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ARTICULO

Arquitectura de tierra de la Quebrada de Humahuaca. Interpretaciones, descripciones y categorías a lo largo de los siglos XX y XXI

Earth architecture of Quebrada de Humahuaca. Interpretations, descriptions and categories throughout the 20th and 21th centuries

Constanza Inés Tommei *

* Arquitecta y doctora en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Jefa de trabajos prácticos de la materia Morfología Urbana y Arquitectónica de la Facultad de Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA).

Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de Buenos Aires. Intendente Güiraldes 2160, Ciudad Universitaria, Pabellón III. (1428) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Email: ctommei@gmail.com

Este trabajo se formuló a partir de una parte de la tesis doctoral de la autora, que se enmarcó en el proyecto de investigación de la Universidad de Buenos Aires, secretaría de Ciencia y Técnica (UBACyT) 20020100100235 “Imágenes gráficas en la construcción del territorio. Planos y planes para la Argentina moderna” (IAA/FADU/UBA, 2011-2014) y  en el de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT) PICT 2007/2102 “Paisajes culturales y desarrollo local. Evaluación de planes, proyectos y transformaciones territoriales en la Quebrada de Humahuaca y en el camino de las estancias” (2010-2012).

RECIBIDO: 14 de enero de 2018.
ACEPTADO: 26 de marzo de 2018.


RESUMEN

¿Qué tipos de arquitecturas existen en la Quebrada de Humahuaca? Este interrogante, que lleva implícito otro acerca de cuáles tipos se quieren construir en la actualidad, fue formulado reiteradas veces a lo largo de los siglos XX y XXI. El objetivo de este trabajo es revisar las representaciones cambiantes que se realizaron de los artefactos arquitectónicos de la Quebrada de Humahuaca, dentro de las cuales el adobe tuvo gran importancia. Estas descripciones cobraron mayor interés luego de que fue declarada Patrimonio de la Humanidad la Quebrada de Humahuaca (2003), momento en que fueron identificados los objetos valorados y los que no se consideraron como bienes a resguardar. Para tal fin, se recurrió a dos estrategias teórico-metodológicas. Por un lado, se relevaron estudios sobre las construcciones de la región, identificando el contexto de producción, sus autores y a qué interrogantes respondían. Por otro, se identificaron las características materiales, morfológicas, técnicas y tipológicas de esta arquitectura.

Palabras clave: arquitectura; patrimonio; Quebrada de Humahuaca; UNESCO.

ABSTRACT

What types of architectures exist in Quebrada de Humahuaca? This question, that implies which ones are supposed to be built nowadays, was formulated several times throughout the 19th and 21th centuries. The aim of this paper is to review the changing representations accomplished about the architectural artifacts of the Quebrada de Humahuaca, within which the adobe was of great importance. These descriptions gained more interest when the Quebrada de Humahuaca was declared as a World Heritage Site (2003); at that time, both the objects valued and those that were not considered as goods to be protected, were identified. For this purpose, two theoretical-methodological strategies were used. On the one hand, studies on the constructions of the region were developed, identifying the production context, its authors and which questions they were answering. On the other hand, the material, morphological, technical and typological characteristics of this architecture were identified.

Keywords: architecture; heritage; Quebrada de Humahuaca; UNESCO.


INTRODUCCIÓN

¿Qué tipos de arquitecturas existen en la Quebrada de Humahuaca? Esta es una pregunta que se ha formulado reiteradas veces a lo largo de los siglos XX y XXI, desde perspectivas teóricas y metodológicas diferentes, y que se explicitó en el taller “¿Qué arquitectura queremos para la Quebrada de Humahuaca?”, que se dictó en el año 2006. El interrogante lleva implícita la cuestión de cómo se debe construir en esta región; de hecho, la gestión del patrimonio y la búsqueda de la autenticidad obligan a caracterizar fenómenos que son inciertos y que están atravesados por contradicciones, pues lo que está en juego son las diferentes valoraciones.

El objetivo de este trabajo es revisar las representaciones cambiantes que realizó el “saber experto” –estudiosos avalados por las instituciones en las que se inscriben– de los artefactos arquitectónicos de la Quebrada de Humahuaca (en adelante, QH). Las definiciones de ese “saber experto” cobraron mayor interés cuando la QH fue declarada Patrimonio de la Humanidad (2003), momento en el cual fueron identificados los objetos valorados y los que no se consideraron como bienes a resguardar. En relación a esto, se busca problematizar la “arquitectura patrimonial” como una construcción de larga data, en la cual los investigadores han tenido un protagonismo importante para su definición. Para tal fin, se utilizaron dos recursos teórico-metodológicos. Por un lado, se reflexionó sobre las estrategias analíticas de la historiografía, estudiando principalmente las representaciones que se realizaron de las construcciones a lo largo de los siglos XX y XXI.Por otro lado, se identificaron las características materiales, morfológicas, técnicas y tipológicas de estas construcciones.

Seis ejes problemáticos, expuestos a continuación, ordenan la lectura de este trabajo. El primero es la descripción desde la antropogeografía; el segundo, la actuación de arquitectos neocoloniales; y el tercero, las representaciones realizadas en un contexto de debates internacionales acerca de las “arquitecturas sin arquitectos” y la propuesta nacional de las “casas blancas”; en cuarto lugar, se trabajaron las propuestas del “regionalismo crítico” o de la “modernidad apropiada”; el quinto eje enmarca las investigaciones acerca de la construcción con tierra; finalmente, el último incluye los trabajos realizados en el marco de la declaratoria de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura  (UNESCO, sus siglas en inglés), que busca conservar bienes culturales para las generaciones futuras.

LA CONSTRUCCIÓN DE LA ARQUITECTURA PATRIMONIAL

Desde comienzos del siglo XX, viajeros, naturalistas, académicos, profesionales y patrimonialistas, entre otros, fueron definiendo, redefiniendo e institucionalizando los tipos arquitectónicos de la QH, de la Puna y del NOA, según diferentes perspectivas. Por ejemplo, Daniel Cerri (1903, en Tomasi, 2010, p. 109) describió las construcciones del norte argentino como de “míseras habitaciones”. El arqueólogo Eric Boman (1991 [1908], p. 429) observó las viviendas del norte del país y las definió como “rectangulares, casi todas de las mismas dimensiones, alrededor de 6 m de largo por 3 m de ancho, edificadas de adobes [...]. El techo de paja [...] está soportado por una cimera a dos aguas”. Más de veinte años después de los primeros viajeros, Luciano Catalano, especializado en geología, mineralogía y física, realizó viajes financiado por la Dirección General de Minería, Geología e Hidrología de la Nación; continuó en la misma línea que sus antecesores y agregó que estos “míseros ranchos de adobe o simples pircas de piedra [...] carecen de todo lo que pudiera llamarse la menor comodidad y [sus habitantes] viven en la más absoluta carencia de higiene” (Catalano, 1930, en Tomasi 2010, p. 111). Los relatos de viajeros han dejado asentados los primeros antecedentes sobre los cuales el “saber experto” ha trabajado y definido esta edilicia norteña. En los siguientes ejes problemáticos se analizará esta construcción en la definición de la arquitectura norteña patrimonial.

APORTES DE LA ANTROPOGEOGRAFÍA

La mirada antropogeográfica surgió dentro de la búsqueda de identidad nacional en la década de 1920. En ese marco, el interés estaba puesto en las viviendas como resultado de la articulación del hombre y el medio, y de las regiones nacionales identificadas a raíz de estos análisis. Felix Outes, director del Museo Etnográfico, entendía que los factores geográficos influían sobre la vida de los pueblos (Barros, 2001) y encomendó al Departamento de Antropogeografía de la Universidad de Buenos Aires reunir información sobre “la habitación natural, […] sus construcciones accesorias, y […] la geografía de la alimentación” (Outes, 1931, en Barros, 2001, p. 32). Desde ese enfoque, Romualdo Ardissone, adscripto de Outes, realizó en la década de 1930 un análisis en la Provincia de Jujuy, en el cual vinculó las características económicas y naturales del lugar y los modos constructivos.

Con esta perspectiva, se describía la arquitectura de la región como “pobre, pequeña y de caracteres que hacen pensar casi en una producción natural”, construida con piedras unidas con barro o adobe (Ardissone, 1937, p. 350). Décadas después, Chiozza y De Aparicio (1961, p. 521) definieron el rancho como “una vivienda de planta rectangular, cubierta por un techo a dos aguas y construida con los elementos del lugar”. Si bien reconocieron que los ranchos presentaban algunas diferencias en las distintas regiones del país, los techos a dos aguas, las pocas y reducidas aberturas y los materiales como paja, ramas y barro, no correspondían a una única región. La mirada desde la antropogeografía se basó en la relación del medio y las construcciones naturales que hicieron sus habitantes, definiendo sobre esta base diferentes regiones dentro del territorio nacional.

EL SABOR PREHISPÁNICO DE LA ARQUITECTURA COLONIAL

Entre las décadas de 1920 y 1940, los arquitectos e ingenieros buscaron en las tipologías religiosas con sabor prehispánico las esencias y raíces nacionales. Esa búsqueda de valores identitarios tomó forma dentro del movimiento de “restauración nacional”, también llamado “movimiento neocolonial” o “renacimiento colonial” (Gutiérrez, 1978) liderado por Ricardo Rojas, con la participación de arquitectos como Martín Noel y Ángel Guido, que proponían una edificación capaz de recuperar “el más puro sabor hispano-americano” (Noel, 1939, p. 8). El turismo nacional y el patriotismo de ese período se vieron fuertemente vinculados. Las obras coloniales, en su fusión con la herencia prehispánica, eran visualizadas como productos americanos (Ballent, 2003).

En ese contexto, la ANBA publicó, desde 1938, la serie Documentos de Arte Argentino, bajo la dirección de Martín Noel. Los primeros tomos de estos documentos fueron dedicados al norte argentino, la “cuna de la patria”. En el Cuaderno III se presentaron los “principales testimonios” de la arquitectura religiosa de Purmamarca, Humahuaca, Huacalera, Tilcara y Maimará (Figura 1). Se admiraron las “hurañas iglesuchas” por su rusticidad y por su “maridaje de lo religioso español con el panteísmo quichua” (ANBA, 1940, p. 7). “La herencia prehispánica no era reconocida en su especificidad, sino en su capacidad de `fusionarse´ con lo español, para crear un producto americano” (Ballent, 2003, pp. 16-17). Asimismo, vale destacar la tarea de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos (CNMMyLH), la cual declaró varios edificios como Monumentos Históricos Nacionales, entre ellos, las capillas de Purmamarca, Huacalera, Tumbaya y Abra Pampa, y las iglesias de Humahuaca, Tilcara, Uquía y Yavi (Decreto N° 95.687/1941). Estas valoraciones contribuyeron a la construcción de la imagen de la nación y del noroeste argentino, así como a la organización de las agendas del patrimonio histórico nacional.


Figura 1A: Ubicación de los bienes identificados con valor patrimonial, según definición la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA) y la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos (CNMMyLH). B y C: Imágenes del Cuaderno III de la ANBA. Fuente: Noel, 1940, Decreto Nº 95.687/1941; y Jujuy 2015, Dirección Provincial de Estadística y Censos (DIPEC).

ARQUITECTURA SIN ARQUITECTOS Y CASAS BLANCAS

Architecture with out architects es el nombre bajo el cual Bernard Rudofsky exhibió en 1964 su exposición fotográfica de arquitectura anónima en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Como parte de la exposición, y a modo de catálogo, se publicó un texto con el mismo nombre y con el subtítulo Una pequeña introducción a la arquitectura sin pedigree. En ese clima, se realizó una reunión que retumbó en varios rincones a través de la Carta de Venecia (1964), que ponía en discusión el patrimonio e incorporaba la idea de sitios urbanos. En la Argentina, este interés estaba en consonancia con la corriente de arquitectura blanca o casas blancas, que buscaba reivindicar los valores regionalistas teniendo en cuenta las tradiciones constructivas y “la espacialidad de las construcciones autóctonas” (Prévôt-Schapira 2009, p. 103). En ese escenario, las obras del noroeste argentino fueron objeto de análisis y “fuente de renovación conceptual y estética” (Tomasi, 2011a, p. 77).

En este marco, se publicó el texto Tipos predominantes de vivienda natural en la República Argentina (Instituto de la Vivienda de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo [FADU], 1969), trabajo de recopilación y sistematización de investigaciones pasadas, sesgadas por los análisis hechos desde la antropogeografía. Asimismo, la revista Nuestra Arquitectura publicó la serie de Edificios de Interés Histórico y Artístico Construidos en Nuestro País durante la Dominación Española, bajo la dirección de Rafael Iglesias y Federico Ortiz. En particular, Nicolini (1964b) trabajó sobre El poblado y la iglesia de Purmamarca en Jujuy, Argentina, único caso estudiado de la QH. Posteriormente, en 1984, volvió a publicar un texto acerca del norte, que consideraba construcciones de “conmovedora fidelidad a sus propias raíces y una segura e insensible manera de incorporar las innovaciones sin perturbar la unidad y la continuidad históricas” (Nicolini, 1984, p. 72). El libro Arquitectura en el altiplano jujeño ponderó esas edificaciones hechas con los recursos naturales del lugar, “espontáneas, realizadas por los usuarios y no por técnicos especializados” (Asencio, Iglesia y Schenone, 1974, p. 30). En clave similar, en el texto Historia general del arte en la Argentina se explicó que la precariedad y el aislamiento llevaron a una “auténtica estética de pobreza, de notable mérito, si se tienen en cuenta los resultados plásticos conseguidos mediante el acertado uso de los modestos materiales” (Buschiazzo, 1982, p. 112). De este modo, se valoraban estas construcciones “improvisadas” a cargo de artesanos.

Estos estudiosos destacaron que las unidades habitacionales estaban compuestas por la vivienda, espacios alrededor y construcciones complementarias como corrales y cercos. Los patios, para la mayoría de estos autores, eran el centro de la vivienda y el verdadero lugar de la vida doméstica. Nicolini definió las edificaciones con formas simples, ángulos rectos y planta rectangular, apoyadas en la calle siempre por su lado mayor y en constante proceso de ampliación, que por la agregación de locales irá adaptando progresivamente la forma de L, U y O en torno a un patio. Este mismo autor describió el predominio de los muros de adobes y, en la parte inferior, la presencia de pirca unida con barro. Los techos en pendiente registrados fueron construidos con madera de cardón, con un manto de ramas y cubiertos con paja, mientras que en algunos casos se trataba de techos de paja con una capa de torta. Y aclaró: “no existen transiciones arquitectónicas (galerías) entre el interior y el exterior” (1964b, p. 30) (Figura 2).


Figura 2: Fotografía de Purmamarca. Fuente: (Nicolini, 1964a, pp. 36). En su epígrafe, el autor aclara: “vivienda característica del poblado…”.

En la década de 1960, Nicolini reconoció dos tipos de viviendas en Purmamarca, de acuerdo a los materiales utilizados y la forma resultante: el tipo tradicional, de piso de tierra, muros revocados a bolsa y encalados, estructura a dos aguas de algarrobo, cubierta de caña o cardón sosteniendo la torta de barro, y el tipo más moderno, que trasluce un nivel económico mayor, de piso de mosaicos, muros fratachados y pintados, y estructura de madera industrial escuadrada y cubierta de zinc a una sola agua (1964b, pp. 30 y 32, respectivamente). Dos décadas después, el mismo autor reformuló sus tipos iniciales para el valle del río Grande de Jujuy: la tradición hispánica, de techos a dos aguas, fachadas desnudas y encaladas y alguna que otra ventana; y la tradición del siglo XIX, que esconde los techos detrás de pretiles donde asoman gárgolas de zinc y cuyas fachadas tienen composiciones con pilastras “ordenando” toda su extensión y ritmando las aberturas (1984, p. 75).

En síntesis, en aquellos años se valoraba esa arquitectura natural, espontánea, con tecnologías, formas y materiales simples y del lugar, realizada por sus habitantes, sin arquitectos. Se continuó poniendo especial énfasis en las condiciones climáticas y en el medio como principal motor del diseño, en línea con los trabajos de la antropogeografía (Figuras 3 y 4).


Figura 3A: Planta de la Casa Aramayo. B: fachada norte de la Casa Aramayo. Fuente: (Nicolini, 1964b, pp. 33 y 34). En su epígrafe, el autor aclara: “Arquitecto: desconocido. Comitente: Señor Aramayo. Año: Circa 1800”.


Figura 4: Fotografías de viviendas de Purmamarca. Fuente: gentileza de A. Nicolini, década de 1960.

REGIONALISMO CRÍTICO O MODERNIDAD APROPIADA

En 1981, Kenneth Frampton definió al Regionalismo Crítico como la escuela que se propone comprender la cultura regional, condensando “el potencial artístico y crítico de una región, asimilando y reinterpretando al mismo tiempo las influencias de fuera” y revitalizando formas “devaluadas” (1998, pp. 327 y 320). En el marco de esta corriente, el foco se puso en la arquitectura diseñada por un profesional, que reinterpreta lo local y las influencias externas. Desde América Latina, distintos autores criticaron al Regionalismo Crítico por ser una “taxonomía histórica vista desde el centro” (Fernández Cox, 1988, p. 63) y propusieron otros ejes de análisis, como la “modernidad apropiada” o “hecha propia” (Fernández Cox, 1988, p. 65). En esta línea, Marina Waisman afirmó que no había que rechazar la modernidad, sino redefinirla, “pensar la modernidad acorde con los tiempos” (1990, p. 43).

Hasta entrado el siglo XXI, esta corriente no incidió en la arquitectura del norte argentino, porque allí prácticamente no existían obras de autor. Esta situación se vio fuertemente modificada tras la valoración turística y patrimonial de la QH, momento en que tanto inversores privados de diferentes lugares como agencias estatales contrataron arquitectos para diseñar y realizar infraestructura para turistas y viviendas sociales.

Respecto de las construcciones de la región de los Andes del Capricornio, Benavides Courtois y Gutiérrez (2006, p. 117) destacaron el esfuerzo de ciertos profesionales en “realizar obras que, sin desmentir su modernidad, tiendan a integrarse en aquellos paisajes consolidados”, poniendo como ejemplo la reciente arquitectura de Purmamarca. En el texto Arquitectura popular y “modernidad apropiada” en la Quebrada de Humahuaca, Argentina, se analizaron las construcciones realizadas en el siglo XXI. Destacaron allí la importación de modelos externos –por ejemplo, los barrios construidos por el Estado– que tienden “a la desarticulación por desconocimiento o desconsideración de lo cultural” (Paterlini, Villavicencio y Rega 2007, p. 368).1 En paralelo, observaron que existe un movimiento inverso, representativo de una “modernidad apropiada”. Se trata de una arquitectura apropiada que presenta características basadas en el dilema existente entre mantener, comprender o respetar lo tradicional e innovar para satisfacer la demanda del turismo.

Las principales características morfológico-espaciales aceptadas desde la mirada académica en estos textos, que no habían sido descriptas en el pasado, son el aprovechamiento de los desniveles del suelo, la selección de las visuales con generosos aventanamientos, la realización de terrazas, entrepisos y galerías, y la generación de formas blandas con “una sensación de liviandad que contrasta con la siempre maciza arquitectura lugareña” (Paterlini y otros, 2007, p. 373; Figura 5). Vale aclarar que estas obras incorporan estructuras de hormigón armado, arcos, bóvedas, cúpulas y formas orgánicas que poseen una “meditada y, valga la paradoja, prolija desprolijidad”, con terminaciones y revoques intencionalmente irregulares y pintados con colores tierra (Tomasi 2011b, pp. 165-167; Figura 6).


Figura 5: Fotografía de Purmamarca. Fuente: (Paterlini y otros, 2007).


Figura 6: “Edificio principal de un complejo de cabañas y hotel en las afueras de Purmamarca”, describe el epígrafe de esta imagen. Fuente: (Tomasi, 2011b, p. 168).

Asimismo, dentro de esta línea de análisis se sumaron voces de periodistas y arquitectos que describieron estas construcciones como “espacios diseñados con espíritu contemporáneo y lenguaje ancestral” (Grossman, 2007) y “propuestas signadas por la contemporaneidad y un delicado espíritu andino” (Campodónico, 2004). También se destacó la presencia de diseños que recuperan “la arquitectura simple de la gente de los pastores”, la cual “se incorpora al paisaje e intenta fundirse en él” (Antoráz, 2009, en Tella, 2009, p. 2; Figura 7).


Figura 7: Hotel La Comarca de Purmamarca. Fuente: (Tella, 2009).

CONSTRUCCIÓN CON TIERRA Y SUSTENTABILIDAD

Con el surgimiento de la ecología, hacia fines del siglo XX, la arquitectura con tierra (también identificada en la historiografía como “tecnología de tierra cruda”, “de tierra sin cocer”, “de adobe”, “construcciones de barro”, etc.), comenzó a tomar un nuevo impulso (Rotondaro, 2006). Los fines de estas investigaciones fueron muy variados, desde la vivienda social y económica hasta la construcción ecológica de suntuosas residencias, entre otros. Así, bajo el nombre de arquitectura vernácula, popular, natural, tradicional, rural, anónima, espontánea o primitiva, se englobaron ciertas obras diferentes a aquellas “producidas desde los ámbitos disciplinares” (Tomasi, 2011a, p. 70).

Desde la arquitectura, uno de los principales investigadores que estudió la construcción con tierra y que ha trabajado en Jujuy es Rodolfo Rotondaro, a veces en coautoría con otros investigadores (por ejemplo, Rotondaro, 1995, 2011, 2012; Rotondaro y Viñuales, 1999). Estos autores realizaron distintas experiencias de construcción con pobladores locales, partiendo de tecnologías tradicionales y proponiendo nuevas alternativas para dar mejor respuesta al clima. A estas miradas se suma la visión desde las ciencias sociales, que buscaba conocer quiénes viven y cómo se vive en esta arquitectura de tierra en la QH. Por ejemplo, Forgione (1982, 1994) realizó una descripción detallada de las viviendas y Nostro (1990) comparó las de autoconstrucción con las viviendas subsidiadas por el Programa de Viviendas Progresivas del Estado Nacional.

Los materiales utilizados son uno de los puntos más analizados por quienes están preocupados por la construcción con tierra. Rotondaro (1995) identificó dos tipos arquitectónicos para la QH: el tipo tradicional, realizado con recursos naturales y humanos locales y regionales, y el tipo urbano-industrial, que incluye la incorporación de materiales industrializados, llevando al mal uso de las técnicas y materiales en relación con las condiciones ambientales y culturales. En un texto más reciente, el mismo autor destacó tres categorías arquitectónicas en la QH: las autóctonas, caracterizadas por las prácticas tradicionales locales y la autoconstrucción; las contemporáneas, definidas por la actividad técnico-profesional de la gestión estatal privada y empresarial, con planificación y actividad proyectual previa; y los prototipos, soluciones alternativas a las dos anteriores generadas en particular por organismos estatales, organizaciones no gubernamentales (ONGs), cooperativas y entidades vecinales, mediante gestión multisectorial y multifactorial (Rotondaro, 2011, 2012). Este autor, entre sus preocupaciones, destacó cómo las arquitecturas son influenciadas entre sí, produciendo nuevas realidades.

Dentro de los estudios interesados en la construcción con tierra y en la sustentabilidad, se reconocieron una serie de transformaciones de la arquitectura de la QH. Por ejemplo, se registraron unidades habitacionales transformadas en función del trazado urbano en cuadrícula o rectilíneo, con un tratamiento diferenciado en la fachada principal (de piedra canteada, revoques cementicios, hormigón, pinturas, etc.). Además, se identificaron diseños más compactos, donde los baños y las cocinas forman parte del núcleo edificado, y nuevos espacios aterrazados poco adaptados a la topografía, sobrecimientos altos y veredas de piedra con morteros cementicios. También se destacó el incremento del uso de las chapas de zinc para las cubiertas, y tanto de papel alquitranado (ruberoil) como de papeles gruesos o plástico en las cubiertas de tierra. Las estructuras de hormigón y el uso de los bloques de hormigón fueron reconocidos en estas descripciones (Forgione, 1982; Rotondaro, 2011). Asimismo, se observó un incremento en el uso de asfaltos, cemento y cal para estabilizar bloques y cubiertas de tierra, así como las mezclas de tecnologías en un mismo edificio –por ejemplo, adobe y ladrillo común– (Rontondaro, 2012). Según Rotondaro (2011), estas transformaciones producen una desvalorización de las técnicas fundadas en tradiciones familiares y comunitarias, que impactan sobre la identidad, aunque, paradójicamente, la creciente demanda de adobes reactivó las adoberas y “la producción y comercialización de materiales y componentes constructivos con insumos naturales (adobes, caña, madera)” (Rotondaro, 2011, p. 174; Figura 8).


Figura 8: Fotografías de arquitectura de la QH. En el artículo original (Rotondaro, 2011, pp. 175, 176, 177 y 178, respectivamente) se incluyen los siguientes epígrafes: A: “Diferentes calidades constructivas y algunos procedimientos  tecnológicos híbridos. De la arquitectura vernácula a la casa urbana”. B: “Viviendas en serie. Programas estatales”. C: “La búsqueda de nuevos patrones de diseño”. D: “El impacto de la arquitectura urbano-industrial”.

A pesar de la existencia de variadas ópticas a través de las cuales se describió esta construcción natural, en todos los casos se puso especial atención a los materiales y técnicas –en particular a la persistencia de la tierra– sin descuidar la forma y la organización de estas construcciones. Los cambios en la edilicia vernácula, influenciados por los diseños y materiales de arquitecturas traídas de otros lugares, han sido temas de preocupación dentro de esta corriente de investigación.

PATRIMONIO CONSTRUIDO

José (2002a, p. 182) presentó un trabajo titulado Arquitectura de tierra: ¿una especie en extinción?, preocupado por la preservación de esta tecnología constructiva ante las nuevas obras erigidas en la QH. Allí sintetizó que la arquitectura de tierra incluye “las construcciones realizadas con tierra sin cocer como el único o el principal material empleado” y destacó que forma parte del Patrimonio de la Humanidad. En la misma línea, en el marco del taller “¿Qué arquitectura queremos para la Quebrada de Humahuaca?”, Rotondaro (2006, p. 1) aclaró que en la región una parte importante de las mismas [arquitecturas] está construida con tierra cruda, y que su origen se remonta a la historia misma del doblamiento de la Quebrada.

La valoración del patrimonio en el noroeste argentino (NOA) se viene estudiando desde la década de 1940, momento en que la CNMMyLH declaró ciertas obras como Monumentos Históricos Nacionales. Pero recién en la década de 2000, el Estado encargó a un conjunto de académicos que analizaran el patrimonio para postular ante la UNESCO a la QH como Patrimonio de la Humanidad. Para ello, se realizaron diferentes informes técnicos, como Arquitectura y tecnología en la Quebrada de Humahuaca: Transformación de los patrones tradicionales e impacto cultural (Rotondaro, 2001) y Patrimonio arquitectónico y urbanístico, en el cual se plasmó la historia urbana y arquitectónica del rosario de pequeñas poblaciones ubicadas en la QH (José 2002b, p. 2). En uno de estos informes, Rotondaro (2001) reconoció y caracterizó tres tipos de viviendas tradicionales en relación con su implantación en los terrenos. Una de ellas es denominada “periurbana”, dentro de un tejido urbano en cuadrícula, con forma en L o en U, techos a una y dos aguas, y con su frente urbanizado. Otro agrupa las “viviendas urbanas periféricas”, construcciones en terrenos sin trazado ordenador ni límites medianeros, que en algunos casos presentan el muro del frente más alto que el techo, salientes y cornisas, una mayor cantidad de ventanas, revoques y pintura solo en el frente y enchapados de piedra en el zócalo. Por último, se menciona la tipología “semiurbana en zonas agrícolas”, localizada dentro del trazado ordenador, pero con adaptaciones a la topografía del lugar (Rotondaro, 2001). Asimismo, este autor reconoció cuatro subtipos de vivienda rural de acuerdo a las formas: 1) en tira –lineal–; 2) con agrupamiento de módulos en L; 3) con agrupamiento en U; y 4) complejo con formas variadas, con mayor cantidad de habitaciones y patios que los anteriores.

Rotondaro (2001) no se limitó a la tipología doméstica tradicional, sino que también describió la arquitectura institucional, las viviendas de interés social, las de inmigrantes, las de veraneantes, los albergues y hosterías, los galpones, las acequias y los diques, entre otros tipos. Las características de la arquitectura quebradeña que se destacan de ese informe son las galerías en los patios como parte de la influencia de los tipos coloniales y la existencia de viviendas de migrantes que rediseñaron la edilicia tradicional (por ejemplo, son más compactas, incorporando el baño y la cocina, y tienen galerías o aleros generosos). Además, algunas viviendas fueron resueltas en dos plantas, mientras que algunos edificios institucionales fueron proyectados y construidos con patrones de arquitectura y tecnología más urbanos, en especial si el Estado central fue el que los construyó. Entre la infraestructura de alojamiento, se distinguieron a su vez dos tipos: los que se organizaron en una construcción preexistente, “con algunas ampliaciones y construcción de sanitarios nuevos”, y los que se construyeron desde el origen como tales, “evidentes por el diseño formal y funcional” (Rotondaro, 2001, p. 30).

Dentro de la misma línea de trabajo, José (2002b, p. 7) realizó otro informe donde destacó lo que él llamó prototipos de arquitecturas “que han ido a conformar la identidad de la Quebrada”:

- Arquitectura civil urbana, formada por habitaciones en torno a un patio.
- Arquitectura rural, con habitaciones rectangulares en forma de tira, L o U, crecimiento por agregación, galerías y cobertizos.
- Arquitectura religiosa (edificios monumentales).
- Arquitectura ferroviaria, vinculada a la construcción del ferrocarril a principios del siglo XX, lo cual introdujo nuevas formas, técnicas y materiales, como columnas de madera, tejas francesas y faldones de madera con molduras de adorno, entre otros.
- Arquitectura del ocio, que corresponde a las casas de veraneo construidas a principios del siglo XX por residentes de las grandes ciudades del país, “con una concepción distinta a la arquitectura vernácula” (por ejemplo, son más compactas y están rodeadas de parques y jardines).
- Arquitectura de tecnologías tradicionales, la vivienda en donde se vive y se trabaja, que exige hornos, molinos, habitaciones anexas, etc. (Figura 9).


Figura 9: Fotografías de la QH. A: Vista parcial de las denominadas “poblaciones virreynales”. B: Vivienda rural. C: Arquitectura ferroviaria. D: Arquitectura del ocio. Fuente: (José 2002b, pp. 4, 8, 15 y 17, respectivamente).

Sobre la base de los informes mencionados, se redactó el texto Quebrada de Humahuaca. Un itinerario cultural de 10.000 años. Propuesta para lainscripción a la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO (Fellner, 2002). Allí se indicó, entre muchos otros aspectos, lo que se consideraba como patrimonio arquitectónico, (descripto de manera muy similar a lo realizado en el informe de José, 2002b), distinguiendo la vivienda rural, los molinos y las tipologías religiosas, civiles y ferroviarias. Llama especialmente la atención que entre los bienes valorados patrimonialmente a partir de la declaratoria UNESCO se incluyen edificaciones actuales (realizada años antes de la declaratoria, dentro de las lógicas de la modernidad apropiada), con el justificativo de que conservan la tipificación y los materiales tradicionales (Fellner, 2002; Figura 10).


Figura 10: Fotografía de arquitectura de la QH. En el artículo original, se incluye el siguiente epígrafe: “Purmamarca, la arquitectura actual que conserva la tipología y los materiales”. Fuente: (Fellner, 2002, p. 105).

NOTAS DE CIERRE

En este trabajo se reflexionó sobre las estrategias analíticas de la historiografía para construir conocimiento sobre el patrimonio arquitectónico de la QH. Desde comienzos del siglo XX, viajeros, naturalistas, académicos, profesionales y patrimonialistas, entre otros, se interesaron por las construcciones de la QH. Estos estudiosos, desde diferentes perspectivas, fueron definiendo, redefiniendo e institucionalizando los tipos arquitectónicos de esta región. Así, se vislumbró que la arquitectura tradicional ha sido una construcción, a la par de la realidad, en las que el “saber experto” ha tenido un papel primordial.

Los tipos arquitectónicos analizados fueron planteados por las diferentes investigaciones como estáticos de cada momento y caracterizados desde el prisma de quien originalmente los describió. Sin embargo, en el propio recorrido de estas investigaciones, se observa que son dinámicos. Las arquitecturas y las miradas de los investigadores fueron cambiando a lo largo de los siglos XX y XXI. De hecho, dentro de las corrientes identificadas se reconocieron tres momentos relacionados con las miradas tipológicas de la región. El primero se corresponde con los estudios en la primera mitad del siglo XX, que reconocieron un único tipo de vivienda. En un segundo período, que abarca la segunda mitad del siglo XX, los investigadores establecieron dos tipos edilicios: el tradicional versus el industrial. Por último, el tercero determinó, en el marco de los informes que se realizaron con miras a la declaratoria de la QH como Patrimonio de la UNESCO, muchos más tipos y subtipos, en los que se tuvieron en cuenta los usos, las formas y los emplazamientos.

Se conoció en esta serie de estudios que existió una tensión constante entre lo tradicional y lo moderno, lo viejo y lo nuevo o lo vernáculo y lo industrial. Así, se pone en cuestión y se interroga a qué tradición se refieren los investigadores al hablar de la arquitectura “tradicional” o “vernácula” de la QH: ¿a la de los pueblos originarios del lugar, en tiempos previos a la llegada de los españoles, a las de los colonos, a las neocoloniales, a las que surgieron dentro del movimiento de la “modernidad apropiada”, diseñadas por arquitectos, o a las que han hecho los habitantes quebradeños, inclusive en las últimas décadas? De hecho, se destaca que las nuevas obras de autor se valoran por ser una síntesis de tradición y modernidad en el presente, mientras “la producción de los pobladores no es actual, sino de tiempos pretéritos que necesita [sic] ser superada y actualizada” (Tomasi, 2011b, p. 168). Lo que es seguro es que la arquitectura con tierra forma parte constitutiva del patrimonio y que el adobe es valorado en su inclusión; sin embargo, no está del todo claro quétécnicas, materiales, formas, espacialidades y diseños pueden incorporarse sin que se pierda el valor patrimonial.

Retomando la pregunta de la introducción, que cuestiona qué tipos arquitectónicos existen en la QH, se plantea a su vez quiénes quieren qué arquitectura para la zona. Los profesionales que investigaron estas construcciones fueron forjando el imaginario sobre las características distintivas de la QH y definieron cómo es su arquitectura. Desde su perspectiva, con una visión operativa plantearon qué debe conservarse y dejaron las bases de cómo debe construirse a futuro en relación a sus afirmaciones. En este escenario, los actores locales muchas veces no participaron y, si bien pueden haber sido consultados, la última palabra fue la de los expertos.

NOTAS

1. Los modelos externos fueron caracterizados con materiales y métodos constructivos ajenos, lejos de los valores culturales del lugar e inútiles con relación al clima y los agentes atmosféricos. Se agruparon en manzanas o hileras, con pequeños terrenos, sin la capacidad de agregación de la arquitectura popular, y fueron implantados en sitios que fracturan la homogeneidad de los entornos.

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Anales del IAA
Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”.
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