Revisar los bordes metropolitanos

Revisar los bordes metropolitanos

Graciela Favelukes, Ana Gómez Pintus, Alicia Novick, Guillermina María Zanzottera

Resumen


Los artículos de esta revista se proponen examinar los bordes metropolitanos desde una perspectiva histórica.

¿Por qué elegir el término bordes frente a otras acepciones más discursivas como “fronteras”, “orillas”, “márgenes”, “confines”, o frente a nociones disciplinares como las de “periurbano” o edge city, mediante las cuales la literatura reciente intentó caracterizar las nuevas configuraciones territoriales? La elección no fue casual, se trató de encontrar un término que, sin ser restrictivo –no se trata ni de una noción ni de una categoría–, tuviera la capacidad de dar cuenta de la impronta territorial del avance de la urbanización que en general no es idéntico al de los límites jurídico-administrativos. En su polisemia, bordes remite a las modalidades de expansión de las grandes ciudades, a los barrios suburbanos, a la heterogeneidad de usos y de formas que signan esos patios de atrás muy diferentes de los frentes urbanos consolidados, y sobre todo a esa multiplicidad de fenómenos que no son siempre objeto de estudio de las historias urbanas. Para precisar esa orientación, cabe revisitar algunas observaciones generales de Marcel Roncayolo, quien planteaba que una noción que no se precisa ni demasiado rápido, ni demasiado mecánicamente, cuando propone nuevas formas de pensar los problemas es mucho mas productiva en experiencias y reflexiones que cuando se fija y entra dentro del corsé de las categorías o definiciones.

El término borde tiene resonancias tan distantes como la impronta de la fundación de la ciudad clásica, cuando las fronteras eran a la vez materiales y simbólicas. La historia nos muestra que los límites jurídico-administrativos –que en la ciudad europea coincidieron con las murallas y en la ciudad americana con el área también non aedificandi del ejido– no siempre marcan el límite de la urbanización. El esfuerzo clásico por circunscribir ciudades cerradas y jerarquizadas se transformó muy profundamente durante el siglo XIX, cuando se imaginó una amplia gama de alternativas para controlar un crecimiento visto como amenaza higiénica, social y moral. En algunos casos, se establecieron dilatadas fronteras –que engloban territorios vacíos o anexan comunas suburbanas– con el propósito de prever el crecimiento futuro de las ciudades capitales visualizadas, en clave sansimoniana, como foco de desarrollo y progreso. En ese contexto, se formuló una primera generación de planes de embellecimiento y extensión cuyo objetivo fue el de dar forma y ordenar el crecimiento: se intervino sobre los centros o se imaginaron propuestas alternativas, como la ciudad jardín, la ciudad lineal, la ciudad “moderna”, que se terminaron sumando como soluciones para los bordes metropolitanos. Esta multiplicidad de propuestas se apoya sobre una idea iluminista: la sociedad se construye en la ciudad, en la medida que el orden urbano es entendido como sinónimo de orden social. En todos los casos, el problema que se plantea es el de reorganizar, con los instrumentos disponibles, el desorden de la ciudad que crece. En un contexto de cambios estructurales históricos y epistemológicos, los bordes de las ciudades siguen atravesados por algunas de esas figuras constitutivas.

En las últimas décadas del siglo XX –de algún modo, las preguntas de la historia parten siempre de los problemas del presente–, los bordes urbanos son visualizados como espacios sin servicios, de baja densidad, con usos heterogéneos, sede de conflictos sociales, ambientales y urbanísticos, y siguen siendo pensados como lugares problemáticos donde se desafía el orden de la ciudad consolidada. En América Latina, la sostenida expansión de los centros urbanos recibe una particular atención que opone las ciudades centrales –con sus urbanidades y postales para el turismo, donde los procesos de gentrificación contribuyen paulatinamente a expulsar a los habitantes tradicionales– a un amplio suburbio –cada vez más extendido, sin equipamientos ni servicios– retratado en crónicas policiales y planes sociales. No es difícil ver que, por detrás de esas oposiciones, prevalece la idea del orden de la ciudad consolidada y del desorden suburbano.

Sobre las huellas de la caracterización de “megalópolis” planteada por Gottman en 1961, un léxico profuso apuntó a caracterizar las nuevas configuraciones territoriales: “ciudad postindustrial”, “ciudad difusa”, “metápolis”, “exópolis” son algunas de las expresiones que intentaron dar cuenta de nuevas relaciones entre las ciudades y sus modalidades de expansión. En la caracterización que sustenta los términos de nueva generación, se identifica una doble oposición atravesada también por la ecuación orden versus desorden que cabe poner de manifiesto. Por un lado, se constata un cambio estructural en las características de las periferias, que supone que el suburbio tradicional, continuo e integrado –en mancha de aceite–, se diluye frente a las periferias de nueva generación –en archipiélago–, discontinuas y segmentadas social y espacialmente. Por otro lado, se insinúa la tensión entre las ciudades tradicionales, densas, con cualidades de urbanidad y mixidad social, y los espacios marginales que albergan poblaciones sin recursos. Ciertamente, el léxico en sus mutaciones es profuso y evidencia cambios de realidades y de perspectivas de análisis, por cuanto la aparición de términos nuevos o la reformulación de antiguas palabras bajo nuevas acepciones marcan generalmente la emergencia de nuevas problemáticas. No obstante, la secuencia no es lineal, las transiciones son complejas y siempre coexisten los nuevos y los viejos significados, que en cada ciudad adquieren contenidos específicos, alimentados por experiencias concretas. Creemos que es imprescindible dejar de caracterizar las periferias, donde vive la mayor parte de la humanidad, desde las cualidades de una ciudad tradicional, que tal vez nunca existió como tal. Desde esa perspectiva, la propuesta consiste en reconocer esos sitios en su especificidad, matizar las interpretaciones polares, considerar la complejidad y las diferencias de esos procesos que se fueron superponiendo sin demasiadas precauciones a lo largo del tiempo. ¿Y si el orden de lo que está afuera más que desorden es un orden cuyas lógicas no conocemos? 

Cabe preguntarse, entonces, acerca de los aportes potenciales de las historias urbanas para comprenderlos. En general, las visiones sobre las amplias zonas que están más allá de las áreas consolidadas se han pensado como epifenómenos irradiantes desde el centro hacia una periferia que queda así devaluada respecto de la ciudad, en interpretaciones donde prevalece la antes mencionada oposición. Para algunos autores, el “suburbio” es una noción frágil desde lo epistemológico debido a la heterogeneidad y la multiplicidad de representaciones que dificultan su conceptualización; otros opinan que existen condiciones de posibilidad para construir una historia de los suburbios. Más allá de las disidencias, existe un cierto consenso acerca de la necesidad de analizar esos bordes en sus propios términos y restituir los dilemas que plantean en sus contextos y tiempos. El desafío y la oportunidad de la lectura histórica de las transformaciones, denominaciones y representaciones que atraviesan los bordes –en sus propias incertidumbres–  parece residir en revisitar una y otra vez los alcances de nuevas y viejas configuraciones, y aportar inteligibilidad a esos espacios sin nombre y sin expresión que están afuera o más allá de la ciudad, pero sin los que la ciudad ya no es imaginable.

Los estudios urbanos en perspectiva histórica permiten interrogar esos puntos de tangencia entre diferentes universos cognitivos, y también entre diferentes y heterogéneos espacios de prácticas. Desde ahí, son caminos posibles tanto entrar desde la sociedad, sus representaciones y modos de vivir, y dar sentido al espacio material, como, en contracara, colocar la óptica en las ideas sobre la ciudad, sus formas y representaciones gráficas. Pues, ciertamente, no se trata de miradas en colisión, la sociedad como objeto y el espacio como contexto, o en oposición, el espacio urbano como objeto y la sociedad como contexto, en la medida en que lo que está en juego requiere de miradas y escalas múltiples.

Metodológicamente, el desafío consiste en interpelar nociones naturalizadas para ensayar un acercamiento a la gran escala y a la larga duración metropolitana, sabiendo que la heterogeneidad requiere operar en diferentes escalas, recuperar diversas perspectivas de análisis a los efectos de iluminar los procesos, los fragmentos, las urbanidades diversas que caracterizan la múltiple realidad urbana. Es desde ahí que cabe pensar en un ida y vuelta, entre lo grande y lo pequeño, entre lo singular y la norma, entre los documentos oficiales y la multiplicidad de representaciones y mapas mentales.

Desde esa perspectiva, el conjunto de los estudios de este volumen no presenta un panorama integral. Se trata más bien de piezas de un trabajo en construcción, de fragmentos que evocan de algún modo a los que van configurando la materialidad de esos bordes metropolitanos, pero creemos que contribuyen a construir conocimiento, pues apuntan a reflexionar en torno de la multiplicidad de escalas que signa el “pasado”, presente en los relictos materiales, en sus configuraciones, pero también en las memorias y las culturas urbanas que se construyen y reconstruyen una y otra vez.

LA LARGA DURACIÓN: CARTOGRAFÍAS, OCUPACIÓN DEL TERRITORIO Y URBANISMO

Un primer conjunto de artículos optó por la larga duración para dar cuenta de los procesos que fueron construyendo material y culturalmente esos bordes americanos. Dos de ellos, se centraron en los estudios de la cartografía que, al igual que las imágenes –fotografías, dibujos y pinturas–, proporcionan insumos para las historias urbanas. Desde una perspectiva diferente, aunque también en tiempos largos, los otros dos estudios analizan los procesos de urbanización, ocupación progresiva del territorio periférico, y de urbanismo, intervenciones y proyectos públicos que transforman las costas.

El artículo de José Rosas, Wren Strabucchi, Germán Hidalgo y Diego González pone el foco en la ciudad de Santiago y sus modos iniciales de expansión. Los suburbios tempranos, formados en operaciones discontinuas de división de terrenos rurales, cuestionaban la idea de ciudad compacta vigente hasta la segunda mitad del siglo XIX, y fueron objeto de iniciativas y regulaciones que apuntaban a reforzar la centralidad de la ciudad capital. Un cuidadoso trabajo de redibujo de cartografías históricas y la reflexión acerca de las escalas de representación permitieron a los autores dar cuenta de etapas poco conocidas de ese proceso, a la vez que iluminar cuestiones que otras historias soslayan.

En el texto de Hernán Medrano sobre San Pablo, la cartografía –cuatro planos de relevamiento levantados entre fines del siglo XIX y fines del XX– opera como una fuente que permite formular interrogantes acerca de la relación que existe entre los modos de mirar y los instrumentos cognitivos y tecnológicos que se juegan en esos mapas. Al mismo tiempo, el trabajo pone de manifiesto la tensión entre las fronteras administrativas de San Pablo y su continua expansión, y destaca la doble capacidad de la cartografía que registra el territorio al mismo tiempo que lo construye.

Mónica Ferrari estructura su investigación en torno a los cambios largos de Yerba Buena, un barrio periférico de Tucumán. Las tierras, que en sus lejanos orígenes pertenecieron a los jesuitas, se transformaron como resultado de los parcelamientos regulares y pintorescos que reconvirtieron el pueblo en un suburbio acomodado. El trabajo muestra el proceso de mutaciones, a través del redibujo de cartografías y fotos aéreas, que operan como un prisma para dar cuenta de los factores que intervienen en las transformaciones metropolitanas.

Esta historia de la urbanización por loteos contrasta con la secuencia de proyectos urbanísticos que fueron configurando el borde costero de la ciudad de Rosario. Cecilia Galimberti revisa las sucesivas propuestas que estuvieron por detrás de la transformación estructural de espacios riberereños, que pasaron de ser una espalda urbana –signada por el puerto, sus depósitos e infraestructuras y los barrios obreros aledaños– a constituirse en un frente de prestigio, con los equipamientos y parques públicos que comienzan a construirse a fines del siglo XX.

PROCESOS DE SUBURBANIZACIÓN DE BUENOS AIRES: REPRESENTACIONES GRÁFICAS Y MENTALES

Un segundo conjunto de artículos nos remite a dos escenarios de la suburbanización de Buenos Aires: el que va del centro a los barrios, en las vísperas de la capitalización, y el que se expande sobre los partidos del Gran Buenos Aires, en las décadas de 1920 y 1930. Los dos primeros textos examinan las localidades de Belgrano y Flores, pueblos que la capital anexó como parte de su territorio. Los otros dos analizan la formación de las nuevas localidades suburbanas que ofrecen oportunidades para promotores y nuevos habitantes.

Daniel Schávelzon caracteriza el pueblo de Belgrano, desde su mirada arqueológica, mostrando las tensiones entre “el alto” de las quintas y las casas elegantes, y “el bajo” de los territorios inundables, los rellenos, la basura y los desechos que se descubren en los trabajos de excavación y se comprueban en algunas fuentes. En su crítica a la mirada sesgada de los cronistas e historiadores locales, encontramos también las claves de estas historias. ¿Acaso alto y bajo no remiten, casi metafóricamente, al centro y a sus bordes?

En otra clave, el barrio de Flores es presentado en el artículo de Florencia Rolla como sede de clubes, barrios residenciales y actividades campestres de los británicos. Pues las redes de ferrocarriles y de negocios o las arquitecturas de hierro y vidrio de la revolución industrial,  con que se asocia a los ingleses, no parecen agotar la fuerte impronta cultural y material de esa comunidad que contribuyó a constituir realidades e imaginarios en torno de la vida suburbana.

Ana Gómez Pintus y Melisa Pesoa suman insumos para revisar las derivas del mercado de tierras en la primera mitad del siglo XX, y esclarecen el rol que les cabe a folletos e imágenes en la difícil empresa de vender terrenos vacíos en medio de “la nada”. Las técnicas del marketing de los desarrolladores encuentran su razón de ser en una comercialización que apela a las estrategias y a las expectativas de quienes buscan casa propia desde el horizonte de sentido de un posible progreso.

Por su parte, Daniela Soldano y Gimena Perret Marino construyen su aporte desde una historia social y cultural que se aleja de planos, planes y cuestiones urbanísticas para centrarse en la esfera de las percepciones y las prácticas sociales, que muestran las modalidades según las cuales los habitantes de las nuevas localidades metropolitanas visualizan, viven y construyen las distinciones que les otorgan sentido a esos lugares, en un enfoque frecuentemente soslayado por la historiografía.

Graciela Favelukes, Ana Gómez Pintus, Alicia Novick y Guillermina Zanzottera.
Editoras.


Palabras clave


historia urbana; bordes urbanos; suburbanos

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Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”.
Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo; Universidad de Buenos Aires.

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