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Historiografía y Arquitectura Moderna en Chile: notas sobre sus paradigmas y desafíos.

Historiography and Modern Architecture in Chile: notes on its paradigms and challenges.

Horacio Torrent*

* Nacido en Argentina en 1959, es Doctor de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina (2006), Magíster en Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile (2001) y Arquitecto de la Universidad Nacional de Rosario (1985). Miembro fundador y Presidente de DoCoMoMo Chile. Investigador responsable de Fondecyt 1110494. Profesor Titular, Pontificia Universidad Católica de Chile.

Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile. Avda. El Comendador 1916, Santiago, Chile. Email: htorrent@puc.cl

RECIBIDO: 28 de agosto de 2012
ACEPTADO: 18 de septiembre de 2012


RESUMEN

El artículo examina el desarrollo de la historiografía de la arquitectura chilena y sus principales paradigmas, revisando el corpus de textos producidos en la historia de la arquitectura y el urbanismo. Aborda sus inicios en relación con la arquitectura colonial y la funcionalización operativa para la conservación patrimonial que la ha caracterizado durante el siglo XX. Establece el momento de inserción de los criterios canónicos de interpretación de la arquitectura moderna divulgados en el país por las publicaciones periódicas, así como de las alternativas críticas postmodernas y la promoción del conocimiento histórico en relación con la teoría de la arquitectura. Analiza los grandes relatos sobre la arquitectura moderna y sus principales argumentos y esquemas historiográficos. Expone los desarrollos actuales caracterizados por una mayor amplitud de los temas y argumenta a favor de una nueva historiografía que abandone la noción de influencia y de énfasis a los recursos documentales y nuevos enfoques críticos.

Palabras clave: Arquitectura; Urbanismo; Historiografía; Arquitectura moderna; Chile.

ABSTRACT

This text examines the development of the historiography of Chilean architecture and its main paradigms reviewing the corpus of texts produced in the history of architecture and urbanism. It addresses the initiation in relation to colonial architecture with the ideas of style and influence, and the operational interest to heritage conservation. It sets the moment of introduction of the canonical criteria of modern architecture through the architectural periodicals, and verifies the postmodern critiques that promoted the historical knowledge in relation with the theory of architecture. It analyzes the comprehensive histories of modern architecture and their main arguments and historiographic schemes. It exposes the current developments and research characterized by greater breadth of topics and argues for new historiography trends that abandon the notion of influence and emphasize the documentary resources and new critical approaches.

Keywords: Architecture; Urbanism; Historiography; Modern architecture; Chile.


INTRODUCCIÓN

La historiografía de la arquitectura chilena ha mantenido los principales ejes explicativos para la totalidad de la experiencia histórica de la arquitectura en el país, incluyendo a la arquitectura moderna en el mismo cauce.1 Se trata entonces de trazar el decurso de la historiografía revisando con mayor profundidad el corpus de textos producidos en la historia de la arquitectura y con referencia a sus aportes urbanos2 por la relación consustancial entre arquitectura moderna y ciudad.3 Aunque la historiografía de la arquitectura surge en el país con una fuerte aproximación a la historia del arte, incluso a nivel de método, el distanciamiento temprano permite un mayor análisis en términos disciplinares. Por el contrario, la directa relación con la teoría de la arquitectura y la funcionalización operativa para la conservación patrimonial marcan con fuerza las derivas de la investigación y la tensión explicativa de las historias contadas.

La historiografía de la arquitectura chilena desarrollada durante el siglo XX tiene momentos diferenciados de producción. Si bien existieron algunos trabajos de crónica sobre la arquitectura del pasado, el primer momento que fundó la historia de la arquitectura local se enfocó en la arquitectura colonial y tuvo su desarrollo entre 1930 y 1950. El segundo momento, hasta fines de los 70, avanzó con un enfoque similar y amplió la consideración al siglo XIX. En tanto, los criterios canónicos de interpretación de la arquitectura moderna fueron principalmente divulgados en el país por las publicaciones periódicas desde fines de los 40. El tercer momento, durante los años 80, se hizo eco de las críticas postmodernas a la arquitectura moderna y propuso una atención sin igual a la historia. El cuarto, desde mediados de los años 90, avanza en una mayor consideración de la arquitectura moderna desde enfoques más sistemáticos pero donde el caso asume preponderancia frente a los grandes relatos. Los desarrollos más actuales se presentan como un momento con predominio metodológico, de interacción entre disciplinas, de mayor escrupulosidad en las fuentes, una mayor síntesis en la interpretación y la adopción de esquemas historiográficos más críticos y menos anclados al pasado.

ESTILO Y CONTEXTO: PARADIGMAS FUNDACIONALES

El primer momento propuso establecer la historia de la arquitectura sobre bases historiográficas sólidas, asumiendo las orientaciones de la puesta en contexto geográfico y social. Uno de los primeros trabajos sistemáticos fue La arquitectura a través de la historia (Benavides, 1930). Provenía de una serie de conferencias dictadas en la Universidad de Chile y fue un primer esfuerzo de presentación de la historia de la arquitectura en un marco específico. Alfredo Benavides procuraba “desentrañar la teoría de la arquitectura, o sea, la estética arquitectónica” que estaba detrás de los períodos presentados, con el fin de “precisar una orientación que nos conduzca a encontrar el nuevo estilo, exponente lógico de la cultura actual” (1930:7). Aun siendo una obra de divulgación, anunciaba el propósito de tratar el tema “en la forma menos literaria posible”, ya que las artes en general –y la arquitectura entre ellas– eran poco conocidas “porque de su crítica y divulgación se han ocupado casi exclusivamente literatos, que por carecer de la preparación técnica necesaria no estaban capacitados para penetrar su esencia y para exponer sus características fundamentales” (1930:6).

Al mismo problema se refería Eugenio Pereira Salas (1965:11) al afirmar que “la historia del arte americano como disciplina académica y tema de investigación aparece tardíamente en el proceso de la historiografía nacional”, identificando a los escritores coloniales con la presentación de sensaciones en tono descriptivo y más tarde, con la Ilustración, el acercamiento a una actitud crítica más objetiva. Su obra, desde 1931, es quizá la que con mayor especialización y rigor atendió a la arquitectura colonial chilena (1954), e incluso a la arquitectura del siglo XIX (1956).

La necesidad de contar con una preparación técnica fue el argumento fundamental para superar el análisis impresionista y dar a las obras un papel preponderante. “El monumento construido, más que el monumento escrito, nos habla con un lenguaje claro y preciso del estado político o social, de los recursos materiales, de las condiciones raciales y de las cualidades espirituales del pueblo que lo erigió”, afirmaba Benavides (1930:7).

Una década más tarde, Benavides publicó su máxima labor histórica, La arquitectura en el Virreinato del Perú y en la Capitanía General de Chile (1941). Su esquema historiográfico cruzaba las condiciones geográficas con las sociales y políticas, haciendo hincapié en las posibilidades y limitaciones de la “materialidad de la técnica” al asumir el concepto de “influencia” como clave explicativa.

Benavides leía las obras más sobresalientes en relación contextual con los momentos culturales, los estilos como fuente de hibridación y los principales protagonistas como agentes de los cambios, concluyendo en una apertura que veía al siglo XIX como un ambiente poco propicio que ahogara las iniciativas artísticas. En su orientación, la dispersión estilística que “hacía furor” era

desde el punto de vista arquitectónico la gran desgracia de las naciones americanas. Sus ciudades crecen y se desarrollan cuando la Europa, tutor natural, modelo lógico en que tenían que inspirarse estaba en plena decadencia, decadencia que allá no es tan sensible, pues una gran parte de las ciudades estaba ya construida pero que a las ciudades americanas les imprime un sello deplorable de mal gusto. (1941:353)

Consideraba que la reacción funcionalista pondría “atajo a los desbordes” pero el predominio de la técnica racionalista imponía un corte con el pasado; y que la consideración del pasado sería la única escuela en la que se podría formar “el concepto verdadero de lo que debería ser la expresión plástica de una época”. Afirmaba así un rol claro para la historia y para la arquitectura europea en “la renovación artística del presente”.

Se fundó una historiografía que tenía como objeto de estudio a la arquitectura colonial, que empezaba a desaparecer. Este interés se inició con la obra de Roberto Dávila (1927), se amplió en la de Eduardo Secchi (1941, 1952), –cuya obra representaba “el tesonero esfuerzo en pro de esa arquitectura nuestra, sencilla y honrada” (1941:2)–; en la de Pereira Salas (como ya se ha anotado), y más tarde en la del propio Dávila (1958) que la identificaba –en comparación con el resto de América– como “sencilla, austera, parca, casi robusta y chaparra, pero en sus proporciones es de un sabor único, genuino, peculiar”. Al mismo tiempo, el interés manifestaba una imposibilidad de método que Myriam Waisberg (1978:10) anotó como “la dificultad que representa clasificar la filiación estilística de nuestra arquitectura civil”, lo que permitió algunas variaciones en el tono de interpretación pero también influyó en una mayor orientación al trabajo documental y descriptivo en detrimento de la condición explicativa.

OPERATIVIDAD Y PATRIMONIO: LA FUNCIÓN DE LA HISTORIA.

Avanzada la consideración de las arquitecturas coloniales, el segundo momento asume el relato de la instalación de los modelos académicos y del surgimiento de las arquitecturas eclécticas, donde sobresalen algunos trabajos sobre la formación (Waisberg, 1962), y sobre arquitectos del siglo XIX y principios del XX. Fue una extensa fase que amplió la consideración de temas y periodos pero cuya principal opción de método tuvo a los estilos como casillas de clasificación de las obras.

En términos historiográficos, la lectura estilística permitió el reconocimiento de un importante conjunto de obras que habían sido dejadas de lado por los prejuicios que Benavides había expuesto. La consideración del siglo XIX no desplazó a la investigación sobre la arquitectura colonial que se mantuvo como el ámbito más productivo, incluso en relación con la historia del arte (Castedo, 1970). Los trabajos tuvieron principalmente a la casa colonial como protagonista. Entre ellos se cuentan los de Raúl De Ramón (1969); Patricio Gross, Raúl Irarrázaval y Roberto San Martín (1964); Raúl Irarrázaval (1967); Hernán Rodríguez Villegas (1974); Romolo Trebbi - del - Trevigiano (1980) y Juan Benavides Courtois y equipo (1981), sobre las casas patronales.

Desde los años 50 y hasta fines de los 70 muchos de los estudios se orientaron en un sentido práctico para las declaratorias de Monumentos Nacionales que ampliaron paulatinamente el horizonte de su consideración. Desde 1952, la creación del Departamento de Historia y Teoría de la Arquitectura de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile dio pie a sistemáticos estudios de casos por medio de los trabajos monográficos realizados por profesores y estudiantes (AAVV, 1980) que configuraron una base sólida para el desarrollo de la disciplina. En palabras de Myriam Waisberg, Cecilia Jiménez y Gustavo Escalante (1983:40): “se trataba de aportar una fundamentación especializada que sustentara la ‘puesta en valor’ del patrimonio (…) estableciendo su correcta gravitación en el planeamiento urbano”.

Esta vertiente operativa de la historia tuvo orientación inicial en los trabajos de Roberto Montandón (1950 y 1952) y su estela recorre más de tres décadas de labor documentalista y valorativa. Incorporó trabajos sobre diferentes regiones del país: el norte grande (Núñez, 1984), el norte chico (Márquez de la Plata, 1979) y el sur (Montecinos et al., 1981; Anguita et al., 1980), caracterizados por el relevamiento sistemático del patrimonio. En el mismo sentido concurrieron los aportes de Gabriel Guarda sobre el Valle Central (1969), la arquitectura en madera del sur (1971), Valdivia (1980), Osorno (1981), Llanquihue (1983), Chiloé (1984), Elqui (1986), Colchagua (1988) y las fortificaciones de Chile (1990). El trabajo metódico y persistente de Waisberg y equipo (1980, 1988, 1992) sobre Valparaíso y los estudios promovidos por Hernán Montecinos (1985, 1995) sobre la escuela chilota de arquitectura en madera tuvieron como resultado más definitivo las respectivas declaratorias de Patrimonio de la Humanidad.

Si bien en este segundo momento surgieron algunas nuevas orientaciones en torno a la teoría y la crítica de arquitectura y su capacidad interpretativa (Morales, 1966) o en torno a campos temáticos como la arquitectura metálica (Palmer 1970 y 1971), en general los trabajos surgieron en continuidad con la lectura estilística, que consolidó a las ideas de influencia y de contexto como instrumental conceptual historiográfico. El sentido explicativo más frecuente indicó la tensión entre los modelos europeos y su anacrónica traslación al contexto local porque era considerado más atrasado tecnológicamente y porque promovía representaciones sociales –adjudicadas a la forma arquitectónica– que eran consideradas extrañas al medio. La producción historiográfica se mantuvo en estos cauces por un largo tiempo con grandes avances en la atención a los casos, obras y protagonistas, pero sin mayores cambios en su interpretación.

ESQUEMAS CANÓNICOS DE LA MODERNIDAD: REVISTAS Y ESTUDIANTES

Durante el transcurso de una buena parte del siglo, la presencia de la arquitectura moderna fue vista como un objeto incómodo para la historiografía local. La orientación militante en contra del pasado y la negación de la historia –propios de la arquitectura moderna– seguramente colaboraron con ello. No obstante, las alternativas que la arquitectura moderna propuso en el ambiente internacional ampliaron su reconocimiento en la cultura arquitectónica local. A partir de 1930, las revistas de arquitectura difundieron las ideas de la arquitectura moderna. La revista ARQuitectura, promovida por Enrique Gebhard y Waldo Parraguez entre 1935 y 1936, presentó en sus páginas las ponencias de Walter Gropius y Sigfried Giedion al CIAM de Frankfurt de 1929, las de Gropius y Le Corbusier al CIAM de Bruselas de 1930, así como los textos de Gropius sobre Arquitectura Funcional y de Giedion sobre Le Corbusier y la arquitectura contemporánea, claros referentes iniciales del relato canónico del Movimiento Moderno. Urbanismo y Arquitectura, de la Asociación de Arquitectos de Chile, publicó entre 1936 y 1940 algunas notas claves. En una de ellas afirmaba la importancia de las grandes estructuras industriales y los silos de hormigón armado, así como de los arquitectos que prescindieron de los “prejuicios estéticos seculares” como antecesores de la arquitectura moderna (Precursores, 1936), así como un sugestivo texto cuyo título era “Unidad, espacio y tiempo en arquitectura” (Guzmán, 1939). El Boletín del Colegio de Arquitectos se hizo eco de la importancia de situar históricamente a la arquitectura moderna, presentando las obras de Henri Sauvage, Tony Garnier y Auguste Perret (Rafols, 1945), la de Gropius (Poscher, 1945), así como definiciones de la arquitectura moderna (Raymond, 1945) o aproximaciones teóricas que ponían en secuencia histórica las formas de la composición moderna (Curtis, 1946). Arquitectura y Construcción inauguraba su presencia con un texto claro y conciso titulado “¿Qué es la arquitectura moderna?” (1945) que, proveniente de un desplegable del MoMA, replicaba los conceptos que Henry-Russell Hitchcock y Philip Johnson habían puesto en vigencia para la exposición del Estilo Internacional en 1932, lo que fue un signo de la atención a los discursos sobre la experiencia histórica de la arquitectura moderna, aunque el predominio de la noción de estilo lo acercaba a las formas del entendimiento predominante en la historiografía local.

La introducción definitiva de los cánones historiográficos modernos se realizó en el ámbito universitario. Fueron los estudiantes los que reclamaron la revisión de los contenidos de los cursos de historia y teoría con vistas a la integración de la modernidad. Las revistas de estudiantes fueron las encargadas de introducir las concepciones historiográficas canónicas del movimiento moderno. Antes de las reformas oficiales de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica, Emilio Duhart (1947) presentó el esquema historiográfico de Giedion, que había conocido en su paso por la Universidad de Harvard. El texto mostraba la secuencia histórica de la conformación de la arquitectura moderna que para el momento no era ampliamente conocida4. La exposición iniciaba a finales del siglo XIX y repasaba los principales actores de la genealogía clásica de la arquitectura moderna. Citando directamente a Giedion, revisaba los movimientos de vanguardia y la Bauhaus, haciendo énfasis en los métodos de enseñanza y en el valor del taller para alentar la capacidad creadora.

Para 1953, el Centro de Estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile publicó en sus policopiados un número monográfico sobre arquitectura moderna basado en las clases de José Ricardo Morales y en “Arquitectura orgánica y funcional” de Bruno Zevi (CEA, 1953). En las publicaciones “Nueva Visión” que realizaba el Círculo de Estudiantes Comunistas de la misma escuela se reprodujo “Sobre los problemas de la arquitectura moderna” de Anatole Kopp (1954).

La presencia de la arquitectura moderna en el marco de revistas de mayor circulación fue clave para la difusión de las ideas durante la década del 50. La postulación de los aspectos sobresalientes de la historiografía del movimiento moderno ya instalada se repetiría en varias oportunidades a lo largo del período: por ejemplo, con los maestros de la arquitectura moderna como articuladores de su unidad y coherencia (BCA, 1948) (Pomaire, 1957) o incluso con análisis sobre las obras de Richard Neutra (Wiener, 1956), Marcel Breuer (Moholy-Nagy, 1957), Le Corbusier (Hudnut, 1957) –particularmente en la India (Delafon,1951; Subercaseaux,1954)– y la introducción de la figura de Frank Lloyd Wright y el término orgánico como noción explicativa de su forma de hacer arquitectura (Wright, 1954, 1958, 1959).

En cuanto a la investigación, más tarde, la revista AUCA publicó pocos artículos, entre los que sobresale el de Osvaldo Cáceres (1968) sobre la arquitectura de Concepción, en el que reconocía diferentes períodos: antes del terremoto del 39 con influencias Art Nouveau y de la arquitectura alemana, entre el 39 y el 69, con influencias europeas primero y norteamericanas más tarde, y después del 60 con influencias de la arquitectura japonesa y las vertientes regionalistas. Si bien propuso una diacronía específica para Chile, el instrumental conceptual seguía radicado en la noción de “influencia” como problema histórico.

EL PERFUME DE LA HISTORIA: TEORÍA, TIPOLOGÍA, ESTILO

El tercer momento aparece caracterizado por un interés en la historia como fuente y material para la concepción arquitectónica y urbana propiciada por las vertientes posmodernas que se registraron en la cultura arquitectónica local entre los años 70 y 80. En el ambiente internacional, el fenómeno de la recuperación de la historia estuvo asociado a la revisión crítica de la arquitectura moderna, el retorno de los mecanismos compositivos del pasado, la noción de “lenguaje” y la arquitectura en su sentido comunicativo. Una parte importante del ambiente profesional chileno se articuló con fuerza inusitada en torno a estas ideas. La historia fue convocada como acervo disponible para una práctica de la arquitectura que mantenía un alto nivel hipotético de ejecución en un panorama bastante precario para su construcción efectiva. La poca actividad constructiva estimuló un debate teórico sobre la forma urbana tradicional y las arquitecturas históricas. El estímulo permeó en ARS, la revista del Centro de Estudios de la Arquitectura (CEDLA), fundado en marzo de 1977, que promovió el debate sistemático sobre la teoría de la arquitectura centrado en la relación entre arquitectura y ciudad y con un tono fuerte y decidido por la recuperación histórica. El número dedicado al centenario de Le Corbusier fue un amplio recuento de sus relaciones con América Latina y la reevaluación de su importancia teórica, con un aporte histórico-testimonial (Aguirre Silva, 1987; Castillo, 1987).

El concepto de tipología, tanto en su carácter atemporal como histórico, fue ampliamente difundido en el ambiente académico y profesional. Su aporte se verificó en el plano profesional con una serie de proyectos que reconocían la forma de la ciudad y su pasado, en tanto que en los estudios de historia de la arquitectura no tuvo idéntica intensidad, quedando relegado a un lugar secundario en el marco de la tradición de la lectura estilística. Aun así se produjeron algunas aproximaciones a la historia como unidad de la estructura formal del edificio y como configuradora de la forma urbana, destacando la obra de Cristián Boza y Hernán Duval (1982) sobre la arquitectura anónima de Santiago. Manuel Moreno (1977) fue pionero en la utilización de esta herramienta conceptual para la lectura de la arquitectura moderna en su trabajo de Seminario en la Universidad de Chile, en el que construyó las primeras cronologías comprensivas y sistematizó un catálogo de obras modernas en Santiago. Durante los años 80 se desarrolló una labor expansiva del registro documental de obras acompañado por lecturas visuales y tipológicas. No obstante, la mayoría de los ensayos, como los de Cristián Boza, Leonardo Castedo y Hernán Duval (1983) o los de Boza y Trebbi (1986), mantenían la aproximación estilística.

En un tiempo de interés particular por el pasado, aunque sin un proyecto teórico tan definido como el de ARS, también otras revistas asumieron la difusión de la historia de la arquitectura local. AUCA inauguró un formato que recurría a la argumentación histórica previa a la presentación de un tema monográfico. Es así como publicó algunos trabajos sobre arquitectos del siglo XIX o principios del XX (Salinas, 1980, 1981, 1982). La Revista CA, iniciada en 1968 por Colegio de Arquitectos, se orientó, desde la dirección de Jaime Márquez en 1976, a generar conciencia local por medio de artículos que se hacían cargo de la historia, a veces en un sentido testimonial (Larraín, 1977), presentando a sus protagonistas (Eliash, 1983; Prager, 1977). Allí tuvieron importancia también las visiones históricas que ligaban temas del presente con el pasado (Rodríguez, 1979, 1988). En 1980 se inició ARQ, editada por la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica, en la cual la proporción entre teoría y práctica fue una constante, que incluyó progresivamente una relación definida con la historia de la arquitectura, publicando trabajos sobre la ciudad jardín (Palmer, 1985), el centro de Santiago (Rosas, 1987), las ciudades del Salitre (Garcés, 1989) o el edificio de la COPELEC (De la Cruz, 1989), y sobre arquitectura moderna local (Eliash, 1986; Moreno, 1986). Arquitecturas del Sur publicó, desde 1983, un conjunto importante de investigaciones históricas realizadas en la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Bío-Bío sobre el patrimonio del sur del país, entre ellas la de la arquitectura moderna de Chillán (Cerda, 1983). Cerrando el ciclo, en 1990 apareció De Arquitectura, la revista de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, que partió con su primer número dedicado a la historia de la ciudad de Iquique y su patrimonio arquitectónico (Pizzi, 1989) y con su segundo número sobre la obra de Roberto Dávila Carson, maestro de la arquitectura moderna local (Ortega, 1991).

Alentado por la relación entre teoría y profesión, se inició el lento reconocimiento de la historicidad de la arquitectura moderna. No fue menor la articulación latinoamericana que fomentó el reconocimiento de las historias de las arquitecturas de la región por medio de la introducción, en el panorama local, de los esquemas historiográficos de Ramón Gutiérrez y Roberto Segre, y de Marina Waisman algo más tarde. En el mismo encuadre se consideran las visiones latinoamericanistas en el plano de la teoría, con las aproximaciones dualistas del “espíritu del tiempo” versus el “espíritu del lugar” (Browne, 1988) y las de Cristian Fernández Cox (1990) sobre las formas de apropiación de la modernidad que desplazaron las referencias desde la arquitectura moderna a la cuestión de la identidad. La relación entre práctica profesional y teoría estuvo tensionada por la creciente conciencia de la trascendencia histórica de la arquitectura y su relación con la ciudad, aunque la arquitectura moderna tuvo un rol tangencial en la corriente historiográfica que se revirtió recién sobre el final de la década del 80.

ARQUITECTURA MODERNA EN CHILE: GRANDES RELATOS

Hasta mediados de la década del 80, la historia de la arquitectura moderna chilena había sido objeto de muy pocos relatos panorámicos. Tal vez el más importante fue el de Ricardo Braun Menéndez (1962) sobre Bresciani, Valdés, Castillo, Huidobro, publicado por el Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas Mario J. Buschiazzo de la Universidad de Buenos Aires, en la serie de monografías que promovió Mario J. Buschiazzo. Su esquema sostenía una genealogía que, poniendo de relieve el problema de la geografía y el sismo, caracterizaba la simpleza de la arquitectura colonial, el aporte de los jesuitas, el de Joaquín Toesca en la obra pública, el de los arquitectos franceses durante el XIX y el despliegue de los estilos que provocaron que “una vez que las influencias extranjeras cobraron fuerza y rompieron totalmente con los restos del pasado, la decadencia de la arquitectura se aceleró”. Anotaba el mantenimiento de dos corrientes arquitectónicas: “la que se desenvuelve dentro del formalismo de los estilos” y la que “pretende realizar una arquitectura moderna, actual, consecuente con las circunstancias de todo orden que la determinan y a las que debe una respuesta”. Más adelante presentaba a los “pioneros del movimiento moderno en Chile” y cerraba el recurso a la historia de la arquitectura con la creación del estudio de estos arquitectos cuando “era todavía la edad heroica de la lucha contra el anacronismo y la rutina”, manifestando que “el resto es historia rigurosamente contemporánea, y nos muestra el triunfo de la capacidad y la honestidad profesional puestas al servicio de un país en plena marcha”. El texto era por demás de explícito, siguiendo la historiografía de la arquitectura moderna con la sola excepción de la transposición que asignaba la decadencia no al eclecticismo per se –como lo hacían los principales arquitectos modernos en los años 20– sino por su proveniencia extranjera. Esta trasposición, que para el inicio de los años 60 parece una mixtura poco sutil entre nacionalismo y discurso heroico de la modernidad, se convertiría posteriormente en uno de los argumentos ideológicos de la historiografía latinoamericanista.

Otro de los textos iniciales fue el que Rafael Méndez (1970) publicó en Hogar y Arquitectura de España, en el que destacaba la poca tradición de arquitecturas perdurables, y situaba “el punto de partida para seguir el posterior desarrollo de la actual arquitectura” en las obras realizadas para el Centenario de la Independencia. A partir de allí proponía una secuencia de obras demostrativas de la inserción paulatina de la modernidad. Sus comentarios críticos adjudicaban responsabilidad al “International Style”, que “en su afán renovador e iconoclasta, hizo desaparecer de gran parte de la arquitectura chilena los últimos rasgos vernaculares”, pero asumían categorías externas –como corbusiana o brutalista–, que referenciaban las obras locales a los paradigmas de la arquitectura moderna. La tarea pendiente para la arquitectura chilena, que se derivaba de la secuencia histórica radicaba en “la búsqueda de una expresión más propia en que se recuperen los valores perdidos a la moda o el afán europeizante”, un colofón que parecía impostado a la luz de las obras que se mostraban.

En 1974, Osvaldo Cáceres –en circunstancias de su detención en la Cárcel de Concepción5– enfrentó la tarea de construir uno de los primeros grandes relatos de la historia de la arquitectura chilena, con un predominio significativo de la arquitectura moderna en su desarrollo. Cáceres (1974 y 2007) aplicó el esquema conocido para la arquitectura colonial, para hacer énfasis en la consolidación del estado nacional y su representación por medio de la arquitectura. Innovó en la periodización para la arquitectura moderna local pero introdujo siempre los avances locales con la presentación de la arquitectura europea del siglo XX y sus principales protagonistas siguiendo la historiografía canónica. El panorama de la arquitectura moderna chilena aparecía de manera exhaustiva con obras y arquitectos locales, dibujadas por el autor, estableciendo una relación entre la experiencia profesional y el análisis de las obras.

La necesidad de un relato general que diera cuenta de la experiencia de la arquitectura durante el siglo XX se hizo presente cuando la relación entre historia, teoría y práctica se fortaleció durante los años 80, con un soporte de investigación formal y sistemática. Esa fue la tarea que Humberto Eliash y Manuel Moreno llevaron a cabo durante la década. Tal como lo mencionaron,

el origen y desarrollo de la arquitectura moderna en Chile aparece a las nuevas generaciones como una serie de hechos difusos, discontinuo, y desconectados al acontecer arquitectónico actual. La falta de información y crítica, junto a la crónica tendencia a respaldar la evolución en acontecimientos exógenos a nuestra realidad antes que en la propia reflexión histórica, explican de algún modo este vacío. (1985:2)

El momento que la arquitectura chilena vivía en los 80 parecía demandar una narrativa de continuidad que ordenara los hechos y los expusiera en clave de situación local. Los autores afirmaban también que la forma del conocimiento histórico local estaba fuertemente basada en la transmisión oral y acrítica de la información, lo que impedía “una elaboración histórica objetiva”.

Respecto al inicio de la modernidad, se declaraba directamente que “nuestra interpretación es que más bien llegó como equipaje de las elites culturales que años antes habían viajado y permanecido en Europa impregnándose del esprit nouveau y del Zeitgeist, que abrían nuevas fronteras del arte y la cultura…” La mayor originalidad estuvo en la lectura que proponía de “imagen y originalidad” –para la arquitectura moderna– versus “tipo y continuidad”, aspirada por la arquitectura del momento. Si bien se pretendía una elaboración objetiva y la explicación de los hechos respaldada en la realidad local, el marco historiográfico parecía no estar todavía lo suficientemente maduro como para permitir una mayor atención a las formas particulares y diferenciadas que la arquitectura moderna asumió en Chile.

Eliash y Moreno publicaron más tarde Arquitectura y modernidad en Chile 1925-1965. Una realidad múltiple (1989), trabajo pionero que concentró la mayor cantidad de información, principalmente gráfica, y compiló materiales inéditos sobre entrevistas e investigación de base documental que han resultado claves para la producción historiográfica posterior. Partían de una observación muy explícita: “Nuestra pobreza historiográfica en arquitectura del siglo XX es tal, que un tema como el trabajo sistemático y documentado de 50 años de arquitectura nacional, que en otro país sería casi una generalidad, aquí se convierte en un tema específico de nuestra cultura” (1989:13).

Su aproximación historiográfica reveló la consideración casi monolítica de la arquitectura moderna como fenómeno extranjero y su llegada a Chile, la lectura de las arquitecturas paralelas que ratificaba su proximidad estilística, la constitución de una galería de maestros y la reproducción en la lectura local de algunos temas y problemas que provenían de la arquitectura moderna internacional.

El trabajo se situó en un campo claro de relaciones: “que desde la especificidad de la arquitectura, intente ligar tendencias con su contexto social, cultural y político” (1989: 14), con la intención de reconstruir el período de cuarenta años para “explicar lo que resta del siglo XX”. La introducción rechazaba las representaciones simplificadoras entre arquitectura y modernidad, que “estaría dada en la mayor o menor coincidencia entre las obras nacionales y los modelos de arquitectura moderna europea o norteamericana” (1989:15). Anunciaba también la incorporación de “todas las expresiones y caminos que se transitaron entre 1925 y 1965” y, con ello, la consideración de obras de arquitectura “que no se destacan ni por su originalidad ni por su excelencia de diseño, permiten revisar las diferentes motivaciones y valores que finalmente trascienden a la sociedad en general”, lo que establecía una opción historiográfica amplia y superadora de las lecturas tradicionales pero que aparecía en clara contradicción con la lectura de las obras “manifiesto”, a las que se consideraba por su “perfecto correlato con su modelo original pero desajustados con su contexto físico y cultural”.

El libro proponía una lectura cronológica de base, con acercamientos temáticos específicos para las diferentes fases consideradas. Una primera fase presentó “los escenarios del cambio”, constituidos por el ambiente profesional e ideológico, marcado por los impactos de los terremotos de Talca en 1928 y Chillán en 1939, e identificado por las principales obras que reproducían los modelos extranjeros y superaban el eclecticismo previo. La segunda fase atendió al supuesto tránsito entre la “modernidad importada” y la “apropiación de la modernidad”, elaboración en base a causas y efectos, que presume la existencia de una vanguardia local que repitió o reflejó modelos y que admite a priori que “la importación de ideas foráneas se da con frecuencia” y que “quienes han tenido un contacto más superficial con las fuentes originales son los que más se sienten obligados a legitimar la obra propia con la copia” (1989:56). Según los autores, en torno a algún momento no claramente precisado del período, se habría iniciado la búsqueda de un camino propio. El esquema historiográfico atiende entonces a la explicitación de “Influencias y tendencias” (como se titula el acápite que inicia en la página 58), revisando la presencia de diferentes estilos, el influjo aparentemente dominante de Le Corbusier, los aportes metodológicos de la Bauhaus y la modernización integral que representaría Norteamérica. Continuaba con la hipótesis acerca de las “arquitecturas paralelas” como coexistencia temporal de dos tendencias aparentemente enfrentadas pero resumidas en un pragmatismo profesional del cual el texto no termina de dar cuenta y cuya explicación estaría en el “gusto”. Sin despreciar los contenidos desarrollados en torno a esta hipótesis, la opción historiográfica estaba basada en las consideraciones visivas de la arquitectura, sin referencia al sistema de producción del ambiente construido. La revisión de la importancia de la experiencia del estado es claramente un aporte, aunque por momentos retoma la estructura basada en las influencias –especialmente en relación a lo que se denomina urbanismo CIAM–, así como la atención a los mecanismo reguladores en la arquitectura moderna parece francamente sugerente pero su atención a la consideración reiterativa del modelo retorna la argumentación explicativa a la cuestión de la importación y la copia.

Destacando su valor en tanto primera versión panorámica e incluso la aproximación de los últimos apartados citados, la revisión da cuenta de que el paradigma historiográfico que está detrás de esta producción está abiertamente definido en torno a las estructuras que fueron más habituales de la conformación de la historiografía de la arquitectura moderna: un discurso fundado en la consideración estilística, guiado por una secuencia temporal que se va jalonando por hechos o sucesos significativos que se suponen relacionados con la producción de obras de arquitectura.

Los más recientes trabajos panorámicos todavía muestran la persistencia de los esquemas historiográficos tradicionales. La obra de Fuentes presenta una cronología profusa y fundamentada por un compendio de casos documentados que inicia a fines del siglo XIX y avanza hasta 1929. Constituye una construcción en secuencia sobre un esquema ya usado en el ambiente latinoamericano para situar movimientos y orientaciones arquitectónicas dispares como un trasfondo homogéneo capaz de anticipar la modernidad: eclecticismo historicista, Art Nouveau, restauración nacionalista (término probablemente importado de la historiografía argentina) y el Art Déco como “preámbulo formal a la arquitectura moderna que se desarrolló en Chile a partir de 1929” (2009:20). Se sobreentiende que hay fenómenos decisivos en el surgimiento de la modernidad en Chile, un contexto social y económico que lo antecede y condiciona como si todo fenómeno antecedente estuviera naturalmente vinculado a lo que vino después, sin reconocer la capacidad de corte que la voluntad humana puede poner de manifiesto en algunos momentos de la historia, y sobre todo, la modernidad y su ambición de corte con el pasado. El esquema tradicional de “arquitectura académica” versus “antiacademicismo” está presente en el trasfondo, así como la paulatina instalación de la modernidad, verificada también en el urbanismo y situada “como un ideal que aspira a la modificación racional del escenario urbano y social”.

Es sintomático que los grandes relatos mantengan un esquema todavía atado a historiografía tradicional –de cuño moderno o latinoamericanista–, probablemente por su casi constante vinculación con una intención explicativa de los desarrollos más actuales de la arquitectura chilena.

TIEMPOS RECIENTES: INVESTIGACIÓN Y DOCUMENTACIÓN

Desde la década del 90, el esfuerzo ha estado centrado en la apertura de temas y en la construcción del acervo documental, aunque han sido pocos los enfoques interpretativos que asumieron el desafío de quebrar las orientaciones más persistentes y tradicionales. Hugo Mondragón (2010:55) ha destacado que “el trabajo del investigador en arquitectura moderna sigue estando fuertemente atado a la imagen del constructor de archivos y catálogos, mientras la dimensión interpretativa –que es propia de los trabajos históricos– ha permanecido ausente por descuido o porque simplemente es considerada poco relevante”.

Hasta los años 90, los trabajos monográficos sobre arquitectura moderna habían sido muy pocos y mayormente orientados a la construcción de catálogos de obras y testimonios de los principales protagonistas como los de Juan Martínez (Miranda, 1977), Rodulfo Oyarzún (AA.VV, 1988) y Sergio Larraín (Boza, 1990), los premios nacionales a maestros de la arquitectura (Muñoz, 1985 y 2000), o sobre obras paradigmáticas como el Monasterio Benedictino de Las Condes –relacionado a su declaración como monumento histórico– (Gross y Vial, 1988), e incluso sobre entornos urbanos como el de Alejandro Cerda (1990) sobre la arquitectura moderna de Chillán.

Las monografías de la Editorial ARQ asumieron también bajo el mismo esquema del catálogo una mayor profundidad teórica e histórica en sus introducciones, como las publicadas sobre Emilio Duhart (Montealegre, 1994), Jorge Aguirre Silva (Jünneman, 1996), Mario Pérez de Arce (Rodríguez, 1994) y Bresciani-Valdés-Castillo-Huidobro (Pérez Oyarzún, 2006), entre otras. Su mayor logro está efectivamente en el campo documental al poner a disposición dibujos originales y fotografías tempranas de las obras y sus detalles. Han alimentado paulatinamente una cultura crítica que mantiene como característica primordial la relación de la historia y la teoría con la actividad proyectual. En sentido equivalente, la oportunidad de reflexión representada por el centenario de la enseñanza de la arquitectura en la Universidad Católica convocó una amplia variación de enfoques para dar cuenta de las diferentes etapas e intereses académicos (Strabucchi, 1994).

Un esfuerzo similar se registró en la consideración de la historia del urbanismo. Algunos trabajos propusieron una ajustada cronología sobre los intentos de planificación y diseño urbanos (Munizaga, 1980), en tanto la mayoría repetía las características de los enfoques tradicionales, haciendo énfasis en la importación de ideas y en la aplicación de técnicas urbanísticas que habían tenido desarrollo en otros lugares. Gross desarrolló una aproximación a la historia de los planes urbanos de Santiago siguiendo “los modelos de ciudad, explícitos o implícitos en las propuestas, junto a concepciones urbanísticas que se descubren tras sus autores” (1989:305), un enfoque que ha tenido desarrollos más recientes (Rosas y Pérez, 2002). El esfuerzo documental en el registro de las transformaciones urbanas ha sido menor, y sin duda no supera los realizados en décadas anteriores como el trabajo sobre el centro de Santiago realizado por José Rosas (1986), los correspondientes a la ciudad Jardín de Montserrat Palmer (1984, 1987), o los de Eugenio Garcés Feliú sobre las ciudades del salitre (1988, 1999) y los campamentos del cobre (2007).

Los trabajos sistemáticos de María Isabel Pavez (1992 y 2009) sobre la institucionalización del urbanismo han sido centrales para el avance en el conocimiento, así como los de Alberto Gurovich (1996, 2010) y Jonás Figueroa (2010) sobre las propuestas de Kart Brünner, o los de Pavez sobre la temprana modernidad del urbanismo (2010) y Luis Muñoz Maluschka (2012), así como los de Fernando Pérez Oyarzún (1987), y Pedro Bannen, Fernando Pérez Oyarzún y Claudio Vásquez (2009) sobre la frustrada visita de Le Corbusier, que resultan fundamentales para comprender el desarrollo de las ideas urbanísticas durante el siglo XX. En el mismo encuadre se consideran los trabajos de Raposo sobre los organismos de desarrollo de la vivienda –CORVI (2001)– y del proyecto urbano CORMU (Raposo y Valencia, 2005) durante la segunda mitad del siglo XX.

En este campo con relativamente pocos trabajos, los paradigmas interpretativos tienen una fuerte permanencia, que en parte ha reiterado la aplicación de métodos y formas de la planificación y el diseño urbano en relación a los de la experiencia internacional, con poco énfasis en la diferencia entre modelos y realizaciones locales. La ciudad de Santiago ha sido el campo de investigación privilegiado para situar el desarrollo del instrumental planificador a nivel urbano (Bannen, 1995), con excepción de algunos trabajos sobre La Serena (Torrent, 2006), Viña del Mar (Cortés, 2010) y trabajos fragmentarios sobre Valparaíso y Concepción.

En el campo más específico de la historia de la arquitectura, la década del 90 propuso una tarea sistemática de investigación de la modernidad que tuvo lugar en sedes académicas, principalmente en el desarrollo de seminarios de investigación en la Universidad de Chile y en la Universidad Católica desde 1996, así como en las tesis de los programas de magíster y doctorado. Son varias las tesis recientes que han abierto nuevos frentes historiográficos y nuevos horizontes interpretativos. Ellas intentan superar los tópicos habituales de la interpretación de la cultura de la periferia, las tradicionales referencias a la llegada de la arquitectura moderna o a las formas de apropiación basadas en modelos internacionales de referencias, para centrarse en las condiciones de producción de la arquitectura moderna en sede local. Constituyen una serie de trabajos que muestra una mayor complejidad en la construcción de las narrativas históricas y una consideración multifocal, con enfoques alternativos y complementarios, que orienta una mayor riqueza en la consideración de la arquitectura moderna y la complejidad de su instalación y desarrollo. La revisión de casos de obras paradigmáticas como la Estación de Biología Marina de Montemar (Atria, 2008), el Hogar Parque Cousiño de la Defensa de la Raza (Vera, 2010), la Universidad Técnica del Estado (Jara, 2009) o la Unidad Vecinal Portales (Bonomo, 2009) ha propuesto una mayor trascendencia respecto de la obra para acercarse a las formas de pensar el diseño, las consideraciones programáticas, las relaciones con el paisaje o con la técnica, o la dimensión de la escala urbana.

Se ha hecho presente una mayor amplitud temática, y su inclusión en series conceptuales más específicas. Andrés Téllez y Cristóbal Molina (2009) han enfrentado la lectura tipológica de los edificios residenciales modernos construidos en Santiago; Claudio Galeno (2006) lo ha hecho con la construcción en Antofagasta; Leonel Pérez y Pablo Fuentes (2012), los conjuntos habitacionales en Concepción. Otra serie de trabajos relaciona arquitectura y construcción: Hugo Palmarola y Pedro Alonso (2010) han considerado los desarrollos tecnológicos de la prefabricación; Gonzalo Cerda (2005) la producción en madera; Jeannette Plaut y Marcelo Sarovic (2011), el cambio de escala operado en arquitectura e ingeniería y los desafíos estructurales durante la década del 60.

Asimismo, se han inaugurado nuevas formas de exploración de fuentes específicas, considerando principalmente a las revistas de arquitectura por medio de las cuales puede leerse los sistemas de divulgación del conocimiento disciplinar, las formas de la organización gremial (Aguirre, 2004) consideradas como proyectos específicos (Mondragón y Téllez, 2006), como articuladores de vanguardia (Tellez y Torrent, 2010) o como construcción del discurso de la modernidad en el ámbito local (Mondragón, 2010).

Como se ha planteado, los grandes relatos aparecieron principalmente para contextualizar los desarrollos contemporáneos de la arquitectura chilena. Esta ha sido una intención explicativa con continuidad y persistencia en tiempo más reciente, principalmente para dar cuenta de la trascendencia que la arquitectura chilena ha tenido en el contexto internacional. Algunos están alineados con una intención explicativa más genérica (Sato, 2006), que propone una consideración más autónoma del desarrollo local de la arquitectura moderna, con la revisión de formación universitaria y el rol del debate disciplinar (Pérez Oyarzún, 2009), con un énfasis particular en la experiencia de la Universidad Católica de Valparaíso (Pérez de Arce y Pérez, 2003).

En un contexto explicativo similar, una reciente publicación recoge tres formas complementarias de interpretación de la experiencia de la arquitectura moderna. Por una parte, se revisa la dimensión de la arquitectura de la casa, central en el desarrollo disciplinar en Chile (Pérez Oyarzún, 2010), las concepciones materiales, las circunstancias locales y las posibilidades de producción como determinantes de una forma particular del proyectar (Pérez de Arce, 2010) y una aproximación a la cultura arquitectónica que pone las obras en relación con los desarrollos de la cultura del proyecto y de la cultura material en relación con el paisaje (Torrent, 2010).

La última década de producción muestra el trabajo de muchos autores y puede considerarse como un programa colectivo de investigación sobre la arquitectura moderna local, recurriendo fuertemente al estudio de casos, de arquitectos o de entornos urbanos. En este encuadre se consideran los trabajos publicados en las actas de los seminarios nacionales de DoCoMoMo Chile (2005, 2007, 2009), que proponen contribuciones tanto sobre el conocimiento mismo de los hechos como nuevas aproximaciones interpretativas, todavía diversas y desarticuladas.

La historiografía del último tiempo también se ha alimentado de los trabajos que han sido promovidos por otras disciplinas y que se sitúan en los bordes de la historiografía tradicional. El campo propio de la historia –considerada así a secas– ha tenido tradicionalmente una fuerte vertiente en la historia política. Tal como lo muestra Cristian Gazmuri (2009), la historiografía de la arquitectura había sido poco considerada. No obstante, la arquitectura y el urbanismo han ingresado como temas en las más recientes consideraciones de la historia del siglo XX (Correa et al., 2001), y particularmente en el contexto de las historias de la vida privada (Gazmuri y Sagredo, 2007). Por otra parte, desde los estudios geográficos, la interacción ha sido mayor, destacándose principalmente los trabajos de Rodrigo Hidalgo (1999, 2005, 2007) en torno a las formas de habitación de la primera mitad del siglo XX, así como en el campo de la vivienda social y la relación con la planificación urbana y algunos trabajos en relación a los fenómenos territoriales o al turismo o la vialidad (Booth, 2010). Se verifica la incursión de investigadores de otras disciplinas y con variedad de formaciones, en un campo que había tenido durante muchos años un predominio de arquitectos e historiadores de la arquitectura, que lo pone en relación a otros problemas y que permite una mayor amplitud de método y enfoque. Asimismo, alimenta las visiones que han estado más tradicionalmente atadas a la lectura del objeto arquitectónico o a la referencia de la teoría de la arquitectura. Son trabajos basados en la experiencia histórica de la vivienda (Hidalgo) o en las relaciones de la arquitectura con la salud y la educación (Ibarra, 2005).

La amplitud de enfoques y una mayor intencionalidad interpretativa sitúa el eje de la narrativa en un aspecto o problema, con un mayor predominio en la exploración de nuevas fuentes y nuevos sistemas de significación y una mayor atención al caso que a veces bordea la microhistoria. Ha promovido un campo mucho más disgregado de opciones, de mucha más difícil recomposición por el momento. Lecturas diversas colaboran en la ampliación del núcleo teórico de la arquitectura moderna, de las formas que asumió en situación local y del conjunto de obras que resultan fundamentales para entender las vicisitudes locales de esa arquitectura y la conformación paulatina de un mundo de relaciones con la geografía y el paisaje, pero también con la sociedad y sus demandas.

DESAFÍOS HISTORIOGRÁFICOS

Este decurso historiográfico muestra la existencia de algunas demandas positivas, así como la persistencia de enfoques, proponiendo algunos desafíos para la elaboración de una nueva historiografía más atenta a la diferencia que propone la consideración de la producción de arquitectura moderna en condición local.

Uno de los primeros desafíos radica en la revisión de la noción de “estilo”. Su persistencia ha sido notable como instrumental de clasificación, a la vez que ha mantenido una concepción visiva del objeto arquitectónico como trasfondo ideológico fuertemente difundido y reiterado en la historiografía local. Uno de los puntos más enigmáticos es que, mientras el discurso orilla los ya tradicionales contenidos de la historia social del arte, los análisis de obras permanecen en la importancia de los estilemas y detalles con los que es posible caracterizar los edificios, clasificarlos o identificarlos por familiaridad. La historiografía del estilo formuló algunos de los conceptos clave que todavía permanecen en la profundidad de los saberes considerados a la hora de dar cuenta del desarrollo de la arquitectura del siglo XX. Muchos de los relatos propusieron lecturas reiterativas sobre obras localizadas en diferentes lugares e incluso obviaron diferencias temporales que parecen mínimas pero son sustanciales. La idea de una aproximación estilística ha fomentado la lectura de las influencias.

La conceptualización del desarrollo de la arquitectura moderna en Chile tuvo como eje historiográfico el concepto de “influencia” hasta bien entrada la década del 90. Es una noción francamente elusiva, poco aprehensible, que intenta encontrar en las obras locales la presencia de algunos criterios que aparecen en otras obras que están en otros lugares. En realidad, propone una imposibilidad de la interpretación y del intérprete, el historiador. Muestra la imposibilidad de hablar de la obra misma más allá de su lata descripción o de la frecuente y sistemática búsqueda de un referente explicativo que se encuentra más allá de las fronteras, donde estaría el modelo original o la obra objeto de copia; esto muestra probablemente la cultura del historiador pero deja en blanco el trabajo de interpretación historiográfica cuando la capacidad explicativa debiera desplegarse en cómo y por qué la obra está donde está, cuál fue su circunstancia proyectual, material o productiva, e incluso social, cuáles fueron sus alternativas, o finalmente las vicisitudes de su configuración. Es una noción no solo poco rigurosa sino que reduce el posible aporte disciplinar, teórico o fáctico que la obra o el autor propusieron en cada momento de la historia. La erradicación de la noción de “influencia” parece ser el segundo desafío.

Una de las funciones que ha cumplido la noción de “influencia” ha sido la de sostener la secuencia de desarrollo de la arquitectura local en relación a la secuencia de la historiografía de la arquitectura moderna a nivel internacional. Y aquí parece radicar el tercer desafío. La lectura positiva de un recorrido constante y progresivo propone la continuidad como eje de los discursos, como si la arquitectura fuera un hecho evolutivo, exenta de los cambios que tiene en tanto obra cultural. Naturaliza así la secuencia y desprecia la vicisitud, como si no hubiera problemas frente a los cuales tomar partido en cada momento de la historia: problemas disciplinares y culturales que establecieron el campo profesional y de producción en el que los arquitectos debieron proponer y construir.

Otra de las funciones de la noción de “influencia” ha sido la preocupación por el origen de las ideas de la arquitectura. La constante necesidad de determinar un momento de llegada de la arquitectura moderna, quiénes fueron los portadores y cómo se radicaron en esta sede periférica, ha sido una de las preocupaciones centrales del discurso. La atención puesta sobre la singularidad del origen de la obra de arquitectura ha provocado la constante referencia a modelos paradigmáticos de la arquitectura moderna y así ratifica una constatación inicial que devalúa la experiencia local y propone la carencia de originalidad. La noción posestructuralista de la apropiación ha mantenido la preocupación sobre el origen y la originalidad. El cuarto desafío radica entonces en la superación de la localidad como un problema de reproducción para enfrentarlo como un problema en sí mismo, capaz de dar sentido a la cultura arquitectónica chilena. La reiteración de estas ideas revela el predominio de la carencia de método, a la vez que sitúa en un valor relativo a las fuentes para el trabajo histórico, las cuales han sido visitadas con frecuencia. El desprendimiento de la lectura interpretativa de tradición moderna y una mayor capitalización del análisis crítico de casos y fuentes podrían colaborar en enfrentar este desafío.

La intención inicial de la historiografía local presentaba la necesidad de una mayor preparación y su decurso mostró una directa vinculación con la práctica profesional. Una mayor profesionalización de la historia podría redundar en una mayor consideración crítica y un mayor aporte teórico. Los últimos desarrollos han enfrentado estos problemas, diversificando fuentes y paradigmas interpretativos, pero con una dispersión en trabajos fragmentarios que se corresponden con una narrativa comprensiva que todavía no ha sido elaborada. La incipiente formación de una tradición de estudios sobre la arquitectura moderna en Chile augura un momento prolífico con nuevos enfoques, de mayor interacción con otras vertientes de la historia y las ciencias sociales, de mayor escrupulosidad en las fuentes, de mayor síntesis en la interpretación y de adopción de esquemas historiográficos más críticos.6

NOTAS

1. Este trabajo ha sido realizado como parte del Proyecto Fondecyt N°1110494: “Experiencias urbanas, transformaciones, planes y proyectos: Representaciones en las publicaciones periódicas. Chile, 1930-1960”, del cual el autor es investigador responsable.

2. Como se verá, el desarrollo de la historia del urbanismo es todavía breve y particularmente poco desarrollado para el urbanismo moderno.

3. No se aborda el campo más específico de la historia urbana porque connota diferencias de método y por haber tenido un desarrollo más propio de las narrativas históricas, con menor protagonismo de las obras o los proyectos, y de la intencionalidad que marca a las disciplinas proyectuales.

4. El libro Space, Time & Architecture: the growth of a new tradition, de Giedion (1941) se había publicado solo seis años antes y no tenía al momento traducción al castellano.

5. Cáceres fechó su trabajo el 21 de abril de 1974 en la cárcel de Concepción. El texto tuvo una edición artesanal que se difundió de manera bastante amplia, principalmente por reproducción fotocopiada, hasta su publicación definitiva con la edición revisada por Pablo Fuentes en 2007.

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Anales del IAA
Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”.
Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo; Universidad de Buenos Aires.

Versión impresa: ISSN 0328-9796
Versión digital: ISSN 2362-2024

 

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