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ARTICULO

Cenizas de orquídeas. Relatos del bajo fondo de Buenos Aires a comienzos del siglo XX

Ashes of orchids. Stories of the underworld of Buenos Aires in the early 20th century

Horacio Caride Bartrons*

* Arquitecto y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Realizó estudios superiores de historia en el Departamento de Historia de América I en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Profesor Titular Regular de Historia de la Arquitectura y el Urbanismo en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de La Plata (FAU-UNLP). Profesor Titular de Historia del Diseño Industrial y de Introducción al Diseño y la Arquitectura Moderna y Profesor Adjunto de Historia de la Arquitectura en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA). Es director de Estudios históricos e Investigador principal del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo” (IAA-FADU-UBA) e Investigador en el Instituto de Historia, Teoría y Praxis de la Arquitectura y la Ciudad (HITEPAC-FAU-UNLP).

Instituto de Investigaciones en Historia, Teoría y Praxis de la Arquitectura y la Ciudad. Facultad de Arquitectura y Urbanismo - Universidad Nacional de La Plata (HITEPAC-FAU-UNLP). Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”. Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Universidad de Buenos Aires (IAA-FADU-UBA). Intendente Güiraldes 2160. Ciudad Universitaria, Pabellón III, 4º piso. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. República Argentina. Email: horaciocaride@gmail.com

El presente artículo ha sido realizado como desprendimiento de las investigaciones correspondientes a la tesis doctoral del autor, “Lugares de mal vivir. Una historia cultural de los prostíbulos de Buenos Aires, 1875-1936”, actualmente en prensa, y también en el marco del programa de investigación de Estudios Históricos de las Heterotopías, del cual el autor es director, y que se desarrolla en el Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo” (IAA-FADU-UBA) desde el año 2014.

RECIBIDO: 16 de septiembre de 2016.
ACEPTADO: 20 de noviembre de 2016.


RESUMEN

Este breve ensayo trata de lugares marginales –y a veces ocultos– de la ciudad de Buenos Aires, durante las tres primeras décadas del siglo XX. Los protagonistas fueron dos visitantes, cuya vida ganaría fama y renombre: Eugene O’Neill y Albert Londres. Los relatos de estas dos personalidades, que en los años siguientes se convertirían en famosos protagonistas de la cultura literaria internacional, contribuyeron en buena medida a dar a difundir la imagen oprobiosa y denigrante que la capital argentina tuvo por aquellos años. Sus crónicas de la noche porteña, de sus incontables prostíbulos, cines pornográficos, “garitos” y lugares de diversión nocturna, promovieron la triste celebridad de la que, como “ciudad del pecado”, gozaría Buenos Aires en varios ámbitos internacionales durante las décadas de 1930 y 1940.

Palabras clave: Buenos Aires, bajo fondo, Eugene O’Neill, Albert Londres.

ABSTRACT

This short essay is about the marginal, sometimes hidden places of the city of Buenos Aires, during the first three decades of the 20th century. Its main protagonists were two visitors, whose lives would gain fame and popularity: Eugene O’Neill and Albert Londres. The stories of these two personalities, who in later years would become famous protagonists of international literary culture, contributed largely to publicize the shameful and demeaning image that Argentina’s capital was in those years. His chronicles of the “porteña” night –its countless brothels, pornographic movie theaters, gambling houses, and nightlife venues– promoted the sad celebrity as “sin city” that Buenos Aires had internationally during the 1930’s and 1940’s.

Keywords: Buenos Aires, underworld, Eugene O’Neill, Albert Londres.


PASAJEROS DE LA NOCHE

Desde los años que transcurrieron entre el Centenario de la Revolución de Mayo y el final de la segunda década del siglo XX, muchos viajeros visitaron la ciudad de Buenos Aires, dejando a menudo registros de sus impresiones. Varios de ellos expusieron su encantamiento con el lujo y la ostentación de su arquitectura, la pujanza y la vitalidad de sus calles o la sofisticación de su clase dirigente. Quien luego fuera el primer ministro de Francia durante la Gran Guerra, George Clemenceau, mencionaba en 1910 “tanto dinero amontonado y hasta arrojado por las ventanas” al describir la riqueza del Jockey Club (citado en Abós, 2000, p. 168). La poetisa inglesa Charlotte Cameron se refirió a la ciudad como “un nuevo Eldorado”, donde le llamó la atención la vivienda de los pobres, que describió como “mansiones amplias que parecen aspirar al título de palacios” (citada en Fondebrider, 2001, p. 221). Pero no todos exageraron y se dejaron seducir por la opulencia de la joven sociedad. En 1923, el escritor colombiano José María Vargas Vila describió Buenos Aires como una ciudad carente de toda originalidad. Desde su arquitectura hasta su música, todo era importado y “falto de creatividad”. La llamó “La patria del plagio” (ídem, p. 236).

Menos frecuentes y bastante más inaccesibles fueron los relatos publicados como recuerdos en la edad madura, recobrados en biografías y críticas literarias. Al grupo de escritores que produjeron este tipo de material perteneció Eugene O’Neill. Finalmente, hubo muy pocos ejemplos de viajeros que durante ese período escribieron crónicas para construir argumentos sobre el país, sus habitantes o su forma de vida. En este sentido, la profundidad de las descripciones de Albert Londres sobre los lugares más sórdidos de la ciudad y de lo que entendía eran sus prácticas más inmorales constituye un caso único.

Si bien se trata de personajes contemporáneos –Londres era apenas cuatro años mayor que O’Neill– arribaron a la Argentina en momentos muy diferentes de sus vidas. Eugene Gladstone O’Neill nació en Nueva York (Estados Unidos) el 16 de octubre de 1888 y murió en Boston (Estados Unidos) el 27 de noviembre de 1953.1 Estuvo en Buenos Aires desde el 10 de agosto de 1910 hasta el 22 de julio de 1911, con un corto viaje a Sudáfrica en medio (Graham-Yooll, 2007). Cumplió 22 años en Buenos Aires. Albert Londres nació en Vichy (Francia) el 1° de noviembre de 1884 y murió en algún lugar del golfo de Adén, entre las costas de Yemen y Somalia, el 16 de mayo de 1932, en un naufragio de circunstancias no demasiados claras. Ninguna de las fuentes consultadas precisa en qué momento de 1927 llegó a Buenos Aires ni cuánto tiempo estuvo. Es posible que lo haya hecho a principios de aquel año y haya permanecido por un lapso muy breve, a sus 42 años.2

O’Neill había conocido la fama en 1920, cuando ganó el premio Pulitzer a la mejor obra dramática con Beyond the Horizon. Obtuvo el mismo reconocimiento en otras tres ocasiones (1922, 1928 y 1957), con lo que se ha convertido en el único autor hasta la fecha en ostentar semejante récord. En 1936, su obra alcanzó trascendencia mundial con el Premio Nobel de Literatura. Albert Londres es considerado un pionero, si no el creador del periodismo de investigación. Justamente, la obra básica de consulta para este artículo, Le chemin de Buenos Aires: La traite des blanches [El camino de Buenos Aires: La trata de blancas], una especie de crónica novelada publicada por Albin Michel en París en 1927, es valorado como uno de los trabajos iniciales del género. El Prix “Albert Londres”,creado en 1932, es el mayor premio del periodismo francés, un análogo al Pulitzer estadounidense.

Cerca de quince años separan una visita de la otra. Ambas se desarrollan en tiempos de la tolerancia prostibularia, regulada para Buenos Aires por una ordenanza municipal desde comienzos de 1875 y vigente hasta 1936, año en que los prostíbulos se declararon ilegales por una ley nacional. Ese período coincide con el ascenso y desarrollo de las mayores organizaciones criminales de trata de personas, algunas integradas por mafiosos locales y otras por italianos de diferentes regiones, por rusos o por marselleses. La Zwi Migdal, regentada por inmigrantes polacos, resultó ser la más conocida y probablemente la más numerosa en cantidad de prostíbulos pero, de ninguna manera, la única que operaba por aquellos años.

Tampoco las fuentes consultadas sobre estas crónicas son demasiado simétricas. La voz de Londres sobre la ciudad, y en especial sobre el submundo del hampa, está básicamente registrada en Le chemin de Buenos Aires, publicado en Parísen 1927 y cuya versión en castellano, El camino de Buenos Aires: La trata de blancas, ya había aparecido en Madrid a fines de ese mismo año (Vázquez Rial, 1993). La crónica fue escrita como parte de un informe aparentemente solicitado por la Sociedad de las Naciones, la organización que antecedió a la de las Naciones Unidas. El periodista habría llegado a Buenos Aires de incógnito con la misión de prepararlo. Si bien no hemos encontrado una aclaración explícita sobre su rol como emisario de la organización, dentro de una investigación global sobre la trata de personas conoció la red de enviados por la Sociedad a diferentes lugares del planeta, como parte de una “vasta encuesta” que ya tenía tres años para aquel entonces (Londres, [1927] 1991).

La voz de O’Neill se escucha mucho más fragmentada. Su registro aparece en algún diario personal y en cartas escritas a sus familiares y amigos. También en algunas entrevistas publicadas en los tramos finales de su vida. El viaje a la ciudad argentina asoma en su obra temprana –sobre la que ha influido de modo diverso– como recuerdos redibujados de su pasado. Le debemos a Alexander Graham-Yooll, escritor y editor del Buenos Aires Herald, el reconocimiento de haber recuperado y expuesto en castellano estos episodios de la vida del joven escritor estadounidense. No obstante, existe en él una verdadera legión de textos críticos y biográficos.3 Es posible que de todos ellos, los dos textos que dedicaron mayor atención al tiempo que el joven neoyorquino vivió en Buenos Aires fueron: O’Neill: Life with Monte Cristo [O’Neill: vida con Montecristo], de Arthur y Barbara Gelb ([1962] 2000) y, especialmente, O’Neill: Son and Playwright [O’Neill: Hijo y dramaturgo], biografía que Louis Sheaffer escribió en 1968. Algunos fragmentos fueron traducidos al castellano en trabajos muy posteriores de Jorge Fondebrider y del citado Graham-Yooll. Estos textos, en general, han sido citados como fuentes para explicar sus historias o para comprobar alguna hipótesis sobre las motivaciones e inspiraciones del autor de Long Day's Journey into Night [Viaje de un largo día hacia la noche], de 1942, considerada su obra maestra.

Cada uno con su particular sensibilidad y sus propios recursos narrativos, justificó vivir lo que vivió y contar lo que contó. “Quise bajar en el foso donde la sociedad se desembaraza de aquello que la amenaza. Mirar lo que nadie quiere mirar. Juzgar la cosa juzgada”, declaraba el autor francés en el último capítulo de El camino de Buenos Aires… (Londres, [1927] 1991, p. 183). Eugene O’Neill tal vez encontró en la poesía una mejor manera de expresar su ánimo en la lejana capital del sur. Ashes of orchids [Cenizas de orquídeas] fue escrito durante su estadía en Buenos Aires (citado en Dowling, 2014, p. 62):

“There are so many tears
In my eyes
Burning, unshed:
There are so many ashes
In my mouth
Ashes of orchids:
There are so many corpses
In my brain”.

[Hay tantas lágrimas / En mis ojos / Queman, no derramadas: / Hay tantas cenizas / En mi boca / Cenizas de orquídeas: / Hay tantos cadáveres / En mi cerebro.]

Acaso la mayor de las asimetrías en estos relatos –lo que los convierte en altamente sugerentes y complementarios al mismo tiempo– provenga de la muy diferente relación que sus autores mantuvieron con la marginalidad porteña. Londres vino a investigar el bajo fondo de Buenos Aires; O’Neill formó parte de él.

PARAÍSOS DE FELPA ROJA

Durante las tres primeras décadas del siglo XX, Buenos Aires había consolidado varios territorios urbanos de profunda marginalidad. Amplias zonas prostibularias se expandían sobre los bordes del Riachuelo, en los barrios de la Boca y de Barracas. En esos mismos años fue creciendo la densidad de burdeles y “piringundines” de poca monta sobre el Paseo de Julio, actual avenida Leandro N. Alem. Pero también existía otro bajo fondo, no tan literalmente topográfico como en los bordes de las riberas fluviales. Se trataba de un bajo fondo moral, con lugares esparcidos por varias calles del Centro, incluso en los alrededores de la Plaza de Mayo. Las calles Esmeralda y Libertad, luego la del Temple (actual Viamonte) concentraron una gran cantidad de salas de baile, despachos de bebidas y muchísimos lupanares. Por diferentes cuestiones vinculadas con las regulaciones para el ejercicio de la prostitución, ciertos barrios, como por ejemplo Balvanera, concentraron para la década de 1920 importantes zonas prostibularias. Había un bajo fondo periférico, pero también uno ubicado en el centro mismo de la ciudad. “Los bajos fondos de Buenos Aires hacían que los andurriales de Nueva York parecieran una fiesta parroquial”, habría comentado O’Neill (citado en Graham-Yooll, 2001), con una colorida descripción de uno de esos antros:

Estoy seguro que aquello era un manicomio. Marineros borrachos, revendedores de hipódromo, funcionarios de segundo orden del servicio diplomático, ingleses desclasados, además de esos muchachos que entregaban por las mesas tarjetas rosadas y amarillas que ofrecían paraísos de felpa roja… Y siempre, como ruido de fondo, alguna melodía producida a martillazos por un pianista, el único sobrio […] El programa normal estaba en curso. (citado en Sheaffer, 1968, p. 174)

Además de encontrar un parámetro natural para dimensionar la inmoralidad porteña, la comparación de O’Neill entre las dos ciudades a comienzos del siglo XX, era válida más allá de su experiencia personal. Los doscientos treinta mil habitantes que vivían en Buenos Aires en 1875 eran casi dos millones y medio en 1936. Durante el período que va desde 1871 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, llegaron a la Argentina cerca de seis millones de inmigrantes, en su inmensa mayoría, de países europeos. Algo más de las dos terceras partes se radicaron definitivamente en el país. Para 1914, el Censo Nacional reveló que cerca del 60% de la población era extranjera. Este crecimiento no tenía otro precedente en América del Sur. El único caso de crecimiento aún más formidable en Occidente fue justamente el de Nueva York, que pasó de tener en 1870 algo más de novecientos mil habitantes a casi siete millones en la década de 1930.

Dentro del amplio espectro de lugares donde la desproporcionada población masculina inmigrante podía mantener relaciones sexuales, pareciera que los cines pornográficos fueron una característica singular de la noche porteña. Más aún, algunos historiadores del cine, como Ariel Testori y Dave Thompson, afirman que las primeras películas “porno” de la historia fueron producidas en Buenos Aires. El cine “condicionado” habría sido introducido en el país al despuntar el siglo XX por las productoras francesas de Léon Gaumont y Charles Pathé, aprovechando las ventajas comparativas que ofrecía la regulación prostibularia de Buenos Aires con respecto a otras ciudades europeas (Thompson, 2007).

Desde los primeros años del siglo XX, la vinculación entre los burdeles con la industria del cine “para hombres solos” había generado una verdadera red de establecimientos que incluían a productoras con capacidad de exportación e importación. “Esas películas eran poderosamente ásperas. No dejaban nada librado a la imaginación. Cada forma de perversión era, por supuesto, replicada por los marineros que se reunían alrededor de ellas”, escribió O’Neill varios años después (citado en Thompson, 2007, p. 33). Incluso dio precisiones del ambiente interior y de las maneras de utilizarlo:

En Barracas había proyecciones de películas pornográficas hechas en Francia y España. La platea estaba compuesta por cubículos separados que tenían el espacio suficiente para una cama. Las prostitutas iban por entre el público ofreciéndose por 2 pesos para tumbarse en los catres malolientes para uno rápido. (citado en Fondebrider, 2001, p. 221)

Pareciera que esta tipología arquitectónica extinguida –que reunía a un prostíbulo y a un cinematógrafo pornográfico dentro del mismo espacio– fue una de las fórmulas de mayor éxito. Albert Londres describió un cine de La Boca, que en su apariencia exterior no difería demasiado de cualquier otro. Su condición se delataba por el hombre que en la puerta palpaba (y a veces desarmaba) a los ingresantes. Quince años después, relató una situación muy semejante a la que se refirió O’Neill, pero con un lenguaje ensayado en la ironía:

Alrededor estaban los boxes. Se trataba de uno de eso paraísos donde los polacos ofrecen a las polacas. Mientras la pantalla materializa esos sueños que toman su encanto de lo espantoso, una polaca, sin duda auxiliar de la policía, pasaba entre las filas de espectadores. Ella revisaba a los hombres, los palpaba, y si aún no habían rendido todas las armas, los conducía a un pequeño box, según la ley, para un segundo desarme. ([1927] 1991, p. 134)

También comentó algo de los contenidos de los filmes que, al parecer, no ahorraban imágenes de fuerte contenido sexual, incluso tal vez superiores a los estándares de la época:

En la escena se desarrollaban espectáculos que hacían, según vuestra naturaleza, abrir o cerrar los ojos. El libertinaje llevado a ese punto se transforma en algo parecido a la inocencia. Es por eso que por mi cuenta abrí bien los ojos. Todo lo vi. (Ídem, p. 135)

Los burdeles “con cine” que describieron O’Neill y Londres en La Boca y en Barracas no fueron una característica exclusiva del comercio sexual de los barrios suburbanos. Otras fuentes también confirman que alguna variante, en trastiendas de bares y otros comercios, estaba instalada mejor disimulada entre las calles del Centro o zonas más cercanas como Balvanera. Incluso, que las mismas prostitutas los promocionaban distribuyendo tarjetas desde carruajes (Looyer, 1911). Sin embargo, luego de la segunda mitad de la década de 1920, la mayoría de los prostíbulos del Centro eran pequeñas casas clandestinas con una prostituta o dos, a lo sumo, que trabajaban en ellas.

El testimonio de otro compatriota norteamericano amigo de Gene O’Neill, un tal “Barnes” –seudónimo que según Louis Sheaffer protegía la identidad de su informante–, lo ubicó como cliente de un prostíbulo más caro (“por el lugar de la ciudad en que estaba y también por la categoría de las chicas”), ubicado en la calle Junín cerca de Corrientes (1968, p. 175). El cronista describió un lugar “con una mesa redonda giratoria en la que a veces las chicas posaban como estatuas vivas desnudas, claro” (Fondebrider, 2001, p. 227).

Resulta evidente que los circuitos de consumo de alcohol funcionaban en paralelo a los prostibularios. Una mañana en la que O’Neill regresó a su hotel sin saco, sin sombrero y con la camisa ensangrentada, recordó haber comenzado la noche “en el bar de la otra cuadra, siguió por un par de bares más, llenos de turcos borrachos y donde un holandés grandote lo echó a golpes a la calle. Terminó en un bar en Retiro, cerca de la estación de trenes, donde se agarró a las trompadas con un grupo de marineros. Allí fue donde perdió el saco y el sombrero, sin poder recordar qué había sucedido” (Sheaffer, 1968, p. 173).

Pese a que los reglamentos prohibían expresamente el consumo de bebidas alcohólicas en los burdeles, en muchos de ellos –y en especial en los de mayor categoría– se trataba de prácticas que producían grandes ganancias. Así, muchos lupanares se convertían transitoriamente en clandestinos, aun siendo regulados. Todo el universo prostibulario de la ciudad estuvo –durante las seis décadas que duró la normativa– en un lugar difuso entre la clandestinidad y la regulación, según sus ubicaciones y sus prácticas. La conducta de O’Neill se explica por la borrachera. En palabras de Barnes:

Ya que no había nadie que nos divirtiera, por turnos nos subimos a la mesa e hicimos todo tipo de poses. Pero cuando llegó el turno de Gene, diciendo que no sabía dónde estaba el baño, se echó una buena meada sobre el piso. Estaba por terminar cuando llegó la madame, sacó el silbato (todas las madames lo llevaban). La policía llegó enseguida y nos echó y tuvimos suerte de sacarla barata. Gene había estado tomando. (Fondebrider, 2001, p. 228)

El bajo fondo prostibulario del Centenario que conoció O’Neill fue diferente del que encontró Londres en 1927. El ingreso de la Policía, que actuó rápidamente ante el llamado de la madama, indica que el burdel, pese a la probable venta de bebidas alcohólicas, operaba dentro de cierto marco regulatorio. Sin embargo, una década después y ante la proliferación casi indiscriminada de prostíbulos por toda la ciudad, las quejas de los vecinos, las denuncias de la Iglesia Católica y, especialmente, el reconocimiento por parte de las autoridades de la ineficacia de los burdeles como dispositivos para detener la propagación de enfermedades venéreas, marcaron su etapa final como casas de tolerancia.

En efecto, una ordenanza del intendente municipal Carlos Noel había negado la habilitación a nuevos prostíbulos a partir de 1925. Es decir que todo nuevo establecimiento, desde ese año y hasta su prohibición en 1936, operó en la clandestinidad. Subsistieron algunos de los burdeles de la Zwi Migdal, los lujosos cabaretsdel centro y norte de la ciudad y otros establecimientos que operaban como prostíbulos encubiertos, en cines pornográficos, cafés de camareras o dancings. En sus recorridos por Buenos Aires, Albert Londres hizo numerosas descripciones de los burdeles de una o dos mujeres con su explotadora, que en general manejaba la mafia marsellesa. Sostenía que el centro de información y reunión de los maquereaux [proxenetas] era la Librería Francesa, que estaba en Cerrito 445. También, reveló los códigos que aprendió para ubicar los pequeños y velados prostíbulos del crimen organizado por algunos de sus compatriotas, lo que constituiría su verdadero objetivo: la confrontación del falso orgullo que presentaba a la sociedad de su país como un modelo de exportación (Kordon, 1991):

Pasaba de Cangallo a Sarmiento, de Corrientes a Lavalle, de Tucumán a Viamonte. Iba desde el número 200 al 2000. Tímidamente levantaba la vista: ¡una cortina rosada! Bajaba la vista. Recorría 100 metros más, una cortina crema. Andaba. Seguí andando. / Fatigado por las calles perpendiculares, tomaba las calles paralelas. Se me veía en Suipacha, en Esmeralda, en Maipú, en Florida. Bajaba hasta la 25 de mayo, después subía hasta Medrano: cortinas, siempre cortinas, ¡más cortinas! (Londres, [1927] 1991, p. 94)

En el texto expone a los disimulados burdeles repartidos en varias calles céntricas. Sin ocultar su sorpresa, sostenía que cada cuadra del Centro tenía un burdel de una sola prostituta por acera, es decir, cuatro disimulados prostíbulos por manzana. “¡Cuatro casas, cuatro mujeres, a veces cuatro francesas por hectárea!” (ídem, p. 77). La mayoría eran localizaciones de antigua tradición prostibularia, como Sarmiento, Viamonte o Esmeralda. Es notable la inclusión de Florida, la calle comercial de la alta burguesía, que hasta ese momento ningún cronista había siquiera sugerido como posible ubicación de prostíbulos.

REFINAMIENTOS PARA EL MAL

Pese a las regulaciones y las inhabilitaciones, a comienzos de la década de 1930, no había lugar de la ciudad que estuviese libre de burdeles de algún tipo. O, como sostiene Beatriz Sarlo, por esos años, “el margen contamina el centro y los barrios respetables” (1988, p. 179), sintetizando un proceso que se había iniciado en la última década del siglo XIX, acelerado y potenciado dentro del universo heterogéneo y multicultural de la inmigración.

Transcurrieron algunos años hasta que las huellas de la estadía en Buenos Aires fueron visibles en la obra de O’Neill. A través del éxito y el reconocimiento de sus piezas teatrales, la oprobiosa reputación de la noche porteña estaba cobrando trascendencia en su obra y, a través de ella, cierta exposición internacional:

En una ocasión trató de transmitir a un amigo los detalles más escabrosos de su vida en Buenos Aires. En su descripción de los burdeles, de las mujeres fáciles en bares y hoteles, y de cómo tuvo que resistir los avances homosexuales, se vio obligado a utilizar un lenguaje obsceno, para él desconocido. (Gelb y Gelb, [1962] 2000, p. 283)

De sus exégetas posteriores, es probable que la biografía escrita por Arthur y Barbara Gelb haya sido la primera en reconocer las marcas de aquel tiempo, en obras como Bound East for Cardiff [Dirección este hacia Cardiff], de 1914; The Moon of the Caribbes [La luna de los caribes] y In the Zone [En la zona], estas dos últimas de 1917 (Gelb y Gelb, [1962] 2000). Allí, algunos de sus personajes fueron marineros –de quienes describió la vida en puertos y buques–. En particular, “Smitty”, un joven de mal carácter, hijo de un aristócrata inglés que escapa a Buenos Aires para alejarse de un escándalo familiar y que termina compartiendo habitaciones de mala muerte en zonas portuarias y con graves problemas de alcoholismo (Gelb y Gelb, [1962] 2000 y Dowling, 2014).

Por estas y otras vías, es posible que las imágenes del bajo fondo de Buenos Aires hayan ingresado a los relatos de otros autores del mundo anglosajón. En A Clergyman’s Daughter [La hija del clérigo], una novela publicada por George Orwell en Londres, en 1935, un diálogo entre dos personajes indicaba la magnitud de esa reputación: “From hearing her talk you would have gathered the impression that Knype Hill with its thousand inhabitants held more of the refinements of evil than Sodom, Gomorrah, and Buenos Aires put together” [De escucharla hablar, uno habría tenido la impresión de que Knype Hill, con sus mil habitantes, tenía más refinamientos para el mal que Sodoma, Gomorra y Buenos Aires juntas] ([1935] 1950, p. 33).

La obra de Londres sobre el submundo porteño, según se ha anotado ya, había sido traducida al castellano en el mismo año de su escritura, con lo que su difusión en la ciudad, escenario de su narración, fue casi inmediata. Una autora contemporánea, Paulina Luisi –la primera médica de Uruguay y una militante por derechos de la mujer–, declaró en Montevideo en 1931 que el trabajo de Londres era un tema “archiconocido”. Aseguró que la Comisión de Expertos de la Sociedad de las Naciones había reprobado su investigación. Incluso dudó de que su compromiso hubiera sido otro que el de ganar dinero. No obstante, reconoció que este trabajo había logrado difundir a nivel mundial el ambiente denigrante que existía para las mujeres en la ciudad argentina (Trochon, 2006).

Londres, por su parte, había dejado por escrito una fuerte crítica para los miembros de la Comisión de Expertos: “Sé lo que estos señores llaman virtud. Para ellos, la virtud es el vicio que no se alcanza a ver” (Londres, [1927] 1991, p. 185). Más aún, afirmó que esta actitud podría entenderse también como práctica cultural. “Cuántos países de mentalidad primitiva como los Estados Unidos de América limpian la fachada y recogen la suciedad hacia el interior” (ibídem). Para la historiadora norteamericana Donna Guy, las observaciones de Londres sobre los rufianes franceses fueron “benévolas” y calificó al texto como “un tratado antifeminista, antisemita y profrancés”, que significó para los europeos más una confusión que una aclaración (1994, p. 148).

No obstante, Londres es considerado una verdadera leyenda para la historia del periodismo, cuadro que los escándalos que provocaban sus trabajos seguramente ayudaron a pintar (Muhlmann, 2008, p. 80).

FAMAS E INFAMIAS

Los relatos de Eugene O’Neill y de Albert Londres, por un lado, y la imagen de Buenos Aires que proporcionaron, por el otro, se delinearon mutuamente, como una especie de “círculo vicioso” entre la fama de los redactores y la importancia del escenario urbano que narraban. Esta imagen, “construida” desde la subjetividad de quien cuenta, fue valorada por el lugar que ambos ocuparon en la cultura literaria mundial. Pero, en simultáneo, también fue reconocida por la importancia que Buenos Aires mantuvo en las primeras décadas del siglo XX, en el concierto de las grandes capitales de Occidente.

Además, si bien no constituyen una fuente única e irrepetible, ya que varios cronistas y habitantes de la ciudad refieren a los mismos lugares marginales con modos de uso semejantes, ofrecen una visión alternativa, recortada, que termina de completar el impacto que la noche porteña causaba tanto en los lugareños como en los visitantes. En el transcurso de estos relatos, la tenebrosa Buenos Aires se presenta en su verdadera magnitud. Aparecen espacialidades públicas y privadas casi desconocidas desde las diferentes historias disciplinares. También, lugares o a veces amplios territorios urbanos en manos de mafias que controlaban el tráfico de mujeres, el alcohol y otras actividades, en una franja tenue entre la tolerancia de las autoridades y el submundo de lo clandestino. Para comprender estas zonas grises, hemos evitado utilizar el par dialecto de “lo legal” y “lo ilegal”, en la medida en que la ubicación en aquellos extremos hubiese entorpecido una aproximación más compleja y multicausal.

Reviste cierta paradoja que en ninguno de los dos relatos la intención principal fuera denunciar la sordidez de la noche porteña. Para O’Neill, se trató de profundos recuerdos de un alocado viaje juvenil, lleno de desaciertos y excesos, que su fama literaria posterior recuperó como parte inseparable de algunos textos brillantes. Tampoco fue el objetivo para Londres, cuyo propósito, pese a viajar con el probable mandato de investigar el tráfico de mujeres prostituidas, estuvo animado por la necesidad de socavamiento de la imagen que la inmigración francesa de ultramar tenía en su propio país, anunciando en su tierra de origen la ignominia de sus connacionales.

El rostro de Buenos Aires que ambos expusieron fue también el que ambas narraciones ayudaron a dibujar y, en el mismo acto, a difundir. Londres vino a encontrarse con una gran noticia. Lo logró. O’Neill vino a encontrarse a sí mismo.

Quizá aquellas Cenizas de Orquídeas –el título del poema que el genial escritor neoyorquino declaró haber escrito en Buenos Aires– funcionen también como la metáfora de la belleza efímera de una ciudad. Y de su muerte, en su lado más oscuro y sórdido.

NOTAS

1. Debo la información fundamental sobre la vida de Eugene O’Neill a los textos facilitados por el Dr. John Turci, de la Universidad de Texas, Austin, a quien dedico este trabajo como forma de agradecimiento.

2. Londres embarcó un 3 de septiembre de 1926 en Bilbao, en el vapor “Malte”, de la compañía francesa Chargeurs Réunis, que venía de Le Havre. Luego hizo varias escalas en Vigo, Porto, Tenerife, Dakar, Río de Janeiro, Santos y Montevideo. Los registros de la inmigración española en Argentina indican que ese carguero, con capacidad para sesenta pasajeros de primera clase y setenta y dos de segunda, llegó a Buenos Aires el 7 de enero de 1927. Disponible en línea en <www.federacionespanola.com.ar/barcos-emigracion.html> (consultado en septiembre de 2016). Por algunos datos de su biografía, es probable que antes de mayo o junio de ese año ya estuviera de regreso en París.

3. Solamente el catálogo de la Universidad de Yale reconoce más de ciento cincuenta títulos para ambas categorías, básicamente en idioma inglés, pero también en español, francés, alemán y japonés.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1. Abós, A. (2000). El libro de Buenos Aires: Crónicas de cinco siglos. Buenos Aires, Argentina: Mondadori.

2. Dowling, R. (2014). Eugene O’Neill: A Life in Four Acts. Connecticut, Estados Unidos: Yale University Press.

3. Fondebrider, J. (2001). La Buenos Aires ajena: Testimonios de extranjeros de 1536 hasta hoy. Buenos Aires, Argentina: Emecé Editores.

4. Gelb, A. y Gelb, B. ([1962] 2000). O’Neill: Life with Monte Cristo. Nueva Jersey, Estados Unidos: Applause Theatre Book publishers.

5. Graham-Yooll, A. (2001, 5 de agosto). The Buenos Aires Affair. Página 12, Suplemento Radar.

6. Graham-Yooll, A.  (2007). Eugene O’Neill in Buenos Aires. En H. Bloom (Ed.). Eugene O’Neill. Nueva York, Estados Unidos: Bloom’s Literary Criticism.

7. Guy, D. (1994). El sexo peligroso: La prostitución legal en Buenos Aires, 1875-1955. Buenos Aires, Argentina: Editorial Sudamericana.

8. Kordon, B. (1991). Prólogo. En A. Londres,  El camino de Buenos Aires: La trata de blancas.  Buenos Aires, Argentina: Legasa.

9. Londres, A. ([1927] 1991). El camino de Buenos Aires: La trata de blancas. Buenos Aires, Argentina: Legasa.

10. Looyer, C. (1911). Los grandes misterios de la mala vida en Buenos Aires comparada con la de las grandes capitales europeas. Cuadros del vicio y del crimen. Obra psico-sociológica. Buenos Aires, Argentina: Talleres Gráficos de Rafael Palumbo.

11. Muhlmann, G. (2008). Political History of Journalism. Cambridge, Inglaterra: Polity Press.

12. Orwell, G. ([1935] 1950). A Clergyman’s Daughter. San Diego, Estados Unidos: Harvest Book.

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Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”.
Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo; Universidad de Buenos Aires.

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