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ARTÍCULO

Modernidad, identidad y arquitectura: los debates regionalistas en América Latina (1983-1989)

Modernity, identity, and architecture: Latin American debates on regionalism (1983-1989)

Juan Sebastian Malecki *

http://orcid.org/0000-0002-3699-6175

* Licenciado en Filosofía y Doctor en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Magíster en Estudios Ibéricos e Iberoamericanos por la Universidad Católica (KU) de Lovaina (Bélgica). Investigador Asistente de Conicet. Profesor Asistente de Historia de la Arquitectura III, Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño y de Historia Argentina 2, Escuela de Historia, Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC). Su área de trabajo es la historia de la arquitectura, la ciudad y el urbanismo en la Argentina del siglo XX. Ha publicado artículos en revistas nacionales e internacionales.

Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño; Facultad de Filosofía y Humanidades; Universidad Nacional de Córdoba (UNC) – Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnias (CONICET). General Bustos 672. Barrio Cofico (5000) Córdoba, Argentina. E-mail: j.sebamalecki@gmail.com

El artículo forma parte de la investigación desarrollada en el Instituto de Humanidades (IDH) CONICET-CÓRDOBA, titulada “La historia en cuestión. Cultura, política y arquitectura en la historiografía de la arquitectura argentina, 1974-2004”.

RECIBIDO: 29 de julio de 2020.
ACEPTADO: 29 de diciembre de 2020.


RESUMEN

Andreas Huyssen menciona que entre los setenta y los ochenta se produjo un giro hacia el pasado en la cultura modernista. La cultura arquitectónica no fue ajena a este giro. Entre las diversas formas que adoptó, la cuestión del regionalismo fue, quizás, una de las que mayor repercusión tuvo en América Latina. Y es que bajo dicho rótulo se dio una discusión en la que se superpusieron las críticas a la ortodoxia de la arquitectura moderna, el debate sobre la crisis de la modernidad y la pregunta por la identidad.
El presente artículo busca reconstruir parte de los debates sobre el regionalismo que se dieron en América Latina, centrándose en sus fuentes teóricas y sus formas de articulación, con la intención de dar cuenta de la circulación de ideas arquitectónicas de la época.

Palabras clave: regionalismo; América Latina; modernidad; identidad.
Referencias espaciales y temporales: América Latina; 1970; 1980.

ABSTRACT

Andreas Huyssen mentions that between the seventies and eighties a turn towards the past took place in the modernist culture. The architectural culture was not alien to that turn. Among the different forms it took, regionalism was, perhaps, one of the greatest impacts in Latin America. It was under that label that the discussion about modern architectural orthodoxia critique, the crisis of modernity and the question for identity took place.
Focusing on the theoretical sources and their articulation, this paper aims to reconstruct part of the Latin American debates on regionalism to show the circulation of architectural ideas of the time.

Key words: regionalism; Latin America; modernity; identity.
Space and time references: Latin America; 1970; 1980.


Presentación

Andreas Huyssen menciona ([1990] 2007) que hacia finales de los setenta se produjo un giro hacia el pasado en la cultura modernista y un auge de los discursos sobre la memoria. La cultura arquitectónica -o por lo menos buena parte de ella- no fue ajena a este giro, aunque el mismo debe ser enmarcado dentro de sus propios tiempos y modos disciplinares. Entre las diversas formas que adoptó dicho giro en América Latina, la cuestión del regionalismo fue, quizás, una de las que mayor repercusión tuvo.1 Y es que bajo dicho rótulo se dio una discusión en la que se superpusieron las críticas a la ortodoxia de la arquitectura moderna, el debate sobre la crisis de la modernidad y la pregunta por la identidad. Todo ello estuvo acompañado de la creación y consolidación de redes internacionales, como las que surgieron a partir de los Seminarios de Arquitectura Latinoamericanos (SAL), por el apoyo y el impulso de un número importante de revistas -Summa de Argentina, ARS de Chile o Escala de Colombia- y de editoriales -como Gustavo Gili de España-, que dan cuenta del extraordinario éxito y difusión que tuvo el tema.

El presente artículo buscará reconstruir parte del debate sobre el regionalismo, prestando particular atención a sus fuentes teóricas y sus formas de articulación.2 Para ello, se tomará como marco temporal el encuentro de Caburga (Chile, 1983) y el IV SAL (México, 1989), ya que entre estos dos eventos se produjeron los principales aportes al tema. Esto permitirá dar cuenta de la circulación de ideas arquitectónicas, en el que resulta notable un vuelco hacia la filosofía o la reflexión filosófica, aunque se hiciera en sede sociológica -por ejemplo, sobre los fundamentos de la modernidad-, en contraposición con el peso que había tenido la sociología en los debates de los setenta. ¿Cómo se articulaba el regionalismo con la crisis de la modernidad y la pregunta por la identidad? ¿Qué se entendía por una y otra? Precedido por un debate internacional en torno al regionalismo crítico de Kenneth Frampton (1983), que procuraba ser una respuesta a la crisis de las vanguardias, en el que América Latina era entendida como reducto de creatividad y negatividad que le permitiría cumplir el papel de “retaguardia” y “resistencia”,3 la hipótesis que se quisiera proponer es que, en América Latina, el debate se formuló bajo otras coordenadas. En primer lugar, a diferencia del texto de Frampton que se ofrecía como una salida a la crisis de la modernidad, en América Latina primaba más bien una crítica a ésta. Crítica que señalaba el carácter importado de una modernidad que era equiparada a la Ilustración y en la que entraban, además, desde el liberalismo político hasta la arquitectura moderna. En segundo lugar, todo el debate muestra un notable provincialismo, no sólo porque las referencias a la filosofía o a la sociología estaban desactualizadas, sino también porque mostraban una desconexión, con algunas pocas excepciones, respecto a los debates contemporáneos en las ciencias sociales latinoamericanas que igualmente problematizaban la modernidad del continente. Incluso son escasas las referencias a la “filosofía latinoamericana” o a las teorías postcoloniales, con las cuales mostraba una importante afinidad terminológica e ideológica. En tercer lugar, el regionalismo fue pensado como una oportunidad para superar el esquema centro/periferia, pero en sus distintas formulaciones sólo lograba invertir la valorización entre los polos, pero no desarmar su estructura valorativa.

Los primeros Seminarios de Arquitectura Latinoamericana (SAL)

El debate latinoamericano sobre el regionalismo tuvo su “comienzo” en Buenos Aires en 1985, más precisamente en el marco de la primera Bienal de Arquitectura, aunque algunas de esas discusiones ya se llevaban adelante en Chile desde finales de los setenta, particularmente en torno al Centro de Estudios de Arquitectura (CEDLA), como se retomará más adelante. A partir de aquel momento, comenzaron a publicarse los trabajos que conformaron el núcleo de posiciones respecto al regionalismo, al tiempo que se sucedían los SAL , que servían para discutir esas posturas, para consolidar redes y para posicionarse como punto de referencia. Sus principales referentes fueron argentinos (Marina Waisman, Ramón Gutiérrez, Roberto Fernández) y chilenos (Enrique Browne, Cristian Fernández Cox), con la participación de colombianos (Silvia Arango), brasileños (Ruth Verde Zein) y mexicanos (Antonio Toca Fernández). No parece azaroso que, a partir de la Bienal de Buenos Aires, la discusión sobre el regionalismo tomara fuerza, en tanto la ciudad mostraba una escena dinámica, mientras la mayoría de los países del cono sur seguían bajo dictaduras militares. Con el retorno democrático en 1983, se desencadenó una efervescencia que afectó a diversos sectores sociales y culturales, entre ellos, la cultura arquitectónica que multiplicó los espacios de debate y discusión, particularmente en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FAU-UBA), que vio volver a muchos de sus docentes expulsados en 1976. De todas maneras, los años previos tuvieron una intensa agenda de iniciativas, debates y visitas internacionales, incluso a pesar de las duras condiciones impuestas por la dictadura. La revista Summa, La Escuelita, el Centro de Arte y Comunicación (CAyC) o la Sociedad Central de Arquitectos (SCA) fueron algunos de los espacios más dinámicos del momento.

La Bienal de Buenos Aires, precedida por varias otras realizadas en América Latina, fue organizada por Jorge Glusberg desde el CAyC en mayo de 1985. Las principales actividades consistieron en conferencias, paneles y exposiciones protagonizadas por prestigiosos arquitectos internacionales –Oriol Bohigas, Mario Botta, Jean Nouvel-. Si bien habían numerosos arquitectos latinoamericanos invitados, éstos ocuparon un lugar secundario en la programación oficial. Esta situación fue propicia para que Summa y la FAU-UBA propusieran la realización de un Seminario de Arquitectura Latinoamericana en el marco de la Bienal. El apoyo de Summa no es un dato menor, ya que ésta era, desde su aparición en 1963, la principal revista de arquitectura del país y una de las más importantes de América Latina. Si al principio la revista estuvo enfocada en las relaciones entre diseño y arquitectura, en los setenta fueron predominantes los temas de la “participación” y la “vivienda masiva”, mientras que hacia finales de esa década ganaron espacio las cuestiones relacionadas con el ambientalismo, la preservación, el patrimonio y la historia. La incorporación de Alberto Petrina y Julio Cacciatore como colaboradores reforzaron la presencia de estos últimos temas y marcaron, además, una mayor cercanía con las posiciones “nacionales y populares” que predominaban en la FAU-UBA. El entusiasta apoyo de Lala Méndez Mosquera -directora de Summa desde 1965- resultó en una suerte de giro de la revista hacia posiciones regionalistas.

El número 212 de mayo de 1985 de Summa estuvo pensado como “base de discusión” para el seminario que iba a tener lugar en la UBA. Incluía textos de los escritores mexicanos Octavio Paz y Carlos Fuentes, del sociólogo chileno Pedro Morandé, de Waisman y Glusberg, además de una selección de obras de algunos de los arquitectos convocados a la Bienal, como Severino Porto, Rogelio Salmona o Browne. Ya en estos primeros textos se pueden apreciar algunas de las ideas que dominarán el debate. Méndez Mosquera, en su presentación del número, señalaba que la crisis económica mundial hacía aún más evidente una situación de “dependencia que hoy nos ahoga”, por lo que era necesario encontrar caminos alternativos, pero que no por ello dejaran de ser “modernos”. Una modernidad “que no reniegue de nuestras raíces, una modernidad basada sobre una identidad propia” (Méndez Mosquera, 1985, p. 23). En esa línea, la revista ofrecía obras en las que “está presente en ellas una indiscutible modernidad, al tiempo que responden adecuadamente a las necesidades, lenguajes y condiciones regionales y del entorno inmediato”. Para la autora, parecía quedar claro que “la modernización sostenida y la definición de nuestra identidad” eran las claves de “nuestro futuro” (Méndez Mosquera, 1985, pp. 23-25).

Los textos de Paz, Morandé y Fuentes no compartían el optimismo de Méndez Mosquera. En cambio, proponían diversas claves respecto a la idea de que América Latina vivía una crisis de identidad. Para Paz (1985, p. 26), Latinoamérica era “el extremo americano de occidente”, y encarnaba la particular versión que España y Portugal hicieron de la tradición occidental, más informada por la Contrarreforma y el neotomismo que por la Reforma y el Renacimiento. Todo intento por reformar o cambiar esa tradición fue entendida en términos de “modernización”. Pero América Latina carecía de las tradiciones liberales e ilustradas que en Francia o Estados Unidos habían permitido el surgimiento de instituciones y regímenes democráticos, los cuales sirvieron como modelo para las nacientes naciones latinoamericanas. Según Paz, las elites latinoamericanas se habían limitado a adoptar y no a adaptar unos programas y doctrinas que les eran ajenos y que no se adaptaban a usos y costumbres locales. Esto produjo un “divorcio entre la realidad legal y la realidad política” que hizo difícil el arraigo de la democracia en la región (Paz, 1985, p. 29).

Morandé, en un trabajo publicado originalmente en la IV Bienal de Arquitectura de Chile de 1983, definía el momento actual “como el de una profunda crisis de identidad cultural” (Morandé, 1985, p. 31). En su reconstrucción de la toma de conciencia de esa crisis, identificaba dos generaciones de intelectuales que habían conceptualizado las formas de inserción del continente en el mundo: la de los “nacionalistas latinoamericanos” anteriores a 1945 y la del “desarrollismo” posterior a esa fecha. Para los primeros, se trataba de “ser latinoamericano para ser universal y no para encerrarse en la aldea”, mientras que para los segundos significó que “América Latina se universalizó, pero no desde su propia identidad cultural, sino abstractamente, por su participación en el mundo industrial desarrollado” (Morandé, 1985, p. 31). Por tanto, de lo que se trataba era de la lenta crisis del desarrollismo y su racionalidad inherente. En contraposición, recuperaba la etapa de “mestizaje” que produjo una primera síntesis entre la cultura española católica y las culturas prehispánicas, “base [del] desarrollo de la cultura latinoamericana”. La cuestión pasaba, para el autor, en cómo se consideraba a la modernidad. Si ésta refería al mercado, América Latina no era moderna, “pero si se define la modernidad como la constitución de la ecúmene mundial, en donde la idea del Barroco católico de unidad en la multiplicidad es una característica definitoria, entonces América Latina es moderna desde su nacimiento” (Morandé, 1985, pp. 31-32). Se hacía necesario revisar las interpretaciones del Barroco y la Contrarreforma, de las que la región era hija. En concordancia con Paz, Morandé sostenía que el “movimiento ilustrado no fue nuestro […] y pese a poner en peligro la síntesis cultural latinoamericana es nuestra hipótesis que no logró ni destruirlo ni sustituirlo” (Morandé, 1985, p. 32).

Los textos de los arquitectos ofrecían, más que un planteo definido, algunas consideraciones generales sobre las discusiones disciplinares del momento. Guedes reflexionaba sobre las relaciones entre el arquitecto y el cliente, en el que se criticaba al modernismo ortodoxo por imponer soluciones sin la consideración de los usuarios: “una de las grandes lecciones […] de los últimos años es la imposibilidad de imponer soluciones de arriba hacia abajo, inspirados por la sabiduría tecnocrática y apoyadas en gobiernos centralizados y fuertes” (Guedes, 1985, p. 36); y bregaba por una suerte de diseño urbano participativo y el reconocimiento de la problemática ecológica. Glusberg (1985a), además de repetir la hipótesis de dependencia cultural, ofrecía un panorama de los principales arquitectos del momento, la mayoría de ellos luego identificados como “regionalistas”. El texto de Waisman distinguía entre las tareas de la crítica, de la historia y de la teoría para luego avanzar con una discusión en torno a las ideologías arquitectónicas, en la que sostenía que el traspaso de éstas se convierte en un “proceso de alienación”. Para superar esa alienación proponía recuperar las relaciones entre reflexión y práctica arquitectónica, lo que permitiría “solucionar el difícil dilema entre universalismo y localismo, entre dependencia cultural y chauvinismo”, y así incorporar las ideas universales al “acervo de la reflexión local mediante su discusión en el marco de la problemática que surge de la realidad circundante” (Waisman, 1985, p. 44). En ese plano situaba al regionalismo.

En la mesa redonda que se organizó en la FAU-UBA, ya identificada como el primer SAL, además de repetirse algunos de los análisis señalados previamente -particularmente el de la dependencia cultural y el problema de la identidad-, se hizo evidente que no todos compartían los mismos puntos de vista, lo que no supuso un problema sino un impulso para futuras reuniones. Browne adelantaba uno de los ejes de lo que sería su propuesta al señalar que su interés pasaba por comprender el “espíritu del lugar” y el “espíritu de la época”, sobre el que se volverá más adelante (Primer seminario de arquitectura latinoamericana: mesa redonda, 1985, p. 25). Pedro Murthino señalaba que “no podemos encerrarnos tras una cortina de bambú o de cerros para aislarnos del mundo”, aunque aclaraba que la “arquitectura internacional” era parte de un modelo de desarrollo ajeno a la región que se encontraba en crisis (Primer seminario..., 1985, p. 27). Juvenal Baracco decía que “el problema de identidad en arquitectura no es un problema de arquitectos, es un problema de críticos” (Primer seminario..., 1985, p. 27). Mariano Arana indicaba que las “adaptaciones y las influencias son siempre selectivas”, pero reconocía que se estaba “seleccionando sistemáticamente lo peor” (Primer seminario..., 1985, p. 28). Con una postura que desentonaba con la mayoría, Guedes creía que “hay que vivir con coraje sin mirar hacia el pasado” (Primer seminario..., 1985, p. 29), para agregar que los conocimientos de la historia “no pueden ser reutilizados en forma inmediata; no se puede ser un cirujano que saca signos del pasado para remontar el presente y pensar el futuro” (Primer seminario..., 1985, p. 32). Más aún, discutía el rescate de las técnicas tradicionales al señalar que éstas “son dudosas e incompetentes para encarar los nuevos problemas que nos toca resolver” y criticaba la utilización de troncos en el trabajo de Porto, por considerar que significaba una tala innecesaria (Primer seminario..., 1985, p. 32). El problema de la tecnología -utilización del ladrillo versus prefabricación- fue retomado por Salmona, quien prefirió el primero, porque los usuarios “en su memoria colectiva se sentían identificados con los sistemas constructivos que ellos mismos podían realizar” (Primer seminario..., 1985, p. 32). A Murtinho, en tanto, no dejaba de parecerle grave que Guedes no creyera en el pasado porque el pasado era una “tradición viva”: “la historia no es un proceso arquitectónico, es un problema de resurrección de nuestras tradiciones”. Pero también advertía que no se tenía una identidad regional para avanzar, entusiasmado, en que “estos seminarios podrán ser la reunificación de los fragmentos de este espejo roto” que era América Latina (Primer seminario..., 1985, pp. 31-32). Waisman coincidía con la necesidad de conocer la historia de la arquitectura latinoamericana, pero centraba su intervención en la necesidad de “replantear el tema centro-periferia”, con la propuesta de que se puede “ser centro de nosotros mismos” (Primer seminario..., 1985, p. 32).

El éxito de la conferencia y del encuentro superaron todas las expectativas de los organizadores -Glusberg (1985b, p. 28) relataba que esperaban una participación de 500 personas y que resultaron más de tres mil-. Pero las repercusiones no se restringieron a una concurrencia masiva. Ramón Gutiérrez (2011, p. 19), que no había participado de él, se tomó un avión desde Resistencia para acudir al encuentro con los arquitectos latinoamericanos. Gutiérrez junto a Moscato, Salmona y Humberto Eliash, entre otros, promovieron una reunión en la SCA de la que surgió una suerte de manifiesto, conocida como la “Carta de Buenos Aires”, que recogió la adhesión de una amplia lista de arquitectos latinoamericanos.4 Es innegable que en Argentina el tema despertó gran interés, como puede apreciarse en la extensa adhesión de arquitectos de amplio espectro ideológico. No sólo estaban aquellos que se identificaban con las cátedras nacionales y populares -cercanas al peronismo-, como Moscato, Petrina, Cacciatore, Juan Molina y Vedia, Rafael Iglesia y Claudio Caveri, entre otros, sino también figuras cercanas al radicalismo o al socialismo, como Waisman, Pancho Liernur o Paco García Vázquez. En la carta podía leerse que “no cabe más en la construcción de nuestras culturas nacionales y americanas la complaciente actitud de transcripción de la producción de las centrales del pensamiento arquitectónico”, en cambio, proponían reorientar los contenidos de enseñanza hacia un “horizonte cultural iberoamericano”. Concluían, con un gesto típico de los manifiestos vanguardistas, que “esta convocatoria nos constituye como grupo de discusión y propuesta que encarará encuentros periódicos iberoamericanos y, a la vez, en equipo de reflexión tendiente a la elaboración de una teoría arquitectónica propia” (Carta de Buenos Aires, Summa, 1985, 218).

El segundo Seminario se realizó en diciembre de 1986 en Buenos Aires, organizado de nuevo por Summa y la FAU-UBA. Al igual que la vez anterior, Summa le dedicó el número 232 al encuentro, con uno de los textos señeros del debate, así como las respuestas a un cuestionario armado por la revista, y una selección de obras de Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Paraguay y Venezuela. En el número 235 siguieron las entregas de las respuestas al cuestionario, que incluían la de Ruth Verde Zein, Victor Pelli, y Gustavo Medeiros Anaya. Las preguntas del cuestionario versaban sobre la “identidad latinoamericana”, la integración cultural, la incidencia del “movimiento moderno” en la región y la modernidad, entre otras. Es interesante destacar las diferentes valoraciones sobre el “movimiento moderno” en América Latina. Para algunos, como Horacio Beretta o Rodolfo Sorondo, resultó “otro estilo de importación, que rompió nuevamente con un pasado que no habíamos terminado de encontrar”. Para otros, como Justo Solsona, esa influencia era positiva (Arquitectura Iberoamericana II/Reflexiones, 1986, pp. 28-32).

En el seminario, se discutieron las arquitecturas vernáculas regionales, las obras de arquitectos del continente, la historia y el pensamiento crítico en América Latina. Participaron de las actividades Juan Manuel Borthagaray, Méndez Mosquera, Ernesto Vautier, Alberto Le Pera, Federico Ugarte, Clorindo Testa, Cesar Carli, José Ignacio Díaz, Eduardo Sacriste, Gustavo Medeiros Anaya, Porto, Salmona y Eduardo Rojas. En la mesa redonda, los principales temas de discusión giraron en torno a la arquitectura moderna, la modernidad y la identidad. Para Gutiérrez, la “existencia de la identidad” debía plantearse como un “hecho tangible”, para agregar que “la posibilidad de conocer nuestro horizonte cultural parte del reconocimiento de esa identidad, [...] y de la necesaria reflexión partiendo de la no negación de lo universal y la profunda comprensión de lo propio”. Pero esa identidad era el resultado de “un proceso de construcciones y rupturas que conforman nuestra historia” (SAL II: Seminarios de Arquitectura Latinoamericana. Mesa redonda, 1986, pp. 28-29). En contraposición, Silvia Arango se mostraba poco segura respecto a la idea de la existencia de una identidad claramente definida, en todo caso sostenía que “somos naturalmente latinoamericanos sin necesidad de búsquedas deliberadas” (SAL II: Seminarios..., 1986 p. 29). Igualmente, Waisman alertaba sobre el uso retórico de la unidad latinoamericana. Verde Zein agregaba que se debería partir “de la aceptación [de una identidad y una arquitectura latinoamericana] como un proceso en desarrollo, sin acelerar la definición de reglas y modelos”, y le preocupaba “cierta idea de uniformidad o monopolitismo que a veces parece llevar implícito el concepto de identidad” (SAL II: Seminarios..., 1986, p. 30). Waisman, además, discutía el concepto de modernidad y particularmente la noción de progreso que venía asociada a ella, porque era reaccionaria y “ha resultado en un retroceso para la humanidad” (SAL II: Seminarios..., 1986, p. 30). Arango afirmaba que “estamos viviendo la crisis de una modernidad que construimos e hicimos nuestras hasta la médula” y sostenía que eran los latinoamericanos los que construyeron las ciudades del “movimiento moderno” (SAL II: Seminarios..., 1986, p. 31). Gutiérrez no se mostraba del todo de acuerdo, al reclamar que se incorporara al campo y las “sociedades marginales” al análisis, pero sobre todo al decir que las ciudades del movimiento moderno se caracterizaron por ser “ahistóricas, ya que toda referencia al pasado propio era un lastre” (SAL II: Seminarios..., 1986, p. 31). Niño desacordaba con él: “no puedo aceptar que el hombre contemporáneo no sea moderno” y disentía respecto a las ciudades modernas: para él, estas “ha[n] tenido frente a los fracasos una buena cantidad de aciertos” que las hicieron “infinitamente superiores a las antiguas” (SAL II: Seminarios..., 1986, p. 31).

Modernidad apropiada y otra arquitectura

Para cuando se realizó el SAL III en Manizales, Colombia, en abril de 1987, ya habían sido publicados los principales textos, o lo serían poco después como resultado del encuentro. En este punto, interesa analizar las posiciones de Cristian Fernández Cox y Enrique Browne, quienes formularon dos de las propuestas que mayor resonancia tuvieron: la de “modernidad apropiada” y la de “otra arquitectura” respectivamente. Pero antes de avanzar, es necesario reponer brevemente el contexto chileno porque, como se indicó, no sólo se discutían estos temas desde finales de los setenta, sino que también fue allí, al parecer, donde comenzaron algunos contactos que luego se prolongaron en los SAL. En 1977 se creó el CEDLA, con la participación de Cristian y Fernando Boza, Eliash, Murinho, Fernández Cox y Hernan Duval, entre otros, que se constituyó en una “nueva vanguardia” -esta vez asociada al posmodernismo- que llevó adelante numerosos encuentros y debates, y comenzó a editar la revista ARS (Jara Jara, 2015). Entre esos encuentros, se destaca el de Caburga (1983) y la organización de la IV Bienal de Arquitectura de Chile (1984), bajo la temática de “patrimonio y presente: la recuperación crítica del pasado”. En el encuentro de Caburga participaron casi todos los miembros de CEDLA, más algunos invitados como Roberto Fernández y Glusberg.5 Allí se discutieron los temas de la identidad, la modernidad, los problemas urbanos, la autonomía disciplinar y la enseñanza, teoría y crítica de la arquitectura. En las discusiones del encuentro, emergieron algunas de los temas e ideas que luego fueron retomados en los SAL, particularmente en las intervenciones de Fernández Cox y de Roberto Fernández.

Justamente, fue en ese encuentro en el que Fernández Cox comenzó a delinear su postura sobre el regionalismo. Para ello, partió de los trabajos del sociólogo alemán Alfred Weber -hermano de Max Weber-, referencia que luego retomó Browne para hacer una equivalencia entre lo propio y lo ajeno, lo particular y lo universal y entre cultura y civilización. Según sostenía, al apelar a un dualismo platónico, la civilización era el ámbito de lo racional, lo intelectual y la ciencia, un “reino de las ideas objetivas acerca de las cosas”, mientras que la cultura era el ámbito de la vivencia, el “reino de las vivencias existenciales y valorativas que el sujeto experimenta” (Fernández Cox, 1984a, p. 14). El problema no era sólo que la referencia a Sociología de la cultura de Alfred Weber -un libro publicado en alemán en 1937 y traducido al español en 1963- estaba desactualizada, como lo señaló Ramón Méndez en la misma reunión (Eliash Díaz, 1984, p. 36), sino que el trabajo de Alfred Weber remitía a la distinción decimonónica entre civilization francesa y kultur alemana que, como los trabajos de Norbert Elías ([1977]2012) han mostrado, eran menos categorías conceptuales que indicadores de los procesos formativos de la intelectualidad alemana y francesa. En otro texto, Fernández Cox retomaba algunas de esas cuestiones, además de reproducir algunos planteos de Gutiérrez, al señalar que, desde comienzos del siglo XIX en adelante, la cultura arquitectónica había importado “las soluciones, sin tener aún los problemas”, lo que generó una cultura mimética, en la que “latinoamérica no buscó modelos de sí misma, en sí misma; sino [que] los importó del Norte” (Fernández Cox, 1984b, pp. 45-47). Esta postura se complementaba con un rescate del barroco: “recuperar la potencia de Trento y la Reforma Católica, es decir, del Barroco. Recuperar el Barroco, es recuperar la modernidad católica” (Fernández Cox, 1984b, p. 48).

En su presentación al III SAL, Fernández Cox (1987) volvía sobre los problemas de la identidad, y dejaba en claro que el único momento original del continente se había producido durante la Colonia con el “encuentro” entre el barroco hispano y los restos de las culturas precolombinas. Caídos del paraíso luego de la independencia, la historia de América Latina -o más bien la de sus élites letradas- era la de una distancia cada vez mayor entre modelos importados y realidad. Como respuesta, proponía la idea de una modernidad apropiada. Es posible que Fernández Cox se inspirara en la presentación que hizo Roberto Fernández en Caburga para su idea de apropiación (pero con un sentido esencialista que no estaba presente en la propuesta de éste), aunque no la desarrolló hasta su crítica al regionalismo crítico de Frampton. Allí indicaba que el “ísmico” refería a una variable contextual localista, lo que llevaba a “una cierta cerrazón a lo externo, un cierto exclusivismo local […] una actitud un tanto chauvinista, retrógrada o nostálgica, a la larga siempre insostenible” (Fernández Cox, 1988, p. 64). Cuestión que iba en contra de su idea de modernidad apropiada, que debía entenderse en sus tres acepciones: “adecuada”, “hecha propia” y “propia”. Pero el autor no recayó en que el uso de las dos últimas connotaban un sentido de ajenidad. Es decir, tanto hacer propia como apropiarse significan tomar algo que antes no era de uno.6 Y este es justamente el sentido inverso de lo que Fernández Cox quería decir ya que, más allá de su crítica a la modernidad ilustrada, en todos sus textos argumentaba sobre un modo específicamente latinoamericano de ser moderno. En un texto posterior, Fernández Cox (1991) complejizaba -por lo menos en términos conceptuales- su aproximación al tema. Lo que interesa rescatar es su definición de modernización y modernidad: mientras la primera supondría el desarrollo de una razón instrumental, la segunda implicaría una racionalidad normativa. Definiciones que tomaba del sociólogo chileno Norbert Lechner, quien sostenía que América Latina habría tenido una modernización sin modernidad. En tal sentido, hay que señalar que Fernández Cox y Browne coincidían con la caracterización de Gutiérrez (1998, p. 20) de un “modernismo sin modernidad”. En contrapartida, Gorelik (2003, p. 13) proponía una interpretación radicalmente opuesta, al señalar que la “modernidad fue un camino para llegar a la modernización, no su consecuencia”.

Browne, por su parte, compartía muchos puntos con Fernández Cox, con quien había coincidido en varios espacios, como en el “Taller América”. En 1988 apareció Otra arquitectura en América Latina (Browne, 1988), que recogía y ampliaba una serie de textos que habían circulado en los SAL: “espíritu de la época y espíritu del lugar” había sido presentado en el SAL II y “Periodos y líneas arquitectónicas” en el SAL III. Allí replicaba muchas de las posturas sobre la situación de “dependencia cultural” que llevó a la importación de modelos extranjeros y a la negación del pasado propio. Esa importación tuvo como efecto la negación de una tradición moderna católica, contrarreformista y barroca y su reemplazo por una modernidad ilustrada y protestante. Sin embargo, es curioso que Browne recurriera a autores alemanes para criticar al eurocentrismo del pensamiento moderno. A Hegel se remitía con su idea de un “espíritu de la época”, mientras que de Alfred Weber tomaba la noción de “espíritu del lugar”, en tanto dimensión cultural. Ambas nociones estaban imbuidas del idealismo alemán decimonónico y habían dejado de ser usadas por las ciencias sociales por su poco poder explicativo y su fuerte contenido ideológico. De cualquier manera, Browne reducía a una simple oposición entre lo universal y lo local -o entre civilización y cultura-, lo que en otros autores -como Paul Ricoeur- daba lugar a un complejo análisis. Y este esquematismo simplificador aparece en toda su extensión cuando analiza las líneas arquitectónicas del siglo XX, pues lo que hace es elaborar a priori un cuadro evolutivo sobre el cual intentará meter toda la arquitectura latinoamericana.

Atado todavía a una noción de historia de la arquitectura basada en estilos, era esperable que Browne (1988, p. 15), al igual que Fernández Cox, suscribiera a la hipótesis de Francisco Bullrich respecto a que la arquitectura moderna había llegado como “una importación civilizatoria” y a la de Gutiérrez, quien decía que se había introducido como un “estilo más”. El libro es un claro ejemplo de lo que Manfredo Tafuri (1968) definió como una historia “operativa”. Así, el esquema de Browne se divide en tres períodos: “sociedades tradicionales” (1930-1945); “décadas del desarrollo” (1945-1975) y “época actual ”; y en dos grandes corrientes de arquitectura que se mantienen a lo largo del tiempo: el “estilo internacional” y la “arquitectura neovernacular”. Para Browne, durante el segundo periodo predominó una “arquitectura del desarrollo”, que convivió con lo que él denomina “otra arquitectura”. A este esquema se le agregaba una serie de juicios rotundos, pero ampliamente compartidos. Sobre la línea neovernacular sostenía que “actuó como contrapeso frente al universalismo del “estilo internacional”. Como tal tuvo efectos “positivos”, pero alertaba sobre la “derivación hacia el folclorismo popular y comercial”, “retrógrado en esencia”, y sobre la “mímesis de obras neovernaculares extranjeras” (Browne, 1988, p. 52). Mientras que de la arquitectura del desarrollo decía que “en América Latina los líderes desarrollistas retoman la relación entre progreso tecnológico y nueva arquitectura [pero] invierten la relación causa-efecto. La arquitectura no es el resultado de las condiciones materiales pre-existentes, sino la propulsora de su progreso” (Browne, 1988, p. 59, subrayado en el original).

Respecto a lo que Browne denominaba “otra arquitectura”, deberían apuntarse varias cuestiones. La primera es visual: mientras que en la parte previa del libro las imágenes son en blanco y negro, al llegar a este apartado se muestran fotografías en colores, un golpe de efecto visual en el que parecería emerger una verdad revelada. En segundo lugar, la propuesta de “otra arquitectura” no era nueva en el discurso arquitectónico. Irónicamente, la expresión -una “arquitectura otra”- había cobrado notoriedad a partir del texto de Reyner Banham sobre el “nuevo brutalismo”, para referirse a la nueva arquitectura británica de posguerra que se presentaba como opuesta al movimiento moderno, pero que pretendía ser radicalmente moderna (Whiteley, 1990). En tercer lugar, Browne contraponía la arquitectura del desarrollo a la otra arquitectura en términos de buenos y malos. Así, mientras ambos compartían su intención de reelaborar el “movimiento moderno” en función del contexto, diferían en la “interpretación de los rasgos y posibilidades de dicho entorno […]. La otra arquitectura consiste en proposiciones arquitectónicas más realistas y humildes […]. Valora sobre todo los esfuerzos de sus propios pueblos” (Browne, 1988, p. 106). En cuarto lugar, Browne planteaba que entre la otra arquitectura y el posmodernismo la “relación es débil o inexistente”, a pesar de que compartían una serie de rasgos (Browne, 1988, p. 107). Llama la atención que incluyera como parte de la “otra arquitectura” el proyecto del Centro Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, una de las referencias más importantes del posmodernismo en Argentina (Silvestri, 2000). Por último, al revisar los ejemplos, una abrumadora mayoría de ellos responden a una arquitectura ladrillera.

Otras formas de pensar la modernidad latinoamericana

El caso de Roberto Fernández es particular: ideológicamente cercano con las posiciones chilenas y “nac & pop” argentinas, se destacaba por sus argumentos más sofisticados, producto de una serie de lecturas que provenían del campo de la historia cultural -José Luis Romero-, la crítica cultural -Ángel Rama- y el pensamiento social en la vertiente de Oscar Lewis y su “cultura de la pobreza”. Esto puede apreciarse en su intervención en el seminario de Caburga, en donde planteaba una noción de “apropiación” no esencialista, en sintonía con lo más avanzado de las “teorías de la recepción” (por ejemplo, la de Hans-Robert Jauss). Fernández (1984, p. 17) indicaba que la apropiación era parte de la sociología de la cultura y que debía entenderse como parte fundamental de las relaciones entre lo local y lo global. Pero, sobre todo, señalaba que “toda cultura es, en extremo, una `dinámica de préstamos´” y que debería “desmitologizarse” la modernidad central (Fernández, 1984, pp. 17-19). Por otra parte, en la línea de Lewis, Fernández (1988, p. 21) procedía a un rescate de los hábitats populares marginales, en los que encontraba modos de vida alternativos a la ciudad burguesa: “este tipo de arquitectura -como la de los cerros de Valparaíso, las laderas de Bogotá o los morros de Río de Janeiro- contiene, aún en la pobreza y precariedad de su conformación, pautas de auténtica vernacularidad y expresión de las culturas populares”. Por otra parte, aquellas referencias le permitían considerar que la arquitectura moderna había logrado -como parte de un proceso de “transculturización”, entendido en términos de contactos culturales- una “interesante adaptación a las circunstancias locales”, y hasta rescatar una “posmodernidad apropiada” en los trabajos de Boza, Murtinho, Antonio Díaz o Mario Gandelsonas.

De todas maneras, las dos voces más discordantes del debate fueron las de Liernur y Gorelik. Y es que la propuesta de Liernur planteaba el problema de una forma radicalmente diferente. Y para ello, al igual que en Gorelik, fue fundamental el conjunto de herramientas teóricas al que recurrían. Luego de estudiar con Tafuri en Venecia entre 1974 y 1976, Liernur se insertó primero en La Escuelita, para crear posteriormente el Centro de Estudios en la SCA. Luego de su ingreso a la FAU-UBA en 1984, Liernur reemplazó a Fernández en la dirección del Instituto de Arte Americano en 1987, ámbito en el que coincidieron muchos de los representantes de las posiciones regionalistas y del grupo de Liernur. Muchos de estos últimos participaron, en distinto grado, de la revista Punto de vista, uno de los principales espacios de renovación de las ciencias sociales en los ochenta. Por ello no resulta extraño que Liernur (1991) evocara al comenzar su artículo el texto de Borges El escritor argentino y la tradición. Sobre esa base, Liernur llamaba la atención sobre las relaciones de ida y vuelta -el “juego de miradas cruzadas”- que siempre suponían los contactos culturales, muchas veces obviados en los trabajos locales, y proponía dos ejemplos: la influencia brasileña en el expresionismo alemán y la visita de Werner Hegeman a la Argentina en 1931. Pero, sobre todo, volvía sobre uno de los temas que para Waisman eran nodales: el de centro y periferia. Para él, no se trataba de condiciones estancas, sino que respondían a construcciones hegemónicas transitorias que debían ser interrogadas en su conformación. Por ello,

Las situaciones locales pueden identificarse por las elecciones relativas que se realizan en los sistemas simbólicos disponibles de ‘los’ centros, elecciones que están signadas a su vez por la necesidad de instalar condiciones de hegemonía cultural en esas situaciones locales (Liernur, 1991, p. 69).

Por tanto, nunca hay un solo centro, ni se trata tampoco de un acto reflejo. Por el contrario, se debe indagar qué es lo que se toma en préstamo y con qué inflexiones, hecho que permitirá “encontrar los rasgos de la tan buscada particularidad local”  (Liernur, 1991, p. 69). Por otro lado, retomaba las definiciones de Berman sobre modernismo, modernización y modernidad para agregar que en América Latina lo que se produjo fue una “modernización desde arriba”, lo que permitiría entender que en el continente “fueron ciertos modernismos los que impusieron formas de modernización” (Liernur, 1991, p. 73).

En su intervención en el IV SAL, Gorelik discutía frontalmente la idea de una modernidad apropiada. El problema era el de derivar una serie de cuestiones -como la identidad, lo “propio” o lo “ajeno”- desde una posición esencialista que prescindía de toda historización sobre lo “moderno”, lo que supondría periodizar el conflicto entre tradición y modernidad a partir de constatar su constante desplazamiento (1990, p. 32). Y aquí señalaba la reiteración -identificable en varias de las posiciones regionalistas- del antiliberalismo clerical del revisionismo histórico,

Que se obstina en presentarnos a la Colonia como una telenovela, en la que todos sus protagonistas viven -sin mancha de origen- un idilio de tres siglos, brutalmente interrumpido por la aparición del villano -el capitalismo, el Iluminismo, la Modernidad- disfrazado arteramente de ‘patriota’ (Gorelik, 1990, p. 33).

En cuanto a una modernidad “apropiada”, Gorelik señalaba las deficiencias de su funcionamiento en tres niveles: conceptual, analítico y programático. Respecto al primero, dicha objetivación se planteaba como la búsqueda de excepciones, que “debe ser diferente de lo moderno a secas, y su excepción”; en cuanto al segundo, resultaba en una suerte de “eglógica de taxonomías borgeanas, en la que cabe toda la buena arquitectura hecha en Latinoamérica en el siglo XX -de pedregales a pedregullos-”; y en tanto programático, lo “apropiado” sólo puede “definir hechos culturales por sus resultados a posteriori de que hubiesen demostrado su ‘propiedad’” (Gorelik, 1990, pp. 33-34). Al finalizar su artículo sostuvo que “‘lo propio’ no puede pensarse sino como proceso, en permanente construcción y cambio, y bajo múltiples formas”, y para ello retomaba la noción de “transculturización” de Fernando Ortiz y de Ángel Rama. De este último destacaba un doble aporte que permitía analizar en toda su magnitud los problemas derivados de los procesos de modernización y, por el otro, “no ocultar tras la aceptación de la Modernidad […] la entidad real y problemática de la cuestión de la identidad, sino apuntar precisamente a ese conflicto” (Gorelik, 1990, p. 38).

A modo de cierre

A modo de cierre, se retomarán algunas cuestiones. La primera remite al lenguaje “dependentista” que, como se vio, fue usado por muchos de los participantes de los SAL. Aunque el tema se excede en extensión y complejidad, es necesario señalar que, con la difusión de cierto vocabulario dependentista en parte de la cultura arquitectónica, se produjeron una serie de desplazamientos y olvidos. Así, mientras los principales aportes a la teoría de la dependencia en los años sesenta y setenta fueron trabajos de corte sociológico y/o económico (Giller, 2020), la utilización del léxico dependentista por parte de la cultura arquitectónica a principios de la década del ochenta refería a procesos culturales -por caso, las relaciones entre centro y periferia- y dejaba de lado toda cuestión relacionada a la economía. Y en este paso se perdieron todas las connotaciones políticas (revolucionarias) que la teoría de la dependencia había tenido en los años previos, así como sus referencias marxistas. Un buen exponente de esos desplazamientos es el trabajo de Morandé, formado como sociólogo en Santiago de Chile en los setenta, uno de los principales centros “dependentistas”.  Su trabajo se volcó hacia la sociología de la cultura y prescindió de toda discusión sobre los modos de producción en América Latina -uno de los principales debates realizados por los representantes de la teoría de la dependencia- y de cualquier vocabulario marxista.

La segunda cuestión es la de la modernidad. Si bien todos los participantes reivindicaban la condición moderna, apelaban a distintas tradiciones y valores. Como se ha visto, para algunos participantes -Fernández Cox, Browne, Gutiérrez- se trataba de rescatar el legado del cristianismo y de una modernidad alternativa encarnada en la contrarreforma y el barroco, fenómenos que en América Latina habrían producido el único momento de creación original de una cultura. En contrapartida, el liberalismo y la Ilustración eran vistos como una importación que no llegó a desarrollar bases populares en la región. Otros, como Liernur, podían recuperar en clave progresistas / socialista, parte de la tradición liberal a partir de las figuras de Borges o Sarmiento -un tipo de operación de relectura que se hacía desde los sectores ligados al Club de Cultura Socialista o la revista Punto de vista (Martínez, 2016)-.

Por último, si el debate sobre el regionalismo buscaba en el pasado las claves para entender el presente, las diferentes modulaciones que el entendimiento de eso pasado adquiría -modernismo sin modernidad, modernidad sin modernización, el modernismo como vía a la modernización- dan cuenta de los diversos marcos teóricos, conceptuales y referenciales a los que cada uno de los autores apelaban.

NOTAS

1. Es importante no confundir los debates sobre el regionalismo que se dieron en la década del ochenta con el problema de la región para la cultura arquitectónica, que tiene una temporalidad más amplia y un conjunto de referencias más diverso.

2. El tema ha recibido, hasta ahora, una escasa atención crítica y menos aún una reconstrucción histórica. Un trabajo en esta línea es el de Zambrano (2015), que se centra en los discursos latinoamericanistas. El trabajo, sin embargo, no llega a dar cuenta de la riqueza del debate, sus diferentes posturas, valoraciones y posicionamientos.

3. Por cuestiones de extensión, no se podrá analizar el texto de Frampton en el que, por otra parte, ha recibido numerosa atención (véase Keith, 2002). Una buena recopilación de los principales textos sobre el regionalismo puede encontrarse en Canizaro (2007).

4. La Carta fue publicada en el número 218 de Summa (1985) y vuelta a publicar, con la lista de adhesiones hasta ese momento, en el número 224 (1984).

5. Ver ARS número 5, julio de 1984.

6. El prefijo “a” significa negación, por lo tanto a-propiarse es tomar algo que no es de uno.

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