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ARTICULO

Cuerpo y ciudad. Una metáfora orgánica para Buenos Aires a fines del siglo XIX

The body and city. An organic metaphor to Buenos Aires in the late nineteenth century

Horacio Caride Bartrons*

* Arquitecto, Universidad de Buenos Aires. Investigador principal del Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”, Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Universidad de Buenos Aires. Miembro investigador del Programa Internacional “Le Mots de la Ville”, UNESCO, CNRS, París.

Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”. Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Universidad de Buenos Aires. Calle Intendente Guiraldes 2160. Pabellón III. Piso 4º. Ciudad Universitaria. C1428EGA. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. República Argentina. Email: horaciocaride@gmail.com

RECIBIDO: julio de 2011
ACEPTADO: octubre de 2011


RESUMEN

El objetivo de este trabajo es establecer y ponderar las condiciones tempranas del ascenso de la metáfora del cuerpo como paradigma cultural que, en cuanto resonancia de un discurso médico - político, constituyó una de las ideas rectoras más contundentes para la organización y modernización en la ciudad de Buenos Aires, entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Se ha operado con una selección de autores que pueden considerarse representativos del período, que va desde la Gran Epidemia de Fiebre Amarilla de 1871, hasta los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. Lejos de presentar una visión única o monolítica, las imágenes que presentan sobre el binomio ciudad-sociedad ofrecen algunas de las mejores representaciones de los cambios a los que estuvieron sujetas la idea de Nación y la idea de ciudad, pero con la metáfora del cuerpo y su salud o enfermedad como hilo narrativo.

Palabras clave: Buenos Aires; Siglo XIX; Metáfora

ABSTRACT

The aim of this work is to establish and ponder the early conditions of the rise of the metaphor of the body as cultural paradigm, as resonance of a medical - political discourse, was one of the strongest principles for the organization and modernization in the city of Buenos Aires, between the late nineteenth and early twentieth century. It has operated with a selection of authors that can be considered representative of the period, ranging from the Yellow Fever Epidemic of 1871, to the celebrations of the centenary of the May Revolution. Far from presenting a single view or monolithic, the pictures they had on the binomial-company town, offers some of the best representations of the changing processes to which was attached the idea of Nation and the idea of the city, but with the metaphor of body, health or illness as narrative.

Keywords: Buenos Aires; XIXth Century; Metaphor


La sociedad, señor presidente, es como un cuerpo que dura siglos
Domingo Faustino Sarmiento

Los enemigos del cuerpo

Gradualmente, desde mediados de marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes más sombríos. La mortalidad crecía al paso que la ciudad se despoblaba. El éxodo se hizo general cuando se comprobó que, al contrario del cólera reciente, la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterráneas. Por el consumo de la población, se deduce que, a fines de dicho mes, ésta no alcanzaba a sesenta mil almas; solamente en abril, pasaron de ocho mil las defunciones: cerca del 14 por ciento. Como en un gran cuerpo herido que va perdiendo por partes el calor vital, en la ciudad enferma, uno por uno, los órganos activos rehusaban el servicio. (Groussac 1980: 27)1.

En el verano de 1871 los muertos de Buenos Aires ya se contaban por miles. Dos años antes, el Censo Nacional había indicado que la ciudad tenía algo menos de ciento ochenta mil personas, lo que ponía en verdadera magnitud a la tragedia: cerca de dos tercios de su población la había abandonado. El Gobierno y buena parte de los poderes políticos habían huido hacia la campaña.

Resulta evidente que la fiebre amarilla determinó, en varios aspectos, un contundente punto de inflexión para Buenos Aires y, en alguna medida, para el país en su conjunto. Con la necesidad de intelectualizar la tragedia, un lúcido testigo como Paul Groussac, recordaba estos hechos casi cuatro décadas después de sucedidos. Para ello recurrió a una metáfora funcionalista probada –tanto en su facultad didáctica como en su posibilidad estética– para expresar aquel horror: relacionar la ciudad con un cuerpo del que la vida se estaba alejando, lenta pero inexorablemente.

Esta antigua noción de la cultura occidental, construida y avalada por el arte y la ciencia durante siglos, tuvo una instalación dramática y definitiva a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando una serie de epidemias devastaron varias ciudades de América y Europa. Por aquellos años, el higienismo surgió como la única disciplina capaz de contener semejante catástrofe. Las voces y las plumas de los médicos y de los epidemiólogos fueron las más escuchadas y leídas al momento de definir las acciones a seguir. En Buenos Aires, pasada la peste, el discurso sobre el “cuerpo urbano” continuó ejerciendo su influencia, hasta constituirse en la expresión favorecida de la modernización de la ciudad.

Las argumentaciones, en su mayoría sostenidas por el par dialéctico salud-enfermedad, se desplazaron, como también muestra la cita de Groussac, desde la ciencia médica hacia otras disciplinas, constituyendo un verdadero paradigma, en cuanto definían perfectamente –en los términos de Thomas Kuhn– las características del problema y las posibilidades de solución. La construcción y el desarrollo de este paradigma –así constituido– fue determinante para la cultura y la sociedad porteña de los años que van desde la fiebre amarilla hasta la era del Centenario, extendiéndose luego hasta bien entrada la década de 1940. La Nación misma terminó siendo asimilada a la idea corporal, estableciendo las condiciones para un “Estado saludable” y, en consecuencia, definiendo las características de las enfermedades que lo pueden afectar. Sobre este modelo interpretativo se definieron muchas de las estrategias de la modernización, al menos hasta la instauración del voto universal en 1914.

El objetivo de este trabajo es establecer y ponderar las condiciones tempranas del ascenso de la metáfora del cuerpo como paradigma cultural que, en tanto resonancia de un discurso médico-político, constituyó una de las ideas rectoras más contundentes para la organización y modernización en la ciudad de Buenos Aires, entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

el punto de inflexión que significó la Gran Epidemia de Fiebre Amarilla, en los primeros meses de 1871, hasta los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, una época más que una fecha.

Entre Domingo Faustino Sarmiento, José María Ramos Mejía y José Ingenieros, puede trazarse un itinerario discursivo construido en la imperiosa necesidad de organizar la Nación en términos de su ingreso a la Modernidad. Lejos de presentar una visión única o monolítica, las imágenes que estos tres autores tuvieron sobre el binomio ciudad-sociedad ofrecen algunas de las mejores representaciones de los cambiantes procesos a los que estuvieron sujetas la idea de Nación y la idea de ciudad, con la metáfora del cuerpo, su salud o su enfermedad como hilo narrativo.

Este texto busca aportar algunas cuestiones que hablan más de una secuencia discursiva, con etapas de complejidad y extensión creciente, que de un reemplazo de modelos. Entre los “textos fundacionales” –de los cuales Facundo resulta uno de los más emblemáticos– y la imagen de una sociedad organizada en postulados higiénicos, previa al Centenario, puede observarse en estos aspectos una importante comunión de ideas. En cierta medida, nuestras consideraciones se contraponen a la interpretación clásica que propone al higienismo como “reemplazo” del modelo sarmientino, en vez de presentarlo como ampliación y valorización de la agenda programática del período (Salessi 2000, Bruno 2011).2

Dentro de este grupo, los textos de Groussac aparecen como un intercambiador de ideas entre Sarmiento y la generación del ‘80, con una potencia discursiva de connotaciones más estéticas que históricas. Ramos Mejía encarna al intelectual de aquella generación, político, liberal y evolucionista, del cual se termina extrapolando un discurso mucho más autocrático y reaccionario manifestado por Ingenieros. En este esquema, y como señala Oscar Terán, “el positivismo alcanzó en la Argentina una penetración imposible de subestimar, ofreciéndose tanto como una filosofía de la historia que venía a servir de relevo a una religiosidad jaqueada, cuanto como organizador fundamental de la problemática político-social de la elite entre el 90 y el Centenario” (Terán 2000: 85).

Es mi intención ver estos cambios en su doble dimensión social y espacial, considerando a la ciudad, constituida a través de una metáfora orgánico-funcional, como el territorio de intersección de ambos conjuntos.

La imagen del cuerpo humano como obra de Dios y por lo tanto, partícipe de su perfección, es una noción liminar de nuestra cultura, que inclusive ha superado las estructuras conceptuales de la fe o de la religión para instalarse como sólido paradigma interpretativo. Mary Douglas, en su exégesis antropológica del Libro del Levítico, entendía que la propia “idea de santidad recibió una expresión externa y física en la perfección del cuerpo considerado como recipiente perfecto” (Douglas 1973: 74).

La ciudad, como artificio y, por lo tanto, creación humana decisiva, debería participar también –en algún grado– de esa perfección, al menos por carácter transitivo: en ambos casos lo creado se parece a su creador. En este sentido, es elemental observar que la idea de semejar a la ciudad con el cuerpo humano es tan antigua como la voluntad de encontrar una metáfora conciente y consistente para explicar la emergencia de lo urbano. En la Política, Aristóteles sostenía que tanto la ciudad como los organismos naturales poseían partes indispensables y accesorias. Así, a pesar de encontrar elementos que “están” en la ciudad y que no “son” la ciudad, ésta debía entenderse como un todo orgánico (Aristóteles 1998: 286).

En nuestro medio, la instalación de la metáfora organicista como organizadora, no solo de la ciudad sino del país en su conjunto, puede rastrearse –al menos en una de sus formulaciones más consistentes– en las primeras aproximaciones a la idea de Nación en el discurso sarmientino.

Desde su exilio en Santiago de Chile, Domingo Faustino Sarmiento imaginó a la Nación como un todo orgánico. Dentro de esta lógica metafórica, su pensamiento desconocía, o al menos, se permitía discutir el rol primado de “cabeza” o “cerebro” que podía tener Buenos Aires para el resto del Cuerpo-Nación. Algunas de sus obras fundamentales de aquellos años, como Facundo (1845) o Argirópolis (1850), fueron escritas bastante tiempo antes de haber estado en la futura capital argentina. En efecto, Sarmiento conocerá Buenos Aires luego de la caída de Rosas en 1852.

El tema de la propia “cuestión capital” era la controversia política más importante de la organización como país durante la segunda mitad del siglo XIX, desde la sanción de la Constitución Nacional –fuera de Buenos Aires– hasta la sanción de la ley de Capitalización, que recién podrá promulgar en 1880 Nicolás Avellaneda. Es probable que una de las manifestaciones más tempranas sobre la idea de que el país es análogo al cuerpo, aparezca en Facundo, expresada en el célebre primer párrafo de la introducción: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!” (Sarmiento, 1992:7).

A esta idea se le adjudicó una suerte de papel fundacional como metáfora de una Nación enferma y, en algunos aspectos, desmembrada y necesitada de cura. Cinco años después, en Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados de Río de la Plata, Sarmiento vuelve a plantear la necesidad de comprender a los estados de Argentina, Paraguay y Uruguay como un conjunto solidario en sus relaciones con el centro, la isla Martín García, a través de vías navegables que

no pueden ser duraderas y firmes mientras los tres Estados no tengan igualdad de dominio sobre la isla fuerte que cierra el tránsito, y esta igualdad supone la asociación y federación de los tres Estados en un cuerpo unido por un interés y un centro común. (Sarmiento 1850 [1961: 78])

El mejoramiento racial podría superar la inferioridad de origen.

La emigración del exceso de población de unas naciones viejas a las nuevas, hace el efecto del vapor aplicado a la industria: centuplicar las fuerzas y producir en un día el trabajo de un siglo. Así se han engrandecido y poblado los Estados Unidos, así como hemos de engrandecernos nosotros. (Sarmiento 1850 [1961: 96-97])

Varios años después, en Conflictos y armonías de las razas de América, ampliará esta idea afirmando que “el norteamericano es pues el anglosajón, exento de toda mezcla con razas inferiores en energía, conservadas sus tradiciones políticas, sin que se degraden con la adopción de las ineptitudes de raza para el gobierno”3 (Sarmiento 1883: 128).

En años posteriores la noción de enfermedad abandonó su categoría abstracta y programática para encarnarse en los cuerpos reales. La sucesión de epidemias terminaría por demostrar que la analogía conceptual y pedagógica podía ser una realidad compleja y alarmante.

Durante las décadas de 1860 y 1870, Buenos Aires no tenía límites demasiado claros. La cuadrícula con la que se organizaba se adentraba de manera difusa en la Pampa, determinando lo que las fuentes llaman genéricamente “el Antiguo Municipio”. En la zona de manzanas consolidadas vivía el grueso de la población, en especial en los alrededores de la Plaza de Mayo. En el barrio sur se alojaba principalmente la clase alta.

El plano grabado por Adolfo Sourdeaux en 1854 (Fig. 1) muestra los diferentes grados de ocupación espacial en tres zonas concéntricas. El primero, más oscuro, representa el sector de manzanas consolidadas. A su derredor se extendía una zona también amanzanada, pero mucho menos densa que la anterior, con muy poca o ninguna edificación continua. Por último se abría un sector de quintas pequeñas, que no superaban las veinticinco hectáreas, cuyo límite se situaba en los alrededores de la actual avenida Boedo (Sarrailh 1983: 406).


Figura 1. Buenos Aires 1854, en el Plano de Adolfo Sourdeaux. Cuando se realizó el Primer Censo Nacional, la población de la ciudad no sobrepasaba las 180.000 personas. La superficie consolidada era inferior a las cuatro mil hectáreas, menos de un quinto de la ocupación actual. Fuente: Buenos Aires, Historia de cuatro siglos, José Luis y Luis Alberto Romero (dir.), Editorial Abril, 1983, Tomo I, p. 406.

Durante esos años convivían en Buenos Aires el Gobierno Nacional, presidido por Domingo Faustino Sarmiento, el de la Provincia de Buenos Aires, representado por Emilio Castro, y el gobierno municipal en manos de Narciso Martínez de Hoz. La indefinición territorial era consecuencia, también, de la indeterminación espacial del poder político. De hecho, el presidente era una suerte de huésped del gobernador provincial.

En esta urbe, las condiciones de salubridad eran escasas o prácticamente inexistentes. En lo que respecta a la provisión de agua, el Río de la Plata era la opción más generalizada. Pero buena parte de la población también recurría a aljibes abastecidos por las aguas de lluvia y en permanente contacto con los pozos ciegos, donde se descargaban sin ningún control los efluentes cloacales. Bajo estas condiciones, era frecuente que un foco infeccioso terminara en epidemia. Cólera, fiebre tifoidea, viruela, escarlatina y hasta peste bubónica habían cobrado víctimas desde, al menos, la década de 18504. Quizás fueron los veteranos de la reciente Guerra contra el Paraguay quienes llegaron a Buenos Aires portando los virus que habían contraído en su camino desde el Litoral. La ciudad de Corrientes había sufrido una epidemia inmediatamente anterior, que se extendió desde diciembre de 1870 hasta junio del año siguiente, cobrándose dos mil vidas, casi el 20% de su población. Por otro lado, también se culpó a los barcos provenientes del Imperio del Brasil, que arrastraban enfermedades endémicas desde sus costas al estuario del Río de la Plata (Galeano 2009:109 y ss).

Al parecer los primeros casos de fiebre amarilla se dieron –o así se pensó en aquel momento– en zonas pobres cercanas al río, en enero de 1871. En una ciudad donde las defunciones no superaban las veinte personas diarias, en abril de aquel año se dieron cifras de más de quinientas personas en un sólo día5. Regresamos a Groussac:

Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro. Tal era el pánico reinante, que un escribano cobró fama y dinero comprometiéndose públicamente a realizar esta hazaña jocomacabra: redactar testamentos, aun de “febrífugos” (sic!). En la ciudad desierta, casi sin policía, la bestia humana, suelta, rondaba las calles, husmeando la presa. A veces el crimen no esperaba la noche, su habitual cómplice: los diarios dieron cuenta de asaltos perpetrados en pleno día, en la calle Florida. (Groussac 1980: 28)

Finalmente, la fiebre mató a más de trece mil personas –el 8% de la población–.6 Otras enfermedades como la viruela, el sarampión y en especial la tuberculosis, también se estaban cobrando gran cantidad de vidas. Más allá de todo lo discutido sobre las consecuencias de aquellos eventos, resulta indudable que marcaron un punto de inflexión con respecto a una nueva conciencia sanitaria, en cuanto a la percepción de los habitantes y a la responsabilidad de las autoridades.

Comprometidos con una agenda que determinaría una serie de cambios en la imagen y funcionamiento de la ciudad, un amplio elenco de profesionales y técnicos –médicos, higienistas, abogados, políticos, ingenieros, urbanistas– impulsaron y llegaron a concretar un conjunto importante de medidas. Guillermo Rawson (1821-1890), Pedro Mallo (1837-1899), Eduardo Wilde (1844-1913), y Emilio Coni (1855-1928) fueron algunas de las figuras más representativas de ese grupo de médicos, políticos e intelectuales que buscaban cumplir con un programa establecido a partir de la fiebre amarilla (Paiva 2001, Novick 2008).

En el discurso inaugural al Congreso de la Nación del 4 de julio de 1871, el presidente Sarmiento presentó los lineamientos esenciales del plan de acción. En los primeros párrafos, definió las características del problema, afirmando que “hay ciertas obras públicas que hoy constituyen, por decirlo así el organismo de las ciudades, y cuya falta puede exponerlas a las más serias catástrofes” (Sarmiento 1871: 9).

Las tareas pudieron verificarse en todos los niveles. Por ejemplo, en el ámbito académico, en 1873 Guillermo Rawson tuvo a su cargo la recién creada cátedra de Higiene Pública en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, cuyas conferencias fueron publicadas en París tres años después. También, a través de la prédica disciplinar condensada en la páginas de la Revista Médica Quirúrgica que fundó Pedro Mallo junto a Ángel Gallardo en 1864 y que terminará dirigiendo Emilio Coni hasta su desaparición en 1888. Pero fue la creación del Departamento Nacional de Higiene en 1880, el paso decisivo para dar un marco institucional y orgánico a la lucha contra las epidemias. Su organización estuvo a cargo de Eduardo Wilde, quien fue su primer director.

En cuanto a “las obras públicas que hoy constituyen, por decirlo así el organismo de las ciudades”, el sistema de provisión de agua potable y cloacas que el propio presidente le encargó a John Bateman (Fig. 2) se inició en 1874, pero tuvo que esperar hasta la federalización de 1880 para ponerse efectivamente en marcha. Y aunque se desconocía la etiología de las enfermedades que habían causado la tragedia, ese mismo año se organizó la Comisión Municipal para la recolección de residuos y se creó el Cementerio de la Chacarita “porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte” (Borges 1996: 90).


Figura 2. Plano de Saneamiento de John La Trobe Bateman, 1871. En la imagen aparece el sector sur de la ciudad, donde se piensa comenzaron los primeros focos de la fiebre amarilla. Fuente: Atlas de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Difrieri (dir.), Municipalidad de Buenos Aires, 1981, tomo II, p. 149.

Cerrando el ciclo –y la época– que había determinado su gobierno para la ciudad y para el país, al final de su mandato Sarmiento recurre una vez más a la metáfora corpórea para dirigirse al Congreso Nacional en la apertura de las sesiones ordinarias en mayo de 1874:

El dolor es el signo y el efecto de las enfermedades del cuerpo, no la causa; y acaso estas dolencias sociales cuyas manifestaciones tantos estragos causan, son simples resultados de las ideas malsanas que luchan por prevalecer o se reproducen de épocas pasadas. (Sarmiento 1874:7)

En varios sentidos, la enfermedad de los cuerpos era asimilable a la enfermedad del pensamiento. Como si se tratase de una parábola bíblica, es probable que la comparación apelara a los terribles recuerdos de la peste para otorgar espesor a la advertencia. Habida cuenta del diagnóstico, y con la particularidad de haber padecido –y sobrevivido– a la enfermedad, la salud futura de la ciudad requería de imperiosas acciones terapéuticas.

El dispositivo de control de la enfermedad conllevaba, al mismo tiempo, la creación y consolidación de nuevas pericias científicas, nuevos espacios de discusión y nuevos instrumentos de regulación, que comenzaron con los primeros meses de la presidencia de Nicolás Avellaneda. También era necesario generar nuevos y “sanos” espacios públicos. En efecto, el año 1875 fue muy prolífico para la creación y organización de medidas para “proteger” la salud del cuerpo social. En ese tiempo fue creada la cátedra de Medicina Legal, cuyo primer titular fue Eduardo Wilde. A comienzos de ese año, más específicamente desde el 5 de enero, la prostitución pasó a tener un marco regulador para su ejercicio dentro del radio de la ciudad de Buenos Aires. En simultáneo, se generaron reglamentaciones para el servicio doméstico y diversas normas de construcción para los inquilinatos o conventillos. Así, también en la necesidad de generar pulmones estables cuyo aire limpio alejase las miasmas, puede entenderse la inauguración del Parque Tres de Febrero. Se hacía indispensable generar los mecanismos de control de aquellos focos que podían ser potencialmente peligrosos para la salud del cuerpo social. A partir 1883, la ciudad contó con Asistencia Pública.

Aunque con mucho retraso, entre 1885 y 1895 se realizó un tramo importante de las obras proyectadas por Bateman, y para 1914 el nuevo Censo Nacional indicaba que unas doce mil hectáreas, es decir, toda la ciudad consolidada, estaba servida con agua potable y en una parte significativa, con cloacas (Bourdé 1977: 115).

Estabilizada la situación sanitaria, o al menos aprobados ciertos dispositivos de control y organizado el saneamiento de varias zonas de la ciudad, algunos profesionales de la medicina asumieron la necesidad de establecer un discurso para la reorganización de la sociedad urbana donde se había producido la enfermedad. Sobre este aspecto, podrían reconocerse dos circunstancias que permitieron “la entrada en escena” de los higienistas sociales. Por un lado, “las transformaciones devenidas de la revolución pasteuriana y la resignificación ideológica de las causas sociales que originan la enfermedad”. Por el otro “ la higiene social retoma el viejo cuerpo programático de la higiene pública: agua, recolección de residuos, pavimentos (causas directas) pero agrega otros ligados a las causas indirectas: salarios, alojamiento, condiciones de trabajo de los obreros” (Paiva 2001:13). En el Buenos Aires de fines del siglo XIX, el aluvión inmigratorio europeo había desbordado cualquier previsión. Si bien la fiebre amarilla era un funesto y olvidable recuerdo, la realidad indicaba que no se podía ejercer ningún control efectivo sin un cambio en las mentalidades: la ciudad de la peste no llegaba a las ciento ochenta mil almas; la ciudad de los primeros años del siglo XX había alcanzado el millón de personas.

José María Ramos Mejía puede ser la personalidad que mejor representó a ese grupo, que podría llamarse de “médicos morales”7. Nacido y muerto en esta ciudad (1849-1914), perteneció a la misma generación que Wilde y Coni. Como muchos de los intelectuales de su época, su formación tenía el molde naturalista de Hipólyite Taine, sobre el que se vertían el positivismo de Comte, el utilitarismo de Bentham y Stuart Mill, y el evolucionismo físico de Darwin en la obra de Spencer (Álvarez, 2007).

Su primera obra, Las neurosis de los hombres célebres, fue publicada en 1878 cuando, con 28 años de edad, aún no había terminado la carrera de medicina. El prólogo que le escribió Vicente Fidel López indicaba tempranamente el original desplazamiento metodológico que aplicaba criterios y procedimientos de la ciencias naturales a las ciencias sociales.

Así, a medida que las ciencias que antes se llamaban morales, y cuyos hechos no podían ser observados directamente, se van quedando reducidas a defenderse, la Fisiología, ayudada por las demás ciencias naturales que observan directamente, como ella, la materia y sus funciones y de la Ciencia del Lenguaje, que es el vínculo inmediato de la materia organizada con la Palabra, invade audazmente todo el terreno en que antes dominaban la Teología y la Psicología. (López, Vicente Fidel en Ramos Mejía 1878: XII)

Sarmiento, todavía como árbitro del campo intelectual de Buenos Aires, se ocupaba de señalar la fragilidad de estos postulados, justamente donde Vicente Fidel López había observado el mayor aporte. La impericia juvenil lo explicaba en parte, según la nota publicada en La Nación el 7 de noviembre de 1878:

Es de espíritus jóvenes esta actitud y predisposición a conformar los hechos a un sistema dado de ideas, como ha sucedido con el transformismo, que de la historia natural ha pasado a las religiones, a la ciencia del lenguaje y amenaza invadir por entero el sistema de ideas morales (citado por Álvarez 2007: 8).

El ex presidente había advertido tempranamente la utilización de la Teoría de la Selección Natural en el campo social. En efecto, sitúa el desplazamiento desde el “transformismo” –uno de los principales ejes teóricos del evolucionismo darwiniano– como una “amenaza” para “el sistema de ideas morales”.

Durante la presidencia del sucesor de Avellaneda, Julio Argentino Roca (1880-1886), la doble dimensión científica y política de este discurso iba a conseguir una importante gravitación institucional, generando acciones concretas. En 1882, Eduardo Wilde asume el cargo de Ministro de Justicia, Culto e Instrucción y Ramos Mejía accede al cargo de vicepresidente de la Comisión Municipal de Higiene Pública. A su prédica, y con la anuencia de las autoridades nacionales, se debió la creación de la Asistencia Pública en 1883, que tuvo sede en el antiguo hospital San Roque y que hoy lleva el nombre de “José María Ramos Mejía”. Fue nombrado titular de la cátedra de Enfermedades Nerviosas en 1887 y, en el hospital San Roque, jefe de sala de esa especialidad; actuó como diputado nacional durante la presidencia de Miguel Juárez Celman –cuando Wilde era Ministro del Interior– entre 1888 y 1892. Al año siguiente, y hasta 1898, fue presidente del Departamento Nacional de Higiene. En este cargo desarrolló un prestigio particular como responsable de la salud física de los argentinos, ya que “pasó entonces a ejercer como ‘primera autoridad sanitaria del país’, con atribuciones propias de un ministro” (González Leandri 2004: 586). No es difícil comprender que el pasaje de contralor higiénico al de contralor moral resultaba del mismo efecto, y a un sólo tenor. Al año siguiente de terminar su mandato en el Departamento Nacional publicó Las multitudes argentinas.

Durante décadas se vio en este texto un acto inaugural para la sociología argentina que integró, bajo ese carácter, algunas colecciones de esta disciplina. En esta obra, la historia social y política se piensa regulada por las mismas leyes que los organismos biológicos: “la multitud es un ser relativamente provisional, constituido de elementos heterogéneos en cierto sentido, que por un instante se sueldan, como las células cuando constituyen un cuerpo vivo y forman al reunirse, un ser nuevo y distinto” (Ramos Mejía 1899 [1952:51]). Tal afirmación lograba arrojar cierta luz para contradecir o presentar las limitaciones de aquellas visiones que entendían –o buscaban, o pretendían– una sociedad homogénea, al menos en cuestiones de “raza”, como por ejemplo podía inferirse de algunas consideraciones de Sarmiento. Aquí la metáfora corporal aumentaba en posibilidades didácticas, otorgándole cierta “levedad” al cuerpo social, pensado en términos funcionalistas. Así, alejado de otras posturas radicales –que regresarán en la generación siguiente– Ramos se pregunta sobre la multiplicidad y paralelismo de las diferentes conductas posibles: “¿Por qué la multitud será alternativamente bárbara o heroica, sanguinaria o piadosa a la vez? ¿Por qué una misma muchedumbre, y en virtud de qué causas que nos escapan, es aquí temeraria y arrojada, allá pusilánime y cobarde?” (Ramos Mejía 1899 [1952: 59]). Es la propia metáfora, categóricamente expresada en términos de paradigma cultural, la que provee la solución al problema, “debe pasar en ella algo de lo que acontece en los cuerpos: que sus propiedades resultan de la arquitectura de las moléculas: disimetrías morales, análogas a las moleculares descubiertas por Pasteur” (Ramos Mejía 1899 [1952: 59]).

También intentó ponerle un sello personal a esta construcción analógica que, como una orquesta ejecutando una pieza musical, había desarrollado para interpretar la nota individual en el concierto general: “a ese hombre de las multitudes deberíamos más bien llamarle el hombre-carbono porque en el orden político o social desempeña, por su fuerza de afinidad, las funciones de aquél en la mecánica de los cuerpos orgánicos” (Ramos Mejía 1899 [1952: 61]).

Cuando fueron redactadas estas consideraciones, Buenos Aires había adquirido su status jurídico federal hacía menos de dos décadas. El dilatado conflicto de sus límites, en cuanto a las fronteras de lo nacional y lo provincial se había dirimido en 1887 y alcanzado su expresión gráfica en el plano de los ingenieros Pedro Blot –por la Nación– y Luis Silveyra –por la Provincia– de 1888 (Fig. 3). En este contexto, la referencia a la nueva condición de la ciudad aparecía como elemento indispensable de la construcción analógica, ahora definitivamente instalada en la comprensión de los problemas urbanos y sus posibles soluciones.


Figura 3. Con la incorporación efectiva de los partidos de Flores y Belgrano y un pequeño sector del Partido de San Martín, Buenos Aires –como Capital Federal– adquiere su territorio definitivo en 1887. Fuente: Atlas de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Difrieri (dir.), Municipalidad de Buenos Aires, 1981, tomo II, p. 183.

La conocida comparación de la capital con el cerebro, es vulgar por lo mismo que es tan exacta. Todas las sensaciones e impresiones vienen a ella por el conducto de sus nervios afluentes conocidos. Va a ser éste el centro cinestésico de todo el ser político de todo el conjunto de las funciones vitales8 (Ramos Mejía 1899 [1952: 301-302]).

Con el sistema interpretativo así conformado y delimitado, es dable suponer que la inquietud más significativa de Ramos Mejía se orientase a otorgarle preeminencia y brillo al rol de la sociedad –o lo que él llama “las multitudes”– en cualquier proceso democrático, en cuanto “recurso y fuerza de los actores anónimos”. “Este fecundo pero asistemático analista de los fenómenos sociales, se hallaba convencido que sin la presencia activa de dicho sujeto plural se hacía imposible pensar en grandes cosas para la Nación” (Di Giano 2011).

Pero justamente, uno de los más graves problemas para este proyecto era Buenos Aires misma. Resolviendo la cuestión dentro de las posibilidades que prescribía el paradigma biologicista, algunos intelectuales la identificaron también con un organismo, pero de funcionamiento anómalo, cuando no monstruoso. En cierta forma, el centralismo, que en Ramos Mejía podía entenderse como una función “cinestésica” y deseable, en Manuel Ugarte aparecía como parte de las Enfermedades sociales. Imaginaos una gran ciudad –proponía–, un gran pulpo instalado en el centro de un organismo.

Sus múltiples tentáculos de vías férreas que se extienden por todas partes y llegan hasta los límites, extraen la savia de las regiones y la acarrean confusamente al estómago vanidoso y voraz que se nutre primero y rechaza los sobrantes; que distribuye, que fiscaliza, que interviene, y que ejerce sobre la actividad nacional una influencia entorpecedora y debilitante. (Ugarte 1906: 95)

La descalificación del modelo era aún más generalizada, en tanto y en cuanto incluía también a sus referentes culturales.

No se oye más que las palpitaciones de la actividad que afluye y se abisma en la portentosa Babel que lo monopoliza todo. Es un corazón que se está comiendo el cuerpo, una idea que anula la frase que la exterioriza. Sólo hay vigor en ese centro: el resto del país espera su palabra de orden para respirar. Eso es París. (Ugarte 1906: 95-96)

Del sistema crítico utilizado por Ugarte, se desprende una metáfora ejemplar y didáctica. En un principio, y como señala Eduardo Zimerman (1994:17), este “biologicismo” aportó un lenguaje común, que permitió superar ciertas barreras ideológicas entre socialistas, liberales o conservadores. No obstante, algunas líneas de pensamiento tensaron la cuerda a extremos discursivos culturalmente previsibles, aunque editorialmente inéditos, en torno a la noción de raza.

En varios sentidos, algunos autores han visto en la figura de José Ingenieros al heredero científico y espiritual de Ramos Mejía. No obstante, es observable en su obra un arrebatado viraje a posiciones mucho más radicalizadas, dentro de un discurso que no puede considerarse autónomo. Nombrado Jefe de la Clínica de Enfermedades Nerviosas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, fue docente de la Cátedra de Neurología a cargo de José María Ramos Mejía. En 1904 ganó la suplencia de la Cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras, accediendo al cargo de Profesor Titular cinco años más tarde. Por esos años comenzó su trabajo como funcionario de la Policía de la Capital, llegando a ser director del Servicio de Observación de Alienados. En 1908 fundó la Sociedad de Psicología y al año siguiente fue elegido Presidente de la Sociedad Médica Argentina.

En 1906, luego de un viaje por la costa africana, concretamente al Archipiélago de Cabo Verde y a la Isla de San Vicente, anotó:

Los hombres de raza blanca, aun en sus grupos étnicos más inferiores, distan un abismo de estos seres que parecen más próximos de los monos antropoides que de lo blancos civilizados… A la natural inferioridad de su armazón ósea agréganse (sic) todos los rasgos que exteriorizan su mentalidad genuinamente animal; las actitudes, los gestos, el lenguaje, los gustos, las aptitudes, los sentimientos de bestia domesticada, y, por fin, su mismo standard of life que, por misérrimo avergonzaría al propio antropopiteco. (Ingenieros 1906 [1957: 117])

Llevando al extremo el cuño positivista, Ingenieros no fue el único intelectual de su generación que obtuvo del darwinismo social spenceriano un discurso racista. Pero acaso fue quien lo instaló, según indica Ruy Mauro Marini (1994), en un grado máximo de cínico pragmatismo.

Las afirmaciones de Ingenieros, además de explicarse en las lógicas del prejuicio, deben contextualizarse mejor en la búsqueda ideal de una “raza argentina” como horizonte de sentido de un amplio espectro ideológico para el reformismo social (Zimmerman 1994: 109). Por un lado, existe en él la íntima convicción de que la selección natural terminará operando una “extinción agradable” y “acabará con ellos”. Por el otro, el hombre blanco civilizado deberá “protegerlos”, aislando a la raza negra del resto de la sociedad y evitando su cruzamiento. El argumento buscó ser referencial, en términos de la salud de la sociedad argentina. Su legitimidad se establecía por la preexistencia histórica de un itinerario discursivo, del cual Ingenieros no será su exponente terminal.

La propia experiencia de los argentinos ha demostrado cuan nefasta ha sido la influencia del mulataje en la argamasa de nuestra población, actuando como levadura de nuestras más funestas multitudes, según lo enseñan desde Sarmiento, Mitre, López, hasta Ramos Mejía, Bunge y Ayarragaray.9 (Ingenieros 1906 [1957: 118-119])

En sus especulaciones, el discurso de Ingenieros –y en él, la metáfora del cuerpo– regresa, no ya dentro del par dialéctico salud-enfermedad, sino entre los polos antitéticos de pureza-defecto. “La vulgaridad en el hombre … es a la mente lo que son al cuerpo los defectos físicos, la cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar y de amar, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez” (Ingenieros 1913 [2008: 70]). Más adelante completó

Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad biológica o social, encontramos una pincelada común en todos los hombres que están bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para adaptarse a las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la lucha por la vida (Ingenieros 1913 [2008: 125-126]).

Los términos con los que se refiere a su genérico Hombre mediocre, son el preludio de un objetivo bastante más general: “Hay ya elementos inequívocos de juicio para apreciar este advenimiento de una raza blanca argentina y que pronto nos permitirá borrar el estigma de inferioridad con que han marcado siempre los europeos a los sudamericanos”. Para luego agregar:

Ahora, en el ejército, en vez de indígenas y 3 gauchos mercenarios, son ciudadanos blancos los que custodian la dignidad de la nación. Dentro de quince o cien años, las consecuencias serán más importantes y son fáciles de pronosticar. En el territorio argentino, emancipado hace un siglo por el pensamiento y la acción de mil a diez mil ‘euro-argentinos’, vivirá una raza compuesta por quince o cien millones de blancos, que en sus horas de recreo leerán las crónicas de las extinguidas razas indígenas, las historias de la mestizada gaucha que retardó la formación de la raza blanca, y acaso los poemas gauchescos de Martín Fierro y Santos Vega, o las novelas de Juan Moreno. (Ingenieros citado en Zea, 1976: 324).

La mirada a la multitud –que en Ramos Mejía puede ser un “asistemático” aunque ampliamente comprensivo análisis de una sociedad, sobre la que busca una redefinición moral– con Ingenieros se limita y rebaja a una selección racial. Se trataba sin embargo de una noción contradictoria que se debatía entre la postulación de su existencia y la necesidad de su formación. De hecho, “se afirmó la existencia de una nacionalidad, de una raza concebida de forma ideal, que legitimaba y sustentaba la nación, a la que se creía dotada de una alma”, pero “paradójicamente, esta raza, cuya existencia virtual se postulaba debía, sin embargo, ser creada” (Bertoni, 2001: 311).

Si en alguna exégesis de los textos de Sarmiento se debe dudar del alcance biologicista que subyace a su concepto de raza, el ideal de Ingenieros parte plenamente de él. Pero en ambos, y con diferentes grados de argumentación, son el mestizo y el indio los que avergüenzan y a los que no les corresponde la “dignidad nacional”. Durante el Centenario verá la luz Sociología Argentina. En sus páginas se ocupará de resumir buena parte del conocimiento disciplinar desarrollado en el medio local sobre las ideas europeas más “pregnantes”. También dedicará varios párrafos a establecer su continuidad con el discurso sarmientino (“sigamos ese buen sendero que completa la gran ruta señalada por Sarmiento”) pero especialmente se detendrá en una larga exégesis de la obra de Ramos Mejía, estableciendo con él una distancia crítica10.

A esta altura, parece elemental destacar que la cuestión racial de Ingenieros tiene, desde el origen de su obra, una dimensión urbana. En eso también sigue a Sarmiento, en cuanto lo rural –o el “desierto”– es el espacio de la incultura, al que además define como el lugar de la tristeza. En Nuestra América, que publicó por primera vez en 1903 y que luego incluyó en Sociología Argentina, indicaba tempranamente que no solo era la raza el factor desencadenante de toda idiosincrasia negativa sino también el medio donde habita, ya que “el ambiente urbano es siempre y en todas partes más propicio a la alegría que el rural”. Pero una vez más, reconoce que en el propio campo la tendencia negativa puede revertirse, por acción y efecto de la inmigración europea (Ingenieros 1910 [1956: 109]).

Globalmente, en términos culturales, de diagnóstico social, de proyección política y de construcción urbana, entre los Conflictos… sarmientinos, Las multitudes… de Ramos Mejía y la Sociología… de Ingenieros, se desarrolló un segmento importante de un itinerario discursivo basado en la metáfora biológica que, lejos de cerrarse como ciclo, se abrirá para ser tomado como referente posterior.

Enemigos de la Nación, enemigos de la ciudad

Durante el último cuarto del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, el discurso médico-político, positivista y evolucionista, operó tanto en la construcción del territorio físico como en la organización de la sociedad. En ambas dimensiones, la metáfora corporal proveyó, en amplio espectro, la capacidad didáctica y la síntesis conceptual indispensables. Mediante tal discurso se trató de establecer los parámetros de organización para una sociedad desarraigada, vulnerable en su salud, frágil en su educación e inestable en su trabajo. Es por ello que el poder político había aceptado e incorporado los términos que médicos y otros profesionales de la salud le habían ofrecido. El discurso, considerado irrefutable en sus postulados científicos, se expresaba en un lenguaje superador de algunas barreras ideológicas. Su capacidad operativa también era innegable, ya que permitía individualizar, en diferentes escalas, los potenciales enemigos de la ciudad y de la Nación. Probablemente, el nombramiento en 1916, por parte de Hipólito Yrigoyen, de un médico como intendente Municipal, el patólogo Joaquín Llambías, haya sido el último acto de este higienismo militante decimonónico, que veía en sus principios una oportunidad para la regeneración de una sociedad con nuevos valores.

Terminada la época del Centenario, las resonancias de esta construcción intelectual continuaron en los años posteriores, pero mutando dentro de una sociedad más estable –a la vez más conformista y posiblemente más autoritaria–, integrada por los hijos de aquellos inmigrantes que, en apenas una generación, tenían otra posibilidad de país. En 1916, Manuel Gálvez le dará forma a su idea de una raza latina en El solar de la raza y pretenderá, en una segunda fase, que se ejerza un control autocrático y prohibitivo sobre la sociedad argentina, revelado en Este pueblo necesita, de 1934. Todavía en 1940, Alejandro Bunge propondrá en Una nueva Argentina, “crear los instrumentos sociales, espirituales y materiales para la dignificación y la mejora física de la raza” (Bunge 1940 [1984:511]). Evidentemente el proceso de corporización de la sociedad tenía, al contrario de la limitada duración humana, un efecto de larga duración en el tiempo. Es probable que esta cualidad haya sido advertida por el propio Sarmiento, en 1875, cuando al año siguiente de dejar la presidencia nacional, ya como legislador, se dirigió al Senado diciendo “La sociedad, señor presidente, es como un cuerpo que dura siglos”.

NOTAS

1. Este texto, incluido en una biografía de José Manuel Estrada, contiene una cifra controversial para el número de personas que abandonaron la ciudad: sugiere más de cien mil. Emilio Coni, indica ochenta mil. Las fuentes que utiliza Diego Armus señalan alrededor de cincuenta mil.

2. Especialmente, el importante texto de Paula Bruno (2011) recupera el discurso cultural en las figuras de Wilde, Estrada, Groussac y Holmberg y lo muestra en su verdadera magnitud dentro de un panorama diverso y plural en actitudes e intereses, para la otrora homogénea Generación del ’80.

3. Algunos autores han visto en estas nociones una constante de la cultura argentina que atravesó los siglos XIX y XX, ejerciendo su influencia en muchos discursos racistas y de odio ideológico. Por ejemplo Salessi 2000: 31-32.

4. Para una completa cronología de las epidemias de Buenos Aires entre 1853 y 1915, Armus 2000: 522 y 523.

5. Una crónica de La Nación del 10 de abril de 1871 registró el extremo de 563 defunciones solo ese día. Desde la semana anterior ese diario, junto a La Prensa instaban a la población a abandonar la ciudad.

6. En 1894, Enrique Revilla, un médico asesor de José María Ramos Mejía en el Departamento Nacional de Higiene calculó las muertes en dieciocho mil, es decir exactamente el 10% de la población de la ciudad (Salessi 2000: 87).

7. En 1875, Eduardo Holmberg publicó una novela titulada Dos partidos en lucha, una fantasía científica, ambientada durante la presidencia de Sarmiento, cuyo argumento narra la controversia entre darwinistas y antidarwinistas. En un pasaje alude a Ramos Mejía como “el médico de las enfermedades morales”.

8. La inteligencia cinestésica de un organismo es aquella que permite la unión de cuerpo y mente para el correcto desempeño físico.

9. Con Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, y la generación de José María Ramos Mejía y Carlos Octavio Bunge, Ingenieros incluyó al médico psiquiatra y político Lucas Ayarragaray (1861-1944). Andrés Kozel (2010: 368) lo ubicó en el grupo de “especialistas en nombrar los males del país” que, en amplia línea temporal, relacionó a Leopoldo Lugones, Benjamín Villafañe, Ezequiel Martínez Estrada y Julio Irazusta.

10. Ingenieros 1910 [1956: 31 y 73]. Hacia 1900, Ingenieros se quejaba del olvido al que la historia y la sociología argentina habían relegado a Conflicto y armonías de las razas de América.

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