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ARTÍCULO

Las cuencas como bordes. Palabras, nociones y procesos para una lectura del Área Metropolitana de Buenos Aires

River basins as urban fringes. Words, notions and processes for a reading of Buenos Aires Metropolitan Area

Alejandra Potocko *

* Licenciada en Urbanismo por la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Doctora en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Becaria postdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento (ICO-UNGS). Docente del Instituto de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de San Martín (IA-UNSAM).

Instituto del Conurbano, Universidad Nacional de General Sarmiento. Juan María Gutiérrez 1150. 1613 - Los Polvorines, Argentina. Email: apotocko@ungs.edu.ar

El trabajo es producto de una investigación postdoctoral que estudia las transformaciones de la cuenca del río Reconquista en relación con la materialidad del territorio, los actores, los planes y los proyectos, inscripta dentro de un proyecto del Instituto del Conurbano de la Universidad Nacional de General Sarmiento (ICO-UNGS) (PICT 2014 N.º 2501).

RECIBIDO: 13 de octubre de 2017.
ACEPTADO: 30 de noviembre de 2017.


RESUMEN

Las cuencas del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) son objeto de planes, programas y proyectos públicos, y de un creciente interés por comprender sus problemáticas como territorios insertos dentro de las lógicas de urbanización metropolitana. Habitualmente, son presentadas con palabras naturalizadas, como la de “borde”, que soslayan sus múltiples significados. En ese marco, indagamos las nociones que están por detrás de “borde” en los estudios urbanos para reconstruir –en esa clave– algunos matices de las transformaciones metropolitanas desde una perspectiva histórica. Según planteamos, pensar las cuencas como “bordes”, entendidos a la vez como el límite de la ciudad, como áreas de expansión donde se superponen las diversas lógicas de ocupación del suelo, como un espacio multiactoral y como un proceso de construcción histórica, permite entenderlas en sus propios términos para poder proponer, desde una perspectiva renovada, alternativas para su transformación.

Palabras clave: cuencas; borde urbano; Área Metropolitana de Buenos Aires; transformaciones urbanas.

ABSTRACT

The river basins of the Metropolitan Area of ​​Buenos Aires are subject to plans, programs and public projects and of a growing interest in understanding their problems as territories within the logics of metropolitan urbanization. They are usually presented using naturalized words, such as “urban fringe”, without taking into account its multiple meanings. In this framework, we look at the notions that are behind “urban fringe” in urban studies to reconstruct, from those ideas, some nuances of metropolitan transformations from a historical perspective. As we put it, thinking river basins as “urban fringes”, understood at the same time as the limit of the city, as areas of expansion where various logics of land occupation are superimposed, as a multiactoral space and as a process of historical construction, allows us to understand them in their own terms to be able to propose, from a renewed perspective, alternatives for their transformation.

Keywords: river basin; urban fringe; Buenos Aires Metropolitan Area; urban transformations.


INTRODUCCIÓN

Durante las últimas décadas, múltiples planes, programas y proyectos de intervención estatal, como los recientes planes de manejo integral desarrollados y ejecutados por comités creados ad hoc, buscaron mejorar las condiciones ambientales y de vida en las cuencas del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Tales iniciativas se propusieron reducir el riesgo de inundaciones, sanear ríos y arroyos de la contaminación industrial, erradicar basurales, urbanizar asentamientos precarios y dotar de infraestructura de agua y cloacas al área urbana. Pero a pesar de los logros alcanzados y de los saldos pendientes –principalmente en materia ambiental–, tales esfuerzos no han podido revertir las condiciones de esas cuencas, que históricamente se han construido como un espacio particular que no se identifica con la ciudad, pero que forma parte de ella.

Esos temas de agenda se vinculan con un creciente interés por comprender cómo se ocupan las cuencas Matanza-Riachuelo, Reconquista y Luján, cuáles son los problemas que las afectan y cuáles son sus alternativas de transformación. En este sentido, una amplia variedad de trabajos de fecha reciente han realizado significativas contribuciones al conocimiento de las cuencas como territorios insertos dentro de las lógicas de urbanización metropolitana. Más aún, algunos autores desarrollaron nociones que permitirían dar cuenta de problemáticas y perspectivas de análisis emergentes (Novick, 2015). La ecología urbana propuso, por ejemplo, el concepto de “áreas de criticidad urbano-ambiental” (Herrero y Fernández, 2008); la geografía urbana desarrolló nociones como la de “territorios de borde” (Bozzano, 2000); mientras miradas desde la historia territorial propusieron entender a estos como “territorios líquidos” (Silvestri y Williams, 2016) o “territorios heterotópicos” (Williams, 2017). Mientras detrás de esas representaciones de las cuencas hay proposiciones teórico-metodológicas explícitas, es habitual que la bibliografía utilice palabras “naturalizadas” como la de “borde”, que soslayan sus múltiples significados (Novick y Favelukes, 2016).

En ese marco, nos propusimos repensar las cuencas del AMBA como bordes de la ciudad indagando primero las nociones que están por detrás de la palabra, y abordando luego algunos matices de las transformaciones metropolitanas desde una perspectiva histórica. Según planteamos, pensar los territorios de las cuencas “en sí” e intentar entender cómo llegaron a ser como son (Novick, 2011) requiere, tal como sugiere Williams (2017), de un ejercicio de “reencuadre” de la historia de la urbanización de Buenos Aires que pondere su soporte natural. Creemos, dicho en otras palabras, que poner el foco sobre los ríos y las cuencas como “bordes” –entendidos a la vez como el límite de la ciudad, como áreas de expansión donde se superponen las diversas lógicas de ocupación del suelo, como un proceso de construcción social y como un espacio multiactoral– permite dar cuenta de condiciones y procesos históricos que le son propios y matizar muchas de las interpretaciones que se escriben en las historias acerca de la metropolización de Buenos Aires.

El texto se organiza en tres partes. En primer lugar, repasamos palabras y nociones poniendo particular énfasis en las que remiten a “borde”; luego, examinamos el rol de las cuencas en las transformaciones del AMBA; y, finalmente, reflexionamos sobre las lecturas que habilita la mirada de las cuencas como bordes.

PALABRAS Y NOCIONES

Una preocupación recurrente de los estudios urbanos es la de designar con nuevos términos los fenómenos de nueva generación, o aquellos que no son tan nuevos, pero que son objeto de reinterpretaciones y de nuevas perspectivas de análisis. El interés por nombrar las cosas mediante nuevas palabras, nociones y metáforas radica, en esencia, en el intento por darle sentido práctico y teórico a lo que observamos (Soja, 2004). Esto nos permite interpretar las especificidades de cada caso –de algún modo, diferenciar “esto” de “aquello”– y, en ocasiones, generalizar, comparar, hacer dialogar hallazgos, teorías, ideas. Se trata, como sugiere Indovina (2004), de realizar una comprobación en el contexto de los conceptos interpretativos, de lo que observamos en el contexto real y de la explicación de sus causas y dinamismos.

En las últimas décadas, asistimos a la emergencia de una gran cantidad de neologismos y metáforas que buscan designar las transformaciones urbanas recientes, que aluden a procesos, formas y espacios que, en la medida en que se diferencian de fenómenos pretéritos, requieren de nuevas categorías intelectuales para ser entendidas. En particular, las periferias emergentes de los procesos recientes de expansión urbana son representadas con un nuevo léxico, como objetos de indagación central de los estudios urbanos (De Mattos, 2001; Monclús, 1998; Soja, 2004, entre otros). La idea dominante de esos trabajos es que tanto los procesos de urbanización como la morfología de los usos del suelo desafían a los clásicos modelos utilizados para entender la ciudad, cimentados sobre la oposición centro-periferia, ciudad-suburbio o urbano-rural. Partiendo de que las ideas de “suburbio” o “periferia” homogeneizan el territorio y achatan su complejidad (Hamel y Keil, 2016), algunos autores sugieren el uso de nuevas palabras, como “espacio marginal”, “espacio residual”, “brecha urbana”, “intersticio”, “entre-ciudad” o “borde”. Si bien cada una de las nociones que están por detrás de esas palabras traen implícitas premisas teórico-metodológicas particulares (Ballén-Velásquez; 2014), permitirían dar cuenta de las especificidades propias de un tipo de territorio y de sus procesos de transformación, que tienen la característica de responder a lógicas que no son las asociadas con lo urbano, lo tradicionalmente suburbano o lo genéricamente periférico.

Ciertamente, la palabra “borde” se ha convertido en una referencia muy utilizada entre los expertos de las cuestiones urbanas (Silvestri, 2013) que, sin llegar a constituirse como una categoría territorial –tal como aspiran algunos estudios (Villamizar-Duarte y Sanchez, 2012)–, se presenta como una noción incierta e inestable, pero al mismo tiempo productiva para dar cuenta de la dinámica metropolitana, en asociación con una multiplicidad de procesos.

Habitualmente, designa el extremo, límite o frontera de la ciudad, ya sea como una línea o como un área. En términos morfológicos y funcionales, es el lugar donde la ciudad llega a su fin y comienza otra cosa que no es ciudad (el campo, un paisaje natural). En ese sentido, los bordes son los espacios donde la trama urbana se desdibuja. Carecen de atributos propiamente urbanos, tales como la cobertura de servicios e infraestructuras urbanas (redes de energía, agua, saneamiento, equipamientos sociales, etc.) (Allen, 2003); o, como los define Horacio Bozzano (2000, p. 85) es allí “donde los efectos de la aglomeración urbana se reducen o son menos evidentes”.

Desde una mirada inversa –aunque no excluyente respecto de la anterior– los bordes suelen ser entendidos como las áreas de expansión de la ciudad que son “parte medular de su transición, crecimiento y evolución” (Ramírez Velázquez, 2007, p. 70). Se trata de espacios considerados desde sus formas heterogéneas, anchos irregulares y localización variable que se encuentran en proceso de subdivisión de la tierra e incorporación a la ciudad, que dan por resultado una morfología particularmente difusa y un paisaje en constante transformación (un “paisaje efímero”, en palabras de Qviström y Saltzman [2007]). En este sentido, el “borde urbano” suele utilizarse como sinónimo de “periurbano”, “rururbano”, “borde urbano-rural”, “frontera campo-ciudad”, o “interfase periurbana”, entre otros (Barsky, 2005; Di Pace, Crojethovich Martin y Barsky, 2004), para dar cuenta, desde un enfoque sistémico, del espacio de interacción entre la ciudad y lo rural, donde se dan los intercambios energéticos y los equilibrios y desequilibrios ambientales que estos conllevan (Allen, 2003).

Desde otra perspectiva, Novick y Favelukes (2016) revisaron las palabras y nociones mediante las cuales se designaron los bordes de Buenos Aires en los medios eruditos y técnicos y en las representaciones cartográficas. Desde la fundación de la ciudad hasta la actualidad, es posible reconocer a los bordes en relación con los procesos de expansión urbana entendidos como “extramuros”, “fronteras ampliadas”, “área metropolitana” y “periurbano”, de acuerdo a los temas y problemas que se fueron planteando en cada momento histórico.

El borde como área de expansión es también una mirada que los instrumentos de ordenamiento territorial tienden a enfatizar cuando proponen “cinturones verdes” como estrategias de contención de la urbanización (Amati, 2008) o cuando diferencian áreas o polígonos susceptibles de incorporación al ámbito de la ciudad como “áreas complementarias”, “áreas de ensanche” o “zonas de reserva”, términos que se adscriben a una categoría territorial afín a la planificación urbana (Villamizar-Duarte, 2014). Así, las acciones de ordenamiento de los bordes plantean dos discursos principales: el de su disolución o el de su redefinición (Villamizar-Duarte y Sánchez, 2012). Los instrumentos desarrollados desde la década de 1990 para las áreas de expansión de Bogotá ilustran esas ideas, puesto que la palabra fue progresivamente utilizada para delimitar y ordenar las áreas de urbanización informal en las periferias de la ciudad, y en particular en las áreas de reserva forestal (Ballén-Velásquez, 2014; Toro Vasco, 2005).

Sean lugares donde la ciudad termina o donde se va expandiendo –o, paradójicamente, en ambas situaciones–, es común que la bibliografía los presente como espacios heterogéneos que resultan de la agregación de una amplia variedad de usos del suelo y patrones de ocupación cuya continuidad no está resuelta. En este sentido, son caracterizados como “mosaicos” o “paisajes híbridos” (Stan, 2013), compuestos por piezas más o menos autónomas que resultan de la convergencia de diferentes actores e intereses, y que a su vez revelan las relaciones –habitualmente conflictivas– que entre ellos se establecen. Se trata de usos para los cuales los bajos costos de las tierras se presentan como una oportunidad, como en las urbanizaciones cerradas, los grandes centros comerciales y los asentamientos precarios. También en ellos coexisten una multiplicidad de usos que no encuentran lugar en la ciudad, ya sea porque contaminan el paisaje y el ambiente natural, o porque requieren de grandes superficies. Tales usos pueden ser los parques industriales, los nodos logísticos, los aeropuertos, las penitenciarías, los cementerios o los rellenos de basura. En suma, se trata de usos del suelo diferentes a los que se dan en los espacios netamente urbanos, en los estrictamente rurales o en los naturales que circundan la ciudad, aunque es común que se presenten junto a usos agrarios intensivos o relictos de espacios rurales y naturales que aún no han sido ocupados (Bozzano, 2000).

Esas formas de ocupación suelen asociarse a diferentes problemáticas relacionadas con la fragmentación socio-espacial del territorio, la degradación ambiental que deriva del consumo de suelo productivo, la pérdida de la biodiversidad de áreas naturales y la contaminación de los ambientes naturales, el déficit de cobertura de servicios e infraestructuras urbanas y la limitada accesibilidad y conectividad.

Con relación a usos y conflictos, una postura sostiene que, si en los bordes convergen y se superponen elementos con diferentes características, es posible pensarlos como “una nueva entidad territorial” (Torres Tovar y López-Franco, 2014). Algunos trabajos consideran que, a pesar de las permanencias de larga duración que tensionan por no modificarse, se trata de espacios en proceso de transformación a partir de la actuación e interacción entre una multiplicidad de actores y lógicas que se encuentran entre lo urbano y lo no-urbano (por lo tanto, habitualmente denominados espacios “entre-ciudad” (Sieverts, 2003) o “intersticios urbanos” (Brighenti, 2013a). En relación con esos procesos, es posible recuperar la dimensión cultural al centrar la atención en el modo en que se construye cognitiva, cultural y políticamente el espacio a través del tiempo (Ballén-Velásquez, 2014). En ese sentido, los bordes se definen desde su condición física y geográfica (su ubicación en la ciudad, morfología y funciones), pero también como un espacio multiactoral en el cual se despliega una territorialidad dada (Brighenti, 2013b).

Ahora bien, ¿es posible pensar las cuencas del AMBA como bordes de la ciudad? Horacio Bozzano (2000) sugirió la noción de “territorios de borde” como un concepto más abarcativo que las clásicas nociones de “periurbano” para dar cuenta no solo de las áreas de contacto entre lo urbano y lo rural, sino también de aquellos “bordes internos” o “intersticios urbanos” que se encuentran libres, son inundables, están ambientalmente deteriorados o son lugares de radicación de grandes equipamientos e industrias. Muchos de esos espacios se identifican con las cuencas del AMBA.

No obstante, la bibliografía suele utilizar la palabra “borde” de forma naturalizada para referirse a estos particulares territorios de la metrópolis, habitualmente como una figura polar que los contrapone a la ciudad tradicional. En ese marco, siguiendo a Novick y Favelukes (2016), pensar las cuencas como “bordes” en sus propios términos –es decir, como límite físico de la ciudad, área de expansión, área de oportunidad para una amplia variedad de usos del suelo y espacio multiactoral en el cual se despliega una territorialidad dada– interpela los modos de pensar las transformaciones metropolitanas en la larga duración.

LAS CUENCAS DEL AMBA

La literatura sobre la conformación de Buenos Aires y, en particular, la que recorre las transformaciones de su expansión metropolitana desde principios del siglo XX hasta la actualidad, ofrece una amplia variedad de perspectivas que pusieron el foco tanto en el carácter estructurador de los ejes ferroviarios y viales, como en las políticas de fomento a la industrialización, en las leyes de uso y ocupación del suelo, y en las dinámicas macroeconómicas que tuvieron implicancias en las formas de ocupar el territorio. En esas historias, la topografía y la hidrografía de las cuencas del AMBA tendieron a ser consideradas como un soporte natural “de fondo” sobre el cual se asentó la ciudad y se soslayó que tuvieron un rol clave en los procesos de ocupación del suelo en cada momento histórico (Potocko y Novick, 2017).

Algunos autores, como Elena Chiozza (desde la geografía física) o Fernando Pereyra (desde la geomorfología del suelo), recuerdan que la región de Buenos Aires se constituye a lo largo de la costa del Río de La Plata y se organiza en torno de tres grandes ríos: el Matanza-Riachuelo, el Reconquista y el Luján, que atraviesan el territorio pampeano. Tienen sus nacientes en tierras altas (aproximadamente 30 m.s.n.m.) y discurren con una pendiente baja en dirección sudoeste-noreste por planicies aluviales hacia sus desembocaduras en tierras bajas (cotas menores a 5 m.s.n.m.), en un recorrido de múltiples meandros que configura extensas áreas de bañados y lagunas (Nabel y Pereyra, 2001). Se trata de ejes estructurantes de las cuencas hídricas que llevan sus nombres, que se delimitan por las líneas divisorias de aguas e incluyen una gran cantidad de arroyos tributarios de diferente caudal. Pero a pesar de compartir condiciones geomorfológicas, las tres cuencas tuvieron a lo largo del tiempo un protagonismo diferente en las transformaciones del AMBA, dado principalmente por el lugar que ocuparon respecto del área central, los subcentros metropolitanos y sus periferias.

Primero fue el Riachuelo y sus áreas de bañado, una frontera de la ciudad de Buenos Aires. Mientras el pequeño núcleo fundacional se emplazó sobre una terraza alta en las costas del Río de La Plata, las tierras que se encontraban al pie de la barranca y próximas al Riachuelo fueron ocupadas en su condición de embarcadero natural del incipiente caserío y concentraron las actividades de los saladeros. Las tierras de los ríos Reconquista y Luján, en contraste, estaban muy alejadas de esos procesos. Habían sido repartidas en suertes y chacras organizadas de acuerdo a “pagos” correspondientes con las cuencas hídricas, que utilizaron los cursos de agua como insumo para la producción agrícolo-ganadera y como una posible vía navegable. Pero incluso dentro de ese inicial esquema de subdivisión del territorio, que ponderaba los recursos hídricos, no todas las tierras tuvieron el mismo carácter. Mientras las “suertes de estancia principal”, las “cabezadas” y las “sobrecabezadas” se configuraron de acuerdo a un gradiente de mejores a peores condiciones para la ganadería, las “suertes de bañado”, que se correspondían con las cuencas inundables, constituían “mercedes de sobras” libres al uso común que no tenían ningún valor productivo para la repartición de tierras (De Paula, 2009).

A esa configuración territorial se superpuso un sistema de pequeños centros poblados emplazados sobre las tierras altas que habían surgido de los caminos reales que hacia el sur, el oeste y el norte vadeaban los ríos y arroyos de la región. El que se extendía hacia el sur cruzaba el Riachuelo; el que lo hacía hacia el oeste atravesaba el Reconquista, y el del norte remataba en el puerto de Las Conchas (actual Tigre) sobre la desembocadura del Reconquista al Luján. Mientras esas líneas se convertirían en los prominentes ejes de expansión de Buenos Aires, reforzados desde mediados del siglo XIX por el tendido de los ferrocarriles, los amplios valles de inundación seguían desocupados. En efecto, dado que eran tierras afectadas recurrentemente por los desbordes de los ríos, constituían un obstáculo al trazado de caminos y la fundación de nuevos poblados.

Esa condición de obstáculo a la expansión urbana y frontera de la ciudad fue reforzada por la definición de los límites jurídico-administrativos, tanto de la ciudad capital, donde el Riachuelo ofició de límite sur, como en la Provincia de Buenos Aires, donde a falta de otros accidentes geográficos importantes, los tres ríos se constituyeron en líneas divisorias de los partidos bonaerenses.

Pero a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, las tierras bajas se fueron ocupando. Sobre la base del crecimiento poblacional e industrial sostenido, el Riachuelo fue sede de frigoríficos, curtiembres, astilleros y fábricas de variados productos. Las tierras bajas y anegables fueron foco de actividades, como basurales, quemas y mataderos, que requerían de grandes superficies, producían olores y residuos, y contaminaban las aguas, el suelo y el aire. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a aparecer también los barrios populares y de inmigrantes que lo consagraron como un espacio de servicios, como el margen de la ciudad consolidada (Silvestri, 2003).

Las amplias llanuras aluviales de los ríos, por estar aún vacantes, también fueron sitios propicios para la instalación de grandes piezas metropolitanas, como el complejo militar Campo de Mayo en el tramo medio del Reconquista, o la “operación” Ezeiza, que incluía el aeropuerto, en la cuenca alta del Matanza. Las intervenciones en Ezeiza –ejecutadas entre fines de la década de 1940 y comienzos de la de 1950– incluyeron un plan de forestación de las tierras inundables, cuyo propósito fue aumentar la permeabilidad del suelo para absorber los excedentes hídricos en momentos de desbordes del río; un conjunto de equipamientos recreativos; barrios residenciales, como Ciudad Evita y Barrio Uno; y un parkway de acceso (Ballent, 1999). Si bien este gran proyecto abrió el camino de la suburbanización del sudoeste de la ciudad, también restringió la ocupación de las tierras más bajas, en una amplia cuña verde muy fácil de identificar en imágenes satelitales actuales, que sigue siendo clave para la regulación hídrica de la cuenca.

Hacia mediados de siglo, mientras los centros suburbanos se habían consolidado en las terrazas altas a partir de las estaciones ferroviarias, las tierras bajas se construían rápidamente, pero con otras lógicas relegadas de la ciudad. Allí se fueron radicando las industrias contaminantes que vertían sus residuos en los ríos, los barrios populares de precarias condiciones habitacionales, conjuntos de viviendas de interés social (Lugano, Soldati y Piedrabuena en el ámbito del Riachuelo) y las primeras “villas miseria” vinculadas a los sitios de vaciadero de basura sobre las orillas y las tierras bajas del Riachuelo (como el Bañado de Bajo Flores), y en la amplia llanura aluvional del Reconquista, como es el caso de las del bajo Boulogne o las de José León Suárez en San Martín. Entre las tierras más altas y las de cota menor, el territorio fue paulatinamente ocupado sobre una trama que se extendía apoyada sobre las vialidades, aunque sin la necesaria cobertura en infraestructuras y servicios urbanos, que afectó inevitablemente la calidad ambiental de los ríos.

El rio Luján, por su parte, se fue transformando más lentamente, a pesar de las fundaciones tempranas de las ciudades cabeceras (Mercedes data de 1752, Luján de 1755 y Pilar de 1772) y de las industrias que se fueron radicando sobre ambas márgenes del río.

A mediados de la década de 1970, cuando la expansión metropolitana se desaceleró, la urbanización fue completando los intersticios vacantes que quedaron entre los principales ejes de movilidad, al mismo tiempo que algunas obras hidráulicas reducían el riesgo de inundaciones. En ese contexto, las tierras inundables se siguieron ocupando, a pesar de que la Ley 8.912 de Ordenamiento Territorial y Usos del Suelo de la Provincia de Buenos Aires del año 1977 prohibía el parcelamiento de tierras bajas. A los usos ya propios de esos bordes ocupados en las décadas anteriores, se sumaron otros nuevos, como centros comerciales, hoteles de lujo, complejos de oficinas y urbanizaciones cerradas, que aprovecharon el bajo valor de las tierras para desplegar estrategias destinadas a los sectores de mayores recursos. Para ello, realizaron grandes inversiones en infraestructura hidráulica y en movimientos de suelo que les permitieron transformar esas tierras inundables en lugares aptos para la urbanización. Fue precisamente a partir de las transformaciones producidas por esas lógicas que el río Luján y sus amplios humedales adquirieron protagonismo en los procesos recientes de expansión metropolitana de Buenos Aires (Pintos y Narodowski, 2012).

Las transformaciones producidas por la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE) desde la década de 1970 merecen una mención aparte, pues, si bien las cuencas ya eran utilizadas como sitios de disposición e incineración de basura (principalmente en los bajos del Riachuelo, donde desde el siglo XIX funcionaba La Quema), a partir de la creación de la CEAMSE, la cuenca del Reconquista (principalmente) y la del Matanza (en menor medida) se presentaron como piezas clave para la gestión de los residuos sólidos urbanos. La empresa estatal, creada en los primeros años de la dictadura, atendería tres cuestiones orientadas a reestructurar el espacio metropolitano: la disposición de residuos sólidos urbanos que se realizaba a cielo abierto y se quemaba sin regulación, el control de la expansión metropolitana y la falta de espacios verdes y de recreación. A pesar de que el proyecto no fue completado, la idea original era establecer un medio-anillo verde de 150 km a lo largo del eje del Reconquista que atravesara la cuenca del Matanza a la altura de González Catán. Con sus cabeceras en el Parque de la Reconquista y en el Parque Pereyra Iraola, delimitaba un arco de tierras baratas (coincidente con las de las cuencas inundables) a ser objeto de relleno sanitario, habilitado como espacio verde de escala regional e interconectado mediante una red de autopistas. La idea de un sistema de rellenos verdes en las cuencas se imaginó como un espacio ordenado e higiénico, “reflejo de una imagen de la metrópoli caracterizada esencialmente por su centro y su borde” (Carré y Fernández, 2013, p. 55).

En suma, las transformaciones del AMBA que hemos intentado reconstruir desde una perspectiva histórica centrada en las cuencas dan cuenta de que esas líneas de agua y sus “territorios fluviales” (Williams, 2017), atravesados por una multiplicidad de riachos, arroyos, lagunas y bañados temporales y permanentes, fueron al mismo tiempo obstáculos para el avance de la urbanización, límites político-administrativos, sedes de usos muy heterogéneos, áreas de oportunidad y espacios de actuación multiactoral. Esas tierras bajas afectadas por recurrentes inundaciones –en contracara de las altas que estructuraron el trazado de las redes de los ferrocarriles y las vialidades– fueron sedes de localización de las industrias, los basurales, los barrios populares, la reproducción de villas y asentamientos.

En fin, pensar las cuencas como bordes nos muestra que estos “bordes” no estuvieron dados ni preexistieron a la ciudad, pues se fueron construyendo en un proceso de muy largo aliento que remite tanto a representaciones culturales, como a políticas públicas, a lógicas empresariales, a las alternativas al alcance de los excluidos del mercado y a la superposición de una multiplicidad de actividades que produjeron su degradación ambiental.

LECTURAS

Las palabras y las caracterizaciones que remiten a “borde” buscan designar con nombre propio a territorios particulares que no se identifican con la ciudad, pero que de alguna manera forman parte de ella. De acuerdo a sus múltiples significados y usos, los “bordes” son un lugar físico donde la ciudad llega a su fin y pierde ciertos atributos considerados urbanos; y, al mismo tiempo, donde esta se expande y va incorporando suelo. En cuanto área de expansión, suma fragmentos de usos muy heterogéneos, como barrios residenciales, grandes equipamientos e infraestructuras, que remiten a una amplia variedad de actores y lógicas, que habitualmente se presentan en conflicto y en relación con procesos de fragmentación socio-espacial, degradación del medioambiente y consumo de suelo productivo. Algunos estudios argumentan que en los “bordes” se despliega una territorialidad específica, que no necesariamente es figura opuesta de la ciudad o de lo rural o de lo natural que la circunda, sino una que le es propia. La palabra y sus significados resultan pertinentes como noción territorial capaz de comprobar en el plano de las ideas y de los conceptos interpretativos lo que es posible observar en las transformaciones del territorio, sus causas y dinamismos. De algún modo, como dijimos, se trata de una noción incierta y atravesada de ambigüedades, pero productiva.

A partir de esas consideraciones, hemos intentado reencuadrar la historia de la urbanización de Buenos Aires, repensando las cuencas Matanza-Riachuelo, Reconquista y Luján como “bordes” en las transformaciones del territorio metropolitano.

La cuenca Matanza-Riachuelo, próxima al centro de la capital, fue primero localización del puerto, luego de industrias, basurales y quemas o barrios marginales que, al igual que equipamientos públicos e infraestructuras, encontraban condiciones de posibilidad en esas tierras bajas. La del Reconquista, en cambio, tuvo protagonismo a partir del primer ciclo de expansión metropolitana. Allí se desplegó el marco para un proyecto de rellenos sanitarios que intentaría construir un anillo de regulación de la expansión de la ciudad. Finalmente, el valle de inundación del Luján adquirió mayor visibilidad en las últimas dos décadas, con las urbanizaciones cerradas. Es cierto, como sostiene la bibliografía, que la urbanización de Buenos Aires ocupó con prioridad las tierras altas; pero a medida que la ciudad avanzaba sobre el territorio, fue cualificando y ocupando esos terrenos bajos, a veces inundables y contaminados, excluidos del mercado inmobiliario. Desde esa perspectiva, las cuencas operaron como “bordes” sucesivos de la ciudad, como –recurriendo a una noción histórica– “extramuros” de la ciudad consolidada.

Cabría preguntarse, entonces, qué aporte se puede hacer desde esta óptica a las múltiples perspectivas de análisis y estrategias de intervención que se formulan en torno de estos territorios problemáticos del AMBA. Una amplia bibliografía ha construido relevante conocimiento acerca de los problemas de ríos y cuencas, que se suman a los numerosos planes y proyectos públicos en los cuales prevalece la idea de la gestión integrada del territorio, como instancia superadora de las políticas sectoriales que históricamente segmentan los modos de mirar y operar. Sin embargo, tanto las miradas sectoriales como las integrales –imprescindibles para abordar algunos problemas, como la contaminación de los recursos hídricos, las inundaciones o la provisión de redes de saneamiento– pueden ser insuficientes a la hora de aprehender la singularidad de esos territorios. En ese punto, considerar las cuencas como “bordes” se presenta como un recurso complementario a otras lecturas posibles.

Según planteamos, su condición de “borde” no está dada solamente por un lugar físico, una ubicación o una morfología de usos, ni tampoco es un estado de transición, como puede pensarse de los bordes periurbanos. En cambio, pensar las cuencas como “bordes” remite, sobre todo, a una construcción de larga duración. Es ese reconocimiento el que permite dar cuenta de la multiplicidad de lógicas y actores que intervienen en las transformaciones del territorio metropolitano. En otras palabras, se trata de hacer de las cuencas territorios legibles, considerando su temporalidad, intentando entenderlas en sus propios términos para poder proponer, desde una lectura renovada, alternativas para su transformación.

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Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas “Mario J. Buschiazzo”.
Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo; Universidad de Buenos Aires.

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