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ARTICULO

Ciudades europeas y americanas en los escritos de los Jesuitas de los siglos XVII y XVIII en sus viajes al Río de la Plata

European and american cities in the Jesuit writings of the 17th and 18th Centuries from their travels to Rio de la Plata

Carlos A. Page *

* Arquitecto y doctor en Historia. Investigador del CONICET y docente de posgrado en las Universidades Nacionales de Buenos Aires y Misiones. Realizó investigaciones posdoctorales en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC-España) y el Consiglio Nazionale delle Ricerche Italia (CNR-Italia). Dirige la revista científica IHS - Antiguos jesuitas en Iberoamérica. Es miembro, entre otras instituciones académicas, del Consejo Científico de la Société Internationale d’Estudes Jésuites (SIEJ) con sede en L’École des Hautes Études en Sciences Sociales (París) y colaborador extranjero del grupo Jesuítas nas Américas del CNPq (Brasil). Publicó más de doscientos artículos en revistas científicas y de divulgación en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, además de treinta libros en Argentina, España, Alemania, Bolivia, Estados Unidos y Paraguay.

Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CIECS-CONICET). Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Los Cerrillos 907. (5186) Alta Gracia. Provincia de Córdoba. República Argentina. Email: capage1@hotmail.com

RECIBIDO: 21 de julio de 2016.
ACEPTADO: 31 de octubre de 2016.


RESUMEN

Los jesuitas realizaron una extensa serie de viajes desde Europa a Buenos Aires, a fin de sumarse a la evangelización de la Provincia Jesuítica del Paraguay. Los reclutamientos en España, sus partidas –tanto de Sevilla/Cádiz como de Lisboa con escala en Río de Janeiro– y los aconteceres ocurridos en no menos de tres meses de viaje en barco, fueron motivo para la redacción de largos textos cargados de sentimientos de esperanza y asombro ante lo desconocido. Aportan un tipo de fuente diferente que nos permite tener otra mirada sobre las ciudades. Sistematizamos y analizamos en esta oportunidad aquellos textos jesuíticos que movieron a describir los escenarios urbanos donde pasaron.

Palabras clave: jesuitas, Río de la Plata, Buenos Aires, viajes.

ABSTRACT

The Jesuits conducted an extensive series of voyages from Europe to Buenos Aires, to join the evangelization of the Jesuit Province of Paraguay. Recruitments in Spain, their departures –from both Sevilla/Cadiz and Lisbon with stops in Rio de Janeiro– and the happenings that took place during the no less than three-month boat trips, were reason for writing long texts full of feelings of hope and wonder at the unknown. They provide a different type of source that allows us to have another look at the cities. In this opportunity we systematize and analyze those Jesuit texts which aimed to describe the urban settings they passed through.

Keywords: jesuits, Río de la Plata, Buenos Aires, travels.


ESCRIBIR Y VIAJAR

No es casual que abunde la documentación jesuítica, pues fue parte de un régimen epistolar incorporado en sus Constituciones como un compromiso del sistema comunicacional. En el siglo XVI, apenas creada la Orden Jesuítica, Europa no estaba sola, sino que el mundo ahora incluía las Indias Orientales, abiertas a la evangelización por el padre Francisco Javier, y las Occidentales. En estas se llegó primero a Brasil en 1549 y luego a la América española en 1565.

Los misioneros informaban regularmente a Roma sobre sus actividades, en informes que eran leídos por los superiores y luego se daban a conocer internamente, con el objeto de convertirlos en elementos publicitarios a los fines de llegar a nobles contribuyentes que apoyaran el esfuerzo y la vocación misionera y también de motivar a una juventud ansiosa por sumarse al fenómeno de la evangelización en el mundo. La documentación más conocida fueron las Cartas Anuas, de las cuales se publicaron algunas correspondientes a la provincia del Paraguay, mientras que otras circulaban como copias manuscritas.

Los jesuitas también escribieron a sus familiares o hermanos de religión de sus países de origen, con quienes compartían su lengua materna y un contexto cultural. Cientos de cartas fueron impresas en dos series realmente importantes, como las Cartas edificantes y curiosas, con sus dieciséis volúmenes publicados en Francia y luego traducidas al castellano por el padre Diego Davin entre 1753 y 1757, o su análoga serie alemana llamada Mensajero universal [Weltbott], constituida por cartas publicadas entre 1726 y 1761 en diez tomos, de las que cuarenta textos se refieren al Río de la Plata. El padre Juan Mühn solo tradujo algunas en 1930, e incluyó otras ya publicadas por el padre Davin. Estas cartas relatan más las vivencias en colegios y reducciones que el viaje en sí, aunque describen ya no solo las ciudades portuarias, sino también poblados como Córdoba, Asunción o Tucumán, además de las reducciones y el paisaje natural.

Todo comenzaba con el reclutamiento de religiosos en Europa. El procedimiento partía desde la misma provincia que los solicitaba. En cada una, la autoridad presidía las Congregaciones Provinciales que debían llevarse a cabo cada seis años, aunque el período entre una y otra variaba dependiendo de varios factores. Generalmente, los sacerdotes que habían profesado su cuarto voto, entre ellos los rectores de colegios y superiores de las misiones, se reunían en la Capilla Doméstica de Córdoba. Allí se trataban los problemas de la provincia y se redactaban una serie de “postulados” o peticiones que luego eran respondidos, uno a uno, por el prepósito general, que residía en Roma. Pero aquel documento lo tenía que llevar a Europa un jesuita al que llamaban “procurador”. No era esa la única tarea que debía realizar: también le correspondía reclutar jóvenes para ayudar a la provincia en su tarea pastoral, adquirir libros, herramientas y elementos de liturgia, entre otros y, lo más importante, discutir con la Corona española, a través de sus representantes, problemas serios como lo fueron en su momento el uso de armas de fuego para los indios, negociar si estos debían o no pagar tributo y también, en más de una oportunidad, desmentir las constantes denuncias y calumnias a las que eran sometidos los jesuitas justamente por su defensa de los derechos indígenas.

LA PENÍNSULA IBÉRICA VISTA POR ALEMANES DE CAMINO A BUENOS AIRES

Algunos jesuitas viajaron a América y regresaron involuntariamente, pues fueron expulsados y debieron soportar el exilio hasta sus muertes. Tal es el caso del suizo Martin Schmid (1694-1772). Como muchos, tuvo la particularidad de que, al vivir en el norte de Europa, debió recorrer un largo trayecto hasta alcanzar los puertos de salida y con ello pudo descubrir y admirar las ciudades peninsulares. Es así que en 1727 describió extensamente la ciudad de Sevilla, que le resultaba extraña. Lógicamente, era una ciudad totalmente diferente a las de su país y le llamaban la atención no solo el escenario urbano sino también las costumbres hispanas. Schmid escribía:

Sevilla es grande y se necesitan dos horas para recorrerla, sin tomar en cuenta los suburbios de la otra orilla del Guadalquivir. Tiene un arzobispo y veinticinco iglesias parroquiales, entre las que resalta la catedral por su tamaño y esplendor sin par; para ella ya hace tres años que se trabaja en la construcción de un órgano grande y precioso, que se terminará recién dentro de otros tres años […]. Hay diecisiete monasterios, seis de ellos pertenecen a los dominicos y ocho a los franciscanos. La Compañía de Jesús tiene cuatro Colegios, la Casa Profesa (donde se hospedan once de nuestros Padres Misioneros), el Noviciado y el Hospicio de las Misiones de Indias. Se cuentan dieciséis hospitales, con sus correspondientes iglesias, pero en ninguno de los campanarios de estas iglesias ni por cualquier otro lado se encuentra un reloj cuya mano podría indicarle a uno la hora. No hay en toda la ciudad una avenida ancha y hermosa, sino que hay poca distancia entre las casas; estas son poco vistosas, tanto por dentro como por fuera y tienen apenas dos yardas o metros de alto. Las habitaciones o las salas de las mansiones de gente pudiente tienen, por lo general, una sola ventana o, mejor dicho, una puerta de dos hojas sin vidrios, los cuales dejarían pasar la luz; de modo que esta debe quedar abierta todo el día, lo que bien se puede hacer en vista de que durante todo el invierno no hace frío1 (citado en Page, 2007, pp. 139-140).

El órgano de la catedral de Sevilla fue encargado por el arzobispo vallisoletano Luis de Salcedo y Azcona (1667-1741). Lo construyó el organero fray Domingo de Aguirre, el diseñador de la caja fue Luis de Vilches y el decorador, el conocido pintor, escultor y retablista sevillano Pedro Duque y Cornejo. Los pórticos de ingreso al órgano se deben a Diego Antonio Díaz, el reconocido arquitecto que diseñó la Capilla Doméstica de los jesuitas sevillanos, entre otras muchas obras patrocinadas por el mismo prelado, Luis de Salcedo y Azcona. Este órgano no ha perdurado hasta la actualidad (Ayarra Jarne, 1974) (Figura 1).


Figura 1: Vista de Sevilla hacia 1726. Óleo anónimo. Fuente: Ayuntamiento de Sevilla.

También cabe detenerse, para nuestro caso en particular, en los domicilios de los jesuitas en Sevilla. Allí residía el Procurador General de Indias Occidentales, quien era el nexo con los procuradores que llegaban de América y proveía alojamiento para los que partían en el desaparecido Hospicio de Misiones “Nuestra Señora de Guadalupe”, adjunto al Colegio de San Hermenegildo y abierto en 1688. Los jesuitas también disponían de otra instalación para el mismo fin con ochenta habitaciones en el Puerto de Santa María de Cádiz, cuyo fondeadero reemplazó definitivamente al de Sevilla en 1720. En cuanto a la Casa Profesa, fue inicialmente colegio hasta 1579. Tiempo después, el arquitecto jesuita Bartolomé de Bustamante diseñó la iglesia, en tanto que la Casa fue rectificada por el arquitecto Juan Bautista Villalpando, también jesuita. Con grandes reformas, fue modificada en el siglo XIX, mientras albergaba la universidad, hasta su demolición. Para el tiempo en que pasó por Sevilla el padre Schmid, se estaba construyendo la iglesia del noviciado de San Luis de los Franceses, sin duda la mejor expresión barroca peninsular de su tiempo. Su autor fue el arquitecto Leonardo de Figueroa y se concluyó en 1731 (Galán García, 1995 y Rodríguez Gutiérrez de Ceballos, 1967).

Los textos de los alemanes no podían dejar de describir las ciudades hispanas, ante el asombro que les causaba su cultura, al punto que la famosa serie de dibujos del padre Florián Paucke incluye varias representaciones que describen la vestimenta de los españoles (Figura 2). Como las ciudades son nuestro foco de atención, cabe resaltar lo que en 1749 describió Paucke acerca de la ciudad de Málaga: “[N]o es grande en circunferencia ni alta en sus edificios pero sin embargo es ordenada e igual a las ciudades menores”. Agrega luego que “la catedral es vistosa, grande y magnífica. En su interior aún se trabaja y las molduras eran colocadas en bello mármol al derredor de toda la iglesia. La iglesia de los jesuitas es una rotonda, provista adentro de coros en su derredor” (2010, p. 25).


Figura 2: Representación de la nobleza española. Fuente: Paucke, 2010.

Ese templo se concluyó en 1630, aunque el tabernáculo y el altar mayor, trazados por el hermano Francisco Díaz de Rivero, se terminaron tres años después. Los trabajos de decoración se realizaron entre 1639 y 1644. Esta es la iglesia que vio el padre Paucke, pues fue reformada en 1787 y en el siglo XIX. Pero el alemán debió seguir camino a Portugal y alcanzar Lisboa para poder embarcarse a América. De su estadía por la capital lusitana, que duró cinco meses, hizo una extensa descripción del puerto, el palacio real, el acueducto, el convento de los Carmelitas, que eran de la provincia austríaca, y una procesión. Sobre la ciudad, sintetizó: “[Q]ueda abierta sin murallas, posee dos amplias plazas principales, una en el centro de la ciudad, propiamente dicha, la otra al lado de la residencia real. Se encuentran muchos conventos de órdenes” (2010). Y agrega que la Compañía de Jesús

[t]enía allí cuatro casas, un Collegium llamado S. Antonio, la segunda S. Rochus, que era la casa de los profesos; la tercera en Cotovia donde está el noviciado de la Provincia; la cuarta al fin de la ciudad que los portugueses llaman los Apóstoles porque fue edificada para los misioneros de Indias y allí son examinados los novicios llegados desde otras provincias para las Indias; todas estas casas tenían lindas iglesias. (Ídem, p. 42)

Le llamó notablemente la atención la de Cotovia, ubicada a poco más de 30 kilómetros, donde, escribe,

edificaban entonces una capilla de S. Javier; el altar, todo de jaspe y lazulita azul, veteado con venas de oro, fue llevado allí desde Italia por cuenta del rey don Juan de Portugal. Igualmente estaban cubiertos completamente por estas piedras los muros laterales. La magnificencia y hermosura de esta capilla deleitaban los ojos de todos y debe haber costado algo notable. (Ibídem)

Efectivamente, era la capilla del noviciado de Nossa Senhora da Assunção, que no solamente alojaba a los jóvenes novicios sino que fue un centro de estudios de astronomía, matemáticas y arquitectura. El terreno ubicado en las quintas del Monte Olivete fue donado o fundado por quien había sido el gobernador general de la India, Fernão Telles de Meneses, en 1589. Mientras que la obra se inició bajo la dirección de un jesuita matemático y arquitecto, el padre João Delgado, en 1603, fue continuada por el arquitecto Baltazar Álvarez (1560-1630), uno de los profesionales más relevantes del Renacimiento lusitano tardío. La capilla fue inaugurada en 1616 y sus primeros novicios ingresaron tres años después. Funcionó hasta 1755, año en que un terremoto la destruyó. Su reconstrucción fue en vano para los jesuitas, que fueron expulsados del reino de Portugal   en 1759 (Braga, 1898).

LOS PUERTOS DE ARRIBO EN EL RÍO DE LA PLATA

Omitiremos, aunque nos cueste, los interesantes relatos de los avatares de viaje que incluyen obviamente hasta naufragios. Vayamos al ancho Río de la Plata, que se caracteriza, y era bien advertido en aquella época, por sus grandes bancos de arena que constituían un escollo peligroso para ingresar naves de gran porte. Ellos eran el Banco Inglés y el Banco Ortiz, que ya para el siglo XVIII habían provocado centenares de naufragios. Después había pequeñas islas, como la hoy conocida “Los Lobos”, descubierta por Juan Díaz de Solís, quien en 1616 le dio el nombre de “San Sebastián de Cádiz” y que, según el padre Paucke, tenía una “tosca torre cuadrada” que obviamente no es la actual, construida en 1906 (2010, p. 75). Eran varias las islas que en realidad son bancos de arena, por ejemplo, la conocida como “Isla de Flores”, nombre dado por Sebastián Gaboto en 1527, ubicada donde terminaba el Banco Inglés y que Cattaneo define como “desierta y frecuentada sólo de lobos marinos” (Buschiazzo, 1941, p. 116) (Figura 3).


Figura 3: Mapa del Río de la Plata de Jacques N. Bellin de 1770. Fuente: Biblioteca Nacional de Portugal, PURL 851.

Una vez cruzados estos sitios, se llegaba a Montevideo, desde donde era necesario un guía baqueano, que llamaban “chalupa”, para cruzar el Río de la Plata hasta Buenos Aires, a veces vía Colonia del Sacramento por su proximidad con el destino. Entre tanto, Montevideo era un puerto más cómodo y seguro aunque, como en Buenos Aires, los barcos anclaban lejos y una barca llevaba a tierra a los tripulantes. Cattaneo describe sombríamente la ciudad. Expresa en principio que “es un monte aislado en forma de un pan de azúcar, a cuyo pie hay un puerto que es la primera escala de las naves”. Más adelante agrega que “al presente no existen más que tres o cuatro casas de ladrillos de un solo piso y otras cincuenta o sesenta cabañas formadas de cuero de buey” (Buschiazzo, 1941, p. 121). Efectivamente, hacía poco tiempo que la Corona española había decidido su fundación a los fines de tomar posesión efectiva de la Banda Oriental y contrarrestar la ocupación de la ciudad portuguesa de Colonia del Sacramento. Aunque el sitio escogido ya había sido un asentamiento portugués, el gobernador Bruno Mauricio de Zavala llevó un grupo de soldados y guaraníes para fundar en 1726 el fuerte de San José, poblado luego con inmigrantes de las Islas Canarias.

Colonia del Sacramento fue descripta brevemente por el padre Cattaneo, quien sin haber ido manifestó: “[L]a Colonia o isla de San Gabriel que tiene frente a Buenos Ayres, defendida con fuertes castillos a fin de que les sirva de escala para introducir de contrabando cuantas mercancías quieran en los Estados de España” (citado en Buschiazzo, 1941, p. 119). Efectivamente, cuando arribó a Buenos Aires, se enteró de que había entonces veinte buques, entre ingleses, franceses y portugueses, que contrabandeaban mercadería a la otra orilla del Río de la Plata, cosa que perjudicaba notablemente el comercio español.

Como mencionamos antes, los barcos no llegaban a la orilla de los puertos platenses sino que anclaban retirados. Acudían a estos unas barcazas en las que descendían los pasajeros, que eran alcanzados a la playa. Era el gran y esperado momento del recibimiento. Los que arribaban se vestían acorde a la honrosa ocasión. Incluso, la nave era íntegramente adornada e iluminada. Todos los porteños iban a la playa: “españoles, indios y negros”, el gobernador, las autoridades del Cabildo y, por cierto, los jesuitas del colegio. Las iglesias tañían sus campanas y los cañones tronaban en el fuerte. El padre Gervasoni agrega que las calles de la ciudad “presentaban un bellísimo aspecto, ornadas de gallardetes, faroles y banderas de colores por todas partes en señal de la común alegría” (Buschiazzo, 1941, p. 197). Mientras que Cattaneo describe al gobernador Zabala como un “arrogante caballero […], alto, proporcionado y con una presencia majestuosa de Príncipe. Solo que le faltaba la mitad del brazo derecho, que perdió en una batalla en España” (Ídem, p. 130). Era capitán general de la gobernación del Río de la Plata y a él se debe la fundación de Montevideo.

Los recibimientos eran una típica expresión ritual de importante significación social. Como una auténtica ceremonia, las autoridades siempre salían fuera de la ciudad para acompañar en el último trayecto a los visitantes. La comitiva era acogida con una ornamentación especial con arcos y flores, acompañada por los pobladores que se acercaban a participar del irregular acontecimiento festivo.

Los jesuitas se dirigían al colegio y en la iglesia los esperaba generalmente un tedeum ambrosiano en acción de gracias y un coro de niños guaraníes que sorprendía notablemente a los religiosos europeos. Los guaraníes estuvieron presentes desde los comienzos de la evangelización. Así, el padre Jarque, al biografiar al padre Francisco Díaz Taño (1593-1677) cuenta que en una oportunidad “bajaron por el río Paraná tres coros de indios, muy diestros en la música y instrumentos y danzas” (1687, p. 176), cuestión que vemos repetida en varios documentos, incluso anteriormente, como en la Carta Anua de 1626-1627, en la que se expresa que de San Ignacio del Paraná, el padre Comental había traído los músicos “que eran veinte indios grandes y pequeños diestros cantores y excelentes músicos de vihuelas de arco y otros instrumentos al son de quales cantaron en nuestra iglesia”. Mientras ellos mismos en la residencia “hicieron varios regocijos de danzas y otras invenciones con mucha destreja y gracia, que sirvieron, de más de recrear a los huéspedes del tedio de tan trabajosa navegación” (citado en Leonhardt, 1929, p. 230).

En 1691, el padre Sepp, quien se lamenta de la pobreza de Buenos Aires, se asombra del efusivo recibimiento de los indios al punto de expresar: “¿Quién hubiera podido contener las lágrimas? […]. Me arrodillé y besé con gran devoción la tierra a la que había llegado desde Europa para impregnarla con mi sudor y mi sangre” (1973, p. 158).

Unos años después, en 1698, el jesuita italiano Antonio María Fanelli (1672-1752) –quien fue tripulante del procurador por Chile, el padre Miguel de Ugina– llegó a Buenos Aires y descansó tres meses, para partir luego a Santiago. Describe la ciudad de Buenos Aires (Figura 4) después de un largo relato y señala:

Es esta una Ciudad más importante de toda la Provincia del Tucumán, pero de magnitud no es más que la mitad de nuestra patria Bari; las Casas uno verbo son pajares, porque están cubiertas de pajas, y no altas desde el suelo, no más de tres o cuatro cañas, por falta de piedras y de cal. Abundan las Vacas, Bueyes, Caballos, Corderos y Capones, de tal manera que se compran por Carlini, es decir, por nada. Trigo hay en abundancia, el vino viene de fuera, porque no tiene viñas, ni tampoco frutos, sino solamente pequeña cantidad de melocotones. El Clima es muy frío, pasa cada día ab extremo, ad extremum sine medio”. (citado en Page, 2007, p. 134) (Figura 5)


Figura 4: Vista de la ciudad de Buenos Aires. El dibujo muestra con el Nº 2 la ubicación del colegio jesuítico; con el Nº 1, la iglesia de San Juan; con el Nº 3, la Catedral; con el Nº 4, el convento de los Mercedarios; con el Nº 5, la iglesia de San Nicolás y con el Nº 6, el convento y la basílica de los Franciscanos. Fuente: Ferreira da Sylva, 1748.


Figura 5: Mapa realizado por el jesuita José Quiroga (1707-1784). Fuente: De Charlevoix, 1757.

De esta manera van pasando jesuitas a los que les llaman la atención diferentes aspectos de la ciudad, como el padre francés Ignacio Chomé, quien al llegar en 1729, escribe: “Havia en Buenos Ayres más de veinte mil Negros, y Negras, á quienes faltaba toda instruccion, porque no sabian la Lengua Española. Como los mas eran de Angola, Congo, y Loango, me dio gana de aprender la Lengua de Angola” (AA. VV., 1756, p. 300). Merecería todo un apartado la evangelización de esclavos y de las condiciones en que llegaban a la América española, sobre todo a Cartagena de Indias y a Buenos Aires. El padre Chomé fue, de hecho, un gran lingüista, pero uno de los jesuitas más dedicados a este ministerio fue el padre limeño Lope de Castilla (1595-1680), quien compuso un arte y vocabulario en lengua de Angola que no se permitió publicar, posiblemente por la variedad de lenguas africanas, que no solo contemplaban la lengua de Angola, donde se hablaban cinco dialectos. Si bien eran bautizados en los puertos de origen, los esclavos y esclavas no eran catequizados. Cuando los africanos arribaban a Buenos Aires, de eso se ocupaban los jesuitas, con el objeto de legitimar el sacramento.

FLORIÁN PAUCKE, EL MÁS DETALLISTA DE LOS JESUITAS

El padre Paucke fue seguramente el narrador más sistemático de los jesuitas. Documentó sus diecinueve años de vida en América, donde pasó por diversos estados emocionales. Escribió y dibujó todo lo que pudo recordar desde su destierro en Bohemia, aunque obviamente desde la melancolía del exilio. Pero la llegada fue de los pasajes más felices. Al describir el trazado regular de Buenos Aires, señala que

[e]s en todo el territorio de Paraquaria la más grande y más notable ciudad, mayor que Praga en Bohemia pero no tan magnífica, aunque más ordenada pues las calles son rectas como a cordel de modo que desde la plaza puede mirarse hasta la campaña y desde esta hasta la plaza sin obstáculo. (2010, p. 95)

También se refiere al muy pocas veces descripto ejido de la ciudad, que sin duda era importante en la conformación del espacio. La historiografía basada en mapas urbanos solo muestra la división de manzanas y parcelas a los fines de ubicar los repartimientos, y la ciudad era mucho más que eso. Del ejido, Paucke expresa:

Los huertos que son cultivados al lado de la ciudad están cercados a ambos lados de la calle no por cercos o paredes sino por vegetales indios que son llamados cardones en modo espeso y en orden parejo de manera que ni la gente ni el ganado pueden penetrar por entre ellos al huerto. (Ibídem)

Aún no había aparecido el alambrado y la solución era la que adoptaban los naturales de la región pampeana, es decir, de cercos vivos de plantas espinosas y enmarañadas. El padre Paucke continúa más adelante escribiendo que

[e]n estos [huertos] hay pequeñas construcciones pero en figura y modo de palacetes levantados por albañilería que están rodeados por muros en que hay en su derredor unas pequeñas aberturas cuadradas en que anidan las palomas. En estos huertos se encuentran también murallitas cuadradas en construcción baja que cubiertas arriba por un tejido de alambre sirven para vivienda a los conejos a que [los españoles] son más afectos que a las liebres y que se sirven generalmente en las comidas. (Ibídem)

Volviendo al trazado urbano, el padre Paucke manifiesta que “[n]inguna de las calles de la ciudad está pavimentada de piedra; el piso es de pura arena; desparejo al fin de la ciudad y lleno de pozos que la lluvia ha excavado pero las calles son anchas” (ibídem). Recordemos que, si bien esto lo escribió en el exilio, lo vio seguramente cuando llegó, en 1749. Continúa haciendo especial referencia a la Plaza Mayor y su entorno, y expresa:

La ciudad posee una plaza mucho mayor de las que vi en Viena; ella se halla in cuadro. El costado que mira hacia el Silberfluss [Río de la Plata] tiene altas recovas (o glorietas). En el centro se halla con una alta torre el Cabildo cubierto de latón blanco; al lado izquierdo está la residencia obispal, a cuyo lado se encuentra la iglesia catedral con dos torres que tienen unas puntas en ladrillos. Frente al Cabildo está el fuerte al que se entra desde la plaza, rodeado por trincheras también frente a la plaza y hay plantadas seis piezas [de artillería] contra la plaza y el cabildo. Todo el fuerte está provisto en su derredor con piezas metálicas [de artillería] tanto en el frente como a espaldas y ambos lados. En este fuerte está la residencia del gubernator, que él debe habitar; tiene ahí adentro su cuerpo de guardia de treinta hombres de a pie y dieciséis hombres de a caballo. (Ibídem)

Al mencionar la recova, no se refiere a la que dividió la plaza, sino quizás a aquella anterior arquería de madera de dos pisos levantada para los festejos por la coronación de Carlos III en 1760 (Gutiérrez y Bergman, 1995). Por su parte, la planta del cabildo que se conserva en el Archivo General de Indias (AGI) fue un proyecto del hermano Giovanni Battista Prímoli de 1719, luego apenas modificado (Figura 6). Como señala Cattaneo, el otro italiano, Giovanni Andrea Bianchi, desarrolla la fachada (Sobrón, 1997). En 1740 aún no contaba con el segundo piso y la torre. La planta alta se terminó un año antes de la llegada del padre Paucke y durante los siguientes años se concluyó el balcón y la torre con reloj que el padre Paucke verá al partir al exilio, pues fue agregada en 1765. La catedral, con las torres aquí señaladas, se había comenzado a construir bajo el obispado de fray Pedro Fajardo y la fachada proyectada por el hermano Bianchi fue enviada a la Corona por el arcediano de la Catedral, Dr. Marcos Rodríguez de Figueroa. Se conserva en el AGI y fue publicada por primera vez por Enrique Peña (1910) (Figura 7). Los arquitectos intervinientes, según infiere Torre Revelo (1944), con base en la descripción del padre Cattaneo, fueron Prímoli y Bianchi. Efectivamente, Cattaneo escribe sobre los “dos hermanos italianos, el uno insigne arquitecto y el otro excelente maestro mayor” que, entre otras obras “fabricaron además a petición del señor Obispo la fachada de la Catedral, con dos campanarios al lado que la hacen bastante majestuosa” (Buschiazzo, 1941, p. 39). Pero el padre Dalmacio Sobrón (1997) se lo adjudica al hermano Bianchi, fundando la afirmación de Torre Revelo.


Figura 6: Planta del Cabildo de Buenos Aires realizada por el arquitecto Prímoli. Fuente: Archivo General de Indias, Sevilla, Charcas 221.


Figura 7: Fachada de la Catedral de Buenos Aires trazada por el hermano Bianchi. Fuente: Archivo General de Indias, Sevilla, Charcas 378.

Además, Paucke relata cómo eran sus casas:

Las habitaciones están bien adornadas en el interior y espaciosas, se hallan pocas ventanas de vidrio o ninguna; todas están abiertas durante el día pero a la noche se cierran mediante postigos de madera. Por lo común, sus casas son de un piso y muy pocas de dos, la mayoría de ladrillos, de un buen aspecto exterior pero en el interior tienen por lo común un patio limpio y aseado que está cerrado por una o dos partes de la casa. Los techos tienen tejas chatas o están provistos arriba con una azotea para que en el verano se pueda tomar con la mayor comodidad el aire fresco arriba sobre la casa. (2010, p. 95)

En cuanto a las iglesias y conventos, expresa que había diez iglesias, de las que le llaman la atención las cúpulas y ventanas, pues en España había pasado por iglesias a las que la luz solo entraba por la puerta. A la hora de describir los inmuebles de los jesuitas, primero Paucke señala la iglesia, el colegio y sus patios:

Hay también un Collegium edificado con dos pisos, tiene en el centro un jardín al cual cierra por tres partes el Collegium pero por la cuarta parte, la iglesia. Este Collegium tiene al otro lado un patio al que dan sombra unos grandes olivos bajo los cuales los susodichos indios tenían su campamento. (2010, p. 97)

Se detiene en el Colegio de Belén, seguramente por ser edificación reciente cuya creación y desarrollo presenció el mismo Paucke:

A más de este Collegium los jesuitas tenían una residencia que se hallaba ocupada por seis personas y fue llamada la residencia de Belén; esta residencia fue cambiada en Collegium en el tiempo en que yo estuve en Paraquaria. De inmediato, contra la residencia, ha sido edificada una casa de tres alas con una linda rotonda que constituye la iglesia, a la manera de la que en Praga, en Hradschin está enseguida de la casa condal de Czerni, pero la capilla no es tan amplia como aquella de Buenos Aires. Esta casa que asemeja a un pequeño colegio está provista de un piso con cuartos en fila y orden debidos. (Ibídem)

Continúa explicando que el objeto de la existencia de la casa era que se hicieran allí los Ejercicios Espirituales y los ejercitantes tuvieran dónde alojarse y comer sin costo. Antes se hacían en el mismo colegio, hasta que el Cabildo les otorgó a los jesuitas dos manzanas ubicadas en el ejido de la ciudad, en los Altos de San Pedro (hoy, San Telmo). El proyecto original fue encomendado al hermano Bianchi, quien no participó de la construcción. En el proceso constructivo intervino más de un arquitecto (De Paula y Tait, 1960). Este fue el último edificio donde se alojaron los jesuitas antes de su embarco al exilio y el padre Paucke estuvo allí, en alguna de las veintidós habitaciones que acompañaban el refectorio y la capilla aún existente (Levinton, 2012).

CONCLUSIONES

Cientos de jesuitas arribaron a Buenos Aires durante el siglo y medio que permanecieron en la provincia jesuítica del Paraguay. Viajaron no sin dejar sus impresiones escritas, pues a la mayoría todo le parecía exótico y extraño. Solo muy pocas personas hacían un viaje tan extenso cruzando el océano Atlántico, lo que inspiró plumas que asombran a curiosos lectores.

Pero antes de partir había que cumplir varios requisitos. A partir de entonces, comenzaban los días que para algunos terminarían en una feliz vejez, aunque para otros en un injusto exilio y, para los más desafortunados, en un martirio.

Los jesuitas del norte de Europa debían atravesar el mundo latino, descubriendo paisajes rurales y urbanos con habitantes culturalmente diferentes. Sutiles observadores, describían lo que con sus miradas plasmaban en letras. El padre Schmid escribía sobre Sevilla; el padre Paucke, sobre Málaga y Lisboa, y hasta dibujaba a sus habitantes, cuya vestimenta, amén de sus costumbres, le parecía rara y curiosa.

Llegar al río más ancho del mundo debe haber sido una experiencia asombrosamente temerosa. La flamante Montevideo es descripta por el padre Cattaneo, que la conoce con sus primeros habitantes de las Islas Canarias, al igual que Colonia del Sacramento, de la que le asombra su emplazamiento y la función misma de la ciudad. Ciertamente, Buenos Aires carecía de puerto, al igual que Montevideo, pues estaba emplazada frente a un sitio donde los barcos fondeaban y los pasajeros eran conducidos en barcos más pequeños a la orilla. Todos destacan este momento de la costumbre del recibimiento con un alto contenido en su significación social. Pero mayor sorpresa para el narrador era alcanzar el primer y emocionante contacto con los indios en el entorno de la iglesia, donde ponían en relieve sus aptitudes para el canto y la música, como redacta el padre Sepp, en un impacto que dejaba al costado la visión sobre la pobreza de la ciudad.

En ese instante, lo que más llama la atención es la carencia de murallas y la rectitud de las calles  de Buenos Aires, anchas, aunque sin pavimento, elementos que destacan justamente por ser opuestos a los que estaban acostumbrados a ver estos hombres en las ciudades medievales. Desde la plaza podían contemplar el horizonte donde terminaba la ciudad y empezaba el ejido, que tan detalladamente describe el padre Paucke.

Casas de un piso, algunas con azoteas, ventanas pequeñas para ambientes amplios, iglesias, conventos y, por cierto, el colegio y el templo jesuítico, aunque también aquel colegio de Belén o Casa de Ejercicios de los Altos de San Pedro. Todo era descripto para mostrar al lector las hazañas del viajero/misionero.

Una ciudad era el objeto cultural que se quería describir para mostrar las vidas de otras personas, a veces muy diferentes al narrador y otras veces con miradas subjetivas.

El trazado regular fue jerarquizado con una novedosa infraestructura y equipamiento urbano en cuanto a los pavimentos, arbolados y paseos que impuso la era de Carlos III, el mismo que expulsó a los jesuitas de su reino.

NOTA

1. Se respeta la grafía original de las citas textuales.

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Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo; Universidad de Buenos Aires.

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