificarlo de «descriptivo» con preferencia a «analítico». Sin despojarse de los modismos propios de su formación cultural y académica, fue ambas cosas a su manera.

Buschiazzo deploraba la actitud de cierta bibliografía europea y estadounidense, que desplazaba a lugares marginales de la historia y a renglones marginales de la crítica, los logros de la arquitectura americana del período español, subestimándola como un «desvío estilístico» de los moldes europeos dominantes. Ante esta visión reductiva y miope del fenómeno americano, puntualizó lo que juzgaba un yerro (en particular se refería a la prestigiosa  colección The Pellican History of Art, dirigida por Nikolaus Pevsner, y, también, a los Cursos de Historia del Arte de Yale), adoptando una actitud clara y valiente, que se correspondía con sus convicciones americanistas. Se trata de la misma coherencia que lo llevó a fundar y a organizar, en 1946, el Instituto de Arte Americano (el cual dirigió hasta su muerte), e insertarlo exitosamente en la Facultad de Arquitectura.

Doble coherencia podría decirse: para con su ideario histórico-estético, y para con su certeza de que no hay discurso sólido y sustentable acerca de los logros artísticos hispanoamericanos, sin una rigurosa investigación de base documental, capaz de articularse con los datos empíricos que provienen del relevamiento de campo (recordemos que Buschiazzo era, además, un competente fotógrafo de edificios); y que esa indagación científico-crítica debía verificarse orgánicamente en los claustros universitarios, fortaleciendo el dinamismo recíproco con la tarea docente.

Piénsese que, hasta entonces, la Facultad no había favorecido plataformas de investigación permanentes que relacionaran la arquitectura con la historia, más allá de las cátedras precursoras, libradas a la iniciativa y a la impronta heteróclita de cada profesor. El Instituto fue un logro de Buschiazzo que aun perdura y, justicieramente, lleva su nombre desde 1972. Desde ese espacio promovió el estudio de tantísimos temas, abriendo las páginas de la revista Anales a autores argentinos y latinoamericanos, muchos de los cuales todavía no habían alcanzado su plena maduración científica. Porque era riguroso, pero también era generoso.

Como formador de investigadores, supo inculcarles esa disciplina propia del hábito demostrativo de la ciencia, y supo contagiarles su amor por un saber que se conquista con esfuerzo intelectual. Su enorme biblioteca de más de siete mil volúmenes (adquirida, tras su muerte, por la provincia del Chaco), es el testimonio de su vasta cultura histórica y estética (recordemos su afición por la música y su admiración por Beethoven), con una marcada presencia de Hispanoamérica y de la Argentina. El arquitecto Ramón Gutierrez señaló que quizá fuera la biblioteca más importante de América del Sur en materia de arte hispanoamericano.

Por su parte, el historiador jesuita P. Guillermo Furlong, que fue su amigo y era hombre de su misma estirpe espiritual, también dio fe de la riqueza de aquella biblioteca, que visitó allá por 1936. Y recordaba, además, la visita que ambos hicieron a las ruinas de San Ignacio Miní en Misiones, y otras correrías por lugares jesuitas y franciscanos. Furlong recalcaba en Buschiazzo la inclinación a la búsqueda de datos en bibliotecas y en archivos, dotando de excelencia a su producción. Pero, por encima de todo, reconocía su hombría de bien, su inmenso saber, y su espíritu de servicio.

El otro campo donde descolló con la potencia fundadora de un pionero, fue la restauración monumental. Munido como ningún otro del conocimiento acabado de los edificios coloniales  (de su voluntad de forma arquitectónica y de su maniera constructiva), pudo dar cauce sistemático, en una escala inédita, a una disciplina novedosa en la Argentina, merced a un hecho casi providencial: la creación, en 1938, de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, y la inmediata empatía intelectual y operativa con el fundador del organismo y nervio del sistema patrimonial estatal, que era el Dr. Ricardo Levene.

Una asociación de personalidades descollantes, unidas por el mismo élan patriótico, en el momento crucial del despegue de la praxis patrimonial.

Como una experiencia irrepetible, la valoración y la recuperación del Patrimonio monumental argentino tuvo su arquetipo y su época dorada (y más dorada nos parece, cuanto más se la compara con el presente…) en los años de Levene y Buschiazzo; que si bien no fueron muchos (1938-1946), fueron fecundos e inspiradores, y permitieron consolidar un núcleo de saberes técnicos y un cuerpo de profesionales especializados, en la Dirección General de Arquitectura (luego Dirección Nacional de Arquitectura), la cual, bajo la guía de Buschiazzo desarrolló una vasta tarea en todo el país. Nombres tales como Vicente Nadal Mora o Carlos Onetto van asociados a aquel momento.

Buschiazzo pudo intervenir en la restauración del Cabildo de Buenos Aires, la Casa Histórica de la Independencia (Tucumán), el Cabildo de Salta, el Convento de San Francisco (Santa Fe), la Misión jesuítica de San Ignacio Miní (Misiones), la posta de Sinsacate (Córdoba), la capilla de San Ignacio en Granaderos (Tucumán), la capilla de Purmamarca (Jujuy), la iglesia y convento de San Bernardo (Salta), la casa natal de Sarmiento (San Juan), la casa mortuoria de Sarmiento en Asunción (Paraguay), la quinta de Pueyrredon (San Isidro), la capilla de Mercadillo (Córdoba), el Palacio San José en Concepción del Uruguay (Entre Ríos), la reducción de Lules (Tucumán), la capilla del Señor de los Milagros en Catamarca, el convento de Santo Domingo en San Juan, la estanzuela de los Echagüe (Santa Fe) y la capilla de Chichigasta (Tucumán).

Al evaluar retrospectivamente la situación del Patrimonio monumental argentino, Buschiazzo postulaba con amargo realismo la conciencia trágica de la pérdida. Fue señero uno de sus artículos, publicado en 1940, bajo el título de La destrucción de nuestros monumentos históricos. Todavía se lee con provecho.

Ante la comprobación de la ruina, la depredación  y la pérdida (esa «grande rovina» que Pericle Ducatti había constatado en los monumentos de la Antigüedad clásica) Buschiazzo proponía la acción del Estado como medio de «restaurar y conservar lo mucho que queda».

Esa misión había sido confiada por el poder Ejecutivo Nacional a la Comisión Nacional de Monumentos, que debía instalarse en el edificio mutilado del Cabildo de Buenos Aires. Fue la primera encomienda que recibió de parte de Levene: recuperar el aspecto que el edificio ostentaba en 1810 (tarea virtualmente imposible en términos absolutos, por la supresión de  arcos en sus alas norte y sur).

La obra se cumplió en dos etapas: una primera y rápida intervención en 1938 posibilitó instalar la sede de la Comisión Nacional que comenzó a sesionar allí el 8 de agosto de ese año. En octubre de 1940 pudo inaugurarse la restauración general, que incluyó la reconstrucción ajustada de la   torre. Y hasta volvió a tañer la vieja campana, recuperada por cortesía del cardenal Copello.

Es paradójico, y merece tal vez una detenida reflexión, el hecho de que al cumplirse medio siglo de la muerte del pionero de la restauración monumental en la Argentina y autor de la restauración del Cabildo como sede de la Comisión Nacional de Monumentos, ese mismo organismo decida canjear ese asiento histórico por otro edificio que postula otros discursos y otras representaciones. Si no fuera cierto, sonaría a broma de pésimo gusto.

Aquel mensaje de identidad raigal hispanoamericana – guste o no, la primera que habita nuestra instalación en la cultura, comenzando por el idioma- que predicó Buschiazzo desde su compromiso personal, y que la comunidad del Patrimonio sigue teniendo como válido, no parece haber sido comprendido por todos.

Quizá en esta efemérides, la lectura de los escritos y el recuerdo de las obras del arquitecto y profesor Mario J. Buschiazzo, ayude a entender, de una vez por todas, que la construcción identitaria de semióforos, la resignificación de la memoria y el respeto a los valores simbólicos son el núcleo que da razón y sustento a la gestión del Patrimonio en su más amplio alcance, a su valoración, interpretación y recuperación, como insumo en la cadena de valor social.

He allí la lección del maestro que, hace cincuenta años, agotaba sus días en la quietud solariega de su morada adroguense.

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(*) Reproducción del artículo publicado en la revista Hábitat del 12 de agosto de 2020.

Mario J. Buschiazzo

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